Desde hace medio año se ha venido trabajando, por distintos puntos de la ciudad, en la largamente esperada Línea 3 del Tren Eléctrico Urbano, cuya construcción se ha demorado más de 20 años a causa del enanismo político que pareciera ser una de las fatalidades de la vida pública jalisciense. Como era de esperarse, los trabajos de dicha obra han venido a alterar el trajín y algunos hábitos de la vida cotidiana de la Zona Metropolitana de Guadalajara (ZMG), con cierres parciales o totales de algunas importantes vialidades, entre otras molestias que padecen –y seguirán padeciendo por algún tiempo más– sobre todo quienes viven o trabajan cerca de la ruta que habrá de seguir esa proyectada línea de transporte urbano.
Aparte de lo anterior, es un hecho que tan importante obra no será, por desgracia, cabalmente satisfactoria para los tapatíos de hoy y de las generaciones siguientes. Y ello por varias causas, sobre todo porque fue concebida en el centro del país por el gobierno federal, específicamente por la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), sin tomar en cuenta a las autoridades estatales y de la ZMG –lo peor del caso es que dichas autoridades aceptaron sin chistar su marginación del proyecto–, y también porque los engreídos funcionarios de la SCT ignoraron olímpicamente algunas sensatas observaciones surgidas desde la sociedad tapatía, incluidas valiosas propuestas de especialistas en materia urbanística.
Pero a pesar de lo anterior, es un hecho que la Línea 3 del Tren Eléctrico Urbano, más conocido popularmente como Tren Ligero, será mucho mejor que lo que el gobierno federal de Felipe Calderón y el estatal de Emilio González Márquez planeaban hacer por ese mismo corredor metropolitano, el cual comprende buena parte de los municipios de Zapopan, Guadalajara y Tlaquepaque. Y ello porque, como se recordará, el proyecto de los antes mencionados era que corriera por ese mismo derrotero la que se pretendía que fuera la segunda línea tapatía del sistema de autobuses articulados del BRT (Bus Rapid Transit), cuya calidad es considerablemente menor a la del Tren Ligero.
Sin embargo, ante la reiterada oposición de amplios sectores de la sociedad tapatía a dicha obra, lo cual fue capitalizado astutamente por las huestes locales del PRI, la proyectada Línea 2 del Macrobús se suspendió ante la rabieta de calderonistas y emilistas, que acusaron a los entonces alcaldes priistas de Guadalajara (Aristóteles Sandoval Díaz), Zapopan (Héctor Vielma) y Tlaquepaque (Miguel Castro Reinoso) de que se perdieran “casi mil millones de pesos” de la aportación federal, ya etiquetada, para la segunda línea del BRT. Y ese mismo argumento fue repetido por no pocos editorialistas de la comarca, que en su momento defendieron tozudamente la fallida Línea 2 del Macrobús (vale decir que a algunos de esos periodistas habían viajado a Bogotá, por cuenta del gobierno de González Márquez, para “comprobar” el presunto buen funcionamiento y otras bondades del BRT colombiano) y quienes ahora, casi cinco años después, cuando ya se viene trabajando en algo mucho mejor, no pierden ocasión para arponear la Línea 3 del Tren Ligero, valiéndose con frecuencia de medias verdades y mentiras enteras.
El problema, tanto para esta clase de agentes de los medios como para los promotores y defensores del Macrobús, es y seguirá siendo bastante serio, pues los autobuses articulados no sólo llevan todas las de perder ante el Tren Ligero, sino que cuando se echó a andar la hasta ahora única línea del primero, se hizo de tan mala manera (entre otras cosas, confinando la mitad de los carriles de la calzada Independencia) que se ganó el repudio de amplios sectores sociales, los cuales muy explicablemente pugnaron por algo mejor que ya conocían (el Tren Ligero), bandera que la entonces oposición priista hizo suya, con los resultados de todo mundo conocidos: la cancelación de la proyectada Línea 2 del Macrobús a finales de 2010; la inocua contrapropuesta de los alcaldes metropolitanos priistas para que por la diagonal Zapopan-Guadalajara-Tlaquepaque corriera una nueva línea del Tren Ligero en lugar del Macrobús, promesa que no pudieron cumplir como munícipes, pero que para su fortuna política luego sería retomada en 2012 por el candidato del PRI a la Presidencia de la República, Enrique Peña Nieto, y asumida desde el momento en que éste se convirtió en el primer mandatario de la nación.
No es exagerado decir que en materia de transporte urbano masivo los gobiernos panistas se dejaron ganar tontamente la partida. Y ello porque aun cuando El Tren Eléctrico Urbano ha demostrado ser, por mucho, la mejor modalidad de transporte público que hasta ahora ha corrido por el valle de Atemajac, de manera absurda este medio se ganó el desafecto de las administraciones de Acción Nacional, que extralógicamente lo identificaron con el PRI y, por este motivo, durante los 18 años que estuvieron al frente del gobierno de Jalisco y de los principales municipios de la ZMG, sencillamente se desentendieron de él y de ampliar su cobertura, pretendiendo suplirla con la habilitación de varias rutas del Macrobús, de las cuales sólo cuajó una.
Tan pronto hubo asumido el cargo de gobernador de Jalisco, en 1995, el panista Alberto Cárdenas Jiménez canceló el ya muy avanzado proyecto de la Línea 3 del Tren Ligero, que en una primera etapa iba a correr del hospital Ángel Leaño, en el municipio de Zapopan, a la glorieta de la Normal. Los motivos, que no razones, expuestos por Cárdenas Jiménez eran la abultada deuda que había heredado de la Línea 2, concluida durante la administración de su predecesor, el gobernador interino priista Carlos Rivera Aceves, y la oposición terminante de los socios del Country Club contra el planeado paso elevado de la tercera línea del Tren Ligero, la cual, según los susodichos, los iba a hacer perder privacidad. Por ello, la primera administración panista de Jalisco archivó el proyecto de la Línea 3 del Tren Ligero.
Y ha sido hasta ahora, casi 20 años después, cuando dicho proyecto ha podido ser rehabilitado en una versión ampliada que, pese a sus evidentes ventajas y bondades, no deja de tener también algunos serios inconvenientes. Pero éstos son perfectamente achacables a las autoridades locales y también a las fuerzas vivas de la comarca. Y ello porque tanto el gobierno de Aristóteles Sandoval como los ayuntamientos de Guadalajara, Zapopan y Tlaquepaque optaron por desentenderse de la obra y por aceptarla tal y como la concibieron los técnicos de la SCT: con un limitado trazo subterráneo que habrá de comprender sólo el centro de Guadalajara, y con el resto del trayecto (poco más de 70%) en forma elevada, algo que sin duda afectará la visual de avenidas como Laureles, Ávila Camacho y Revolución.
Este papel pasivo y evasivo tanto del gobernador de Jalisco como de los alcaldes de los municipios metropolitanos mencionados se debe a que el gobierno federal anunció que asumiría el costo total de la Línea 3 del Tren Eléctrico Urbano. Y como el que paga manda, pues Aristóteles Sandoval, Ramiro Hernández, Héctor Robles Peiro y Alfredo Barba Hernández muy comodinamente optaron por automarginarse, en lugar de haber negociado con el gobierno de la República un mejor proyecto para la nueva línea del Tren Ligero, haciendo valer las razones y los intereses de la sociedad tapatía, que al fin de cuentas es la que con sus impuestos paga la obra en cuestión. Por ello los funcionarios locales de marras deben ser señalados como los principales responsables –por omisión– de que la Línea 3 del Tren Eléctrico Urbano no vaya a ser cabalmente satisfactoria.








