Hay un lugar sin tiempo donde la vida y la muerte no tienen sentido. Allí esperamos y vemos el transcurrir de los otros, compartimos el pasar de los siglos, de la historia, de nuestra propia historia. Allí es donde nos encontramos.
Wences y Lala es una pareja que ha elegido el día de su boda para permanecer. Así se ven y así están observando el devenir. Desde ahí nos hablan, conversan con nosotros que al entrar al teatro interrumpimos ese estar sin principio ni final. Sentados en una banca nos miran, nos preguntan, y se sueltan a hablar de ellos, de su pasado, su presente y su estar juntos, más allá de la muerte, vivos en un escenario.
Teté Espinoza y Adrián Vázquez, dos jóvenes actores que compartieron su formación en la Universidad Veracruzana, ahora se miran de reojo en la escena, sentados en una banca, encarnando a dos jóvenes que fueron niños, que fueron viejos, y que con melancolía reviven sus mejores y sus peores momentos. La ingenuidad y la ternura son los elementos sustanciales con que el autor y también director, Adrián Vázquez, construye la historia de la pareja.
Desde niños quedaron huérfanos y juntos lograron sobrevivir. El pueblo, la ranchería, el cura, el río, la escuela y la tienda que atendían, nos conduce por la vereda donde transitaron; e irremediablemente, en el trasfondo de sus vidas, se deja ver la violencia y la injusticia: frente a él, asesinaron a sus padres y a su hermano impunemente; el padre de ella cruzó la frontera y nunca volvió; a su hijo común le achacaron un crimen para exentar a un político de la condena. Pero la vida no sólo está hecha de estos grandes acontecimientos: la memoria recoge con cuidado aquel momento sutil en el porche de la madre, o los pies tocándose bajo el agua o la mochila rosa usada por ambos.
Adrián Vázquez crea atmósferas a través de anécdotas, y los personajes están delineados por sus actitudes; del cómo enfrentan los obstáculos o en lo que cada uno se fija. Formas de ser polares, ella tan extrovertida y él costándole tanto hablar y expresarse. El carácter también los define, y un tercer elemento es el personaje construido como pareja. Juntos forman un solo ser, complementario e inseparable. Un lenguaje cerrado que no comparten y sólo observamos. Ese hablar entre-dientes, con frases cortadas o a medias, con sobre-entendidos y cuchicheos.
Teté Espinoza y Adrián Vázquez hacen una excelente interpretación. Crean personalidades sensibles y caracterizan incisivamente a sus personajes; subrayan su forma de hablar y de sentarse, sus cualidades y sus defectos, la reiteración de comportamientos y el tiempo suspendido. No temen al silencio, a las largas pausas al excluir intencionalmente al espectador o a meterse con él directamente.
Wences y Lala, que se presenta los sábados en el Teatro la Capilla, es un ir y venir de recuerdos y complicidades. Unos cuantos diálogos, variadas narraciones y una relación implícita y explícita es lo que sostiene a la obra. La iluminación es confusa cuando intenta afocar a uno u otro personaje excluyendo innecesariamente la presencia de la pareja. El ir y venir del foco a través de la iluminación ensucia la propuesta y rompe la convención, ya que el espectador es el que hace libremente ese recorrido. Las canciones tampoco concuerdan con la época, aun con la hermosa voz de la actriz. El trazo escénico es acertadamente contenido y preciso. La atención está puesta en los personajes sin la distracción del movimiento.
Wences y Lala es un excelente acercamiento a un teatro emotivo donde la alegría de haber vivido y haber querido, hacen que todo se vea a colores y no en blanco y negro.








