Parafraseando a don Winston, uno podría decir que nunca tan pocas trompetas sonaron tanto como muchas. Y es que así sucedió, aunque hay que agregar que no sólo fueron trompetas sino también trombones, clarinetes, saxs, contrabajo, batería y piano, todo hasta llegar a 15 y ni uno más.
Es decir, para el estruendo causado se necesitarían, normalmente, por lo menos el doble si no es que el triple y hasta más instrumentos, pero claro, instrumentos que no estuvieran manejados por Wynton Marsalis y los otros 14 miembros de la Jazz at Lincoln Center Orchestra, que el viernes y domingo pasados inundaron la Bellas Artes de los más bellos sonidos de blues, jazz, swing y otras provinencias en una(s) combinación(es) como ninguna otra agrupación las puede dar, o cada una de esas expresiones, destiladas químicamente puras por todo el conjunto, o por cada uno de sus integrantes…
Al igual que otro grupo de virtuosos pero éste dedicado a otra música, I Solisti, los de la Lincoln Center son auténticos solistas cada uno de ellos y, por lo tanto, capaces de dar un concierto de primera cada uno por su parte.
Con un capacidad increíble para sacar sonidos de todo tipo a su trompeta pero todos bellos, Marsalis se antoja imposible, y es que es imposible que alguien produzca tal cantidad de notas y las prolongue tanto, tanto, tanto que parecen infinitas, y lo haga sin respirar o, si respira, quién sabe cuándo lo hará porque el sonido es ininterrumpido, como producido por un fuelle mecánico, hidráulico o qué se yo y de enormes dimensiones.
Tan fuera de lo normal es lo que este músico extraordinario hace y provoca con su instrumento cuyos émbolos digita con la misma maestría que administra su fiato, que uno no puede más que aseverar que si Wynton Marsalis hubiera sido contemporáneo del Divino Mozart, éste no hubiera escrito su maravillosa ópera La flauta mágica sino “La trompeta mágica”.
Es que sólo aduciendo razones que rebasan lo común puede, intelectualmente, entenderse ese fenómeno que está allí ante los ojos diciéndonos que es real, y llenándonos los oídos y el espíritu de música, música y más música y el cuerpo todo de una rítmica que simplemente se posesiona de uno sin ni siquiera darse cuenta, menos aún cómo. Por eso es que se concibe la magia y se medio empieza a intuir que los de su tiempo aseveraban que el gran Liszt o Paganini tenían pacto con el diablo.
Y todo esto compartido a plenitud con su banda, ya juntos, ya en los solos, duetos o tríos con o sin don Wynton, pues al fin, como dijimos, cada miembro de la banda es un concierto (por sí solo o con algún o algunos de sus compañeros).
Teatro lleno, por supuesto, gozo al máximo que, lástima, se vio mermado por la torpeza de no se sabe quién al ordenar se impidiera el paso a camerinos a los humildes mortales; a cambio, se dio paso libre a una serie de gente que, evidentemente, más que a disfrutar del concierto fuer a cumplir con la “socialité”, pero como públicamente lo expresó una de las personas que les franqueaba el paso, “son los que ponen el dinero para que venga Wynton”.
Qué pena que Bellas Artes se permita llegar a eso.








