El histórico encuentro con Tamayo

Curador del Museo Tamayo Arte Contemporáneo desde 1986, Juan Carlos Pereda ha publicado, entre otros, Rufino Tamayo. Catalogue Raisonné. Gráfico 1925-1991 y Tamayo en las colecciones del INBA. Es, como señala en este artículo que Proceso le solicitó, “testigo privilegiado” de una conjunción de personajes que habían sido como “agua y aceite”: Rufino Tamayo y Raquel Tibol.

Admirada, respetada, temida, con el tiempo querida, Raquel Tibol signó parte importante de mi vida. El lector disculpará que la aborde desde mi propia persona, pero con el tiempo he ido cobrando cabal conciencia de haber sido testigo privilegiado de un acontecimiento de la cultura de México: la conjunción de dos talentos capitales del siglo XX mexicano, Rufino Tamayo y Raquel Tibol, agua y aceite que juntos dieron un mayor lustre cultural a los últimos años del milenio.

Conocía ya de tiempo a la maestra Tibol cuando nos volvimos a encontrar en el Museo Tamayo, recién lo había recobrado el pintor oaxaqueño de la administración de Televisa, para volverlo patrimonio cultural de México; 1986 no fue un año fácil, pero había que dar consistencia al museo después de las muestras del mainstream con que aquella empresa lo había asociado durante cuatro años de administración.

El primer gran proyecto que emprendió el Museo Tamayo bajo la administración estatal, a través del Instituto Nacional de Bellas Artes y con Cristina Gálvez a la cabeza, fue realizar un ambicioso Homenaje Nacional a Rufino Tamayo por sus setenta años de trayectoria artística. Había que hacerlo rápido y bien, por lo que el nombre convocado unánimemente por las autoridades de la SEP y las del INBA fue el de la rigurosa Raquel Tibol.

Para lograr la insólita finalidad, sólo el espíritu diplomático y el encanto personal de Gálvez pudo conjuntar a dos temperamentos tan opuestos como fuertes y necesarios para el proyecto: el de Olga Tamayo y el de Raquel Tibol, que deberían de trabajar codo a codo para conseguir, en tiempo récord, aquel magno proyecto sobre la obra de Tamayo. Tibol había hecho fama de haberlo visto y conocido todo, su inteligencia, su memoria, su sistemático sentido del deber, su rigor y libertad, consiguieron el deslumbrante programa con el que México honró una de las trayectorias más importantes del arte mexicano del siglo XX. Setenta años de creación fue el punto de unión para que Raquel diera aún más lustre a los años áureos de Tamayo.

La crítica de arte, la analista, la historiadora, la poeta, se había interesado sinceramente y de una manera propositiva y viva, crítica y analítica en el trabajo de Tamayo, a quien décadas antes había señalado como un pintor de la burguesía; sin embargo, cambiar de opinión es de sabios y Tibol así lo asumió, no sin antes tener algunas discusiones con Olga, de las que siempre salía airosa.

Tibol no necesitó hurgar los archivos de Olga para alcanzar dos libros capitales para la difusión de la obra y la persona de Tamayo: La antología critica de Rufino Tamayo (incluida en la colección Grandes Maestros Mexicanos), en que recogió los textos más significativos escritos sobre el artista en un lapso de cincuenta años, entre 1935 y 1986, en que pone al descubierto su agudo sentido de discernimiento, mismo que la orientó para incluir en ese tomo textos clásicos, dispersos, que no era nada fácil encontrar; generosa con los jóvenes talentosos, reunió a la joven Ingrid Suckaer con el patriarca Luis Cardoza y Aragón, los dos guatemaltecos que más han amado a Tamayo. Ese volumen de 173 páginas reúne lo más granado que se ha dicho sobre el oaxaqueño.

Así mismo, la Universidad Nacional Autónoma de México le editó el libro: Textos de Rufino Tamayo, antología de los decires del pintor, que ilustró con la primera selección de viñetas creadas por el artista, desperdigadas por infinidad de publicaciones inaccesibles para el público, todas sacadas de su biblioteca personal. El libro –catálogo de la exposición Setenta años de Creación Artística– fue también un parteaguas en la bibliografía del artista, mismo que, por invitación de Tibol, se engalanó con un diseño y logotipo creado por Vicente Rojo y fotografías tomadas a un Tamayo maduro por Pedro Meyer.

Al escribir sobre Tamayo, Tibol convocó a plumas de toda realeza: Octavio Paz, Carlos Monsivais, Jorge Alberto Manrique, Teresa del Conde, Rita Eder, Ramón Favela y la propia Tibol dieron textos para hacer uno de los libros referenciales de la obra y trayectoria del artista. Después de aquel gran éxito, que se aderezó con conciertos, coreografías de danza contemporánea y un simposio articulado por Tibol, la fama y gloria de Tamayo se actualizó a nivel mundial, y no era para menos, pues la selección abarco 165 óleos, 225 gráficas, 180 dibujos, tres esculturas y 8 murales.

Una larga lista de exposiciones de la obra de Tamayo se la encargaron a la maestra: El centro de Arte Reina  Sofía en Madrid, la Sala Principal de la Casa Central del Pintor Dependiente de la Unión de Pintores de la URSS en Moscú, el Museo Edvard Munch de Oslo, el Museo del Ermitage en Leningrado, la Staatliche Kunsthalle de Berlín, la Marborough Gallery de Nueva York, todos proyectos que ocurrieron en vida de Tamayo.

E incluso, después de su partida, Tibol trabajó para las muestras antológicas en el Nagoya  City  Art Museum, que itineró por el Museum of Modern Art de Kamakura, y el National Museum of Modern Art de Kyoto. Finalmente, para concluir su periplo en las curadurías de muestras de Rufino Tamayo, curó la exposición titulada Del Reflejo al Sueño que presentó obras de entre 1920 y 1950, realizada en El Centro Cultural Arte Contemporáneo de la Fundación Cultural Televisa de México, en 1995-96.

Cada muestra llevó un texto inédito de Raquel Tibol y de algún o algunos otros invitados en cada ocasión, además de la rigurosa selección de obras pictóricas y gráficas de Tamayo. Este arduo trabajo se reseña en poco espacio y se lee rápido, pero fueron años de un intenso trabajo, de una concentrada dedicación y de un sólido compromiso. Asimismo, articuló, animó y definió la Bienal de Pintura Rufino Tamayo, de la cual fui coordinador hasta su XV edición y en la que participó como jurado en cinco ediciones con una constante exigencia sobre los demás miembros que ayudó a la vigencia de ese evento, en su momento fue el más aportador y necesario para el conocimiento, difusión y discusión de la pintura joven mexicana.

La capacidad de trabajo de Raquel Tibol era impresionante: podía realizar simultáneamente la escritura de textos, la selección de una antología de escritos de diversos autores y la curaduría de dos exposiciones de obra gráfica de Tamayo, en que la selección fue rigurosa y los textos que acompañaron la muestra fueron aportadores y claros, y que terminaron por  poner sobre la mesa la necesidad de realizar un catálogo razonado de la obra gráfica del artista, mismo que se realizó con su asesoría. Aquellas exposiciones habían sido el preludio del Homenaje Nacional a Tamayo por sus setenta años de creación, y se presentaron en la casa de la Cultura de Aguascalientes, el Festival Cervantino en Guanajuato, en la Galería del Estado en Oaxaca, en la primera edición del Festival Cultural de Sinaloa, y fue la muestra inaugural del Museo de Arte de Ciudad Juárez.

Posteriormente fueron presentadas en el Voluntariado de las Casas Reales en República Dominicana y en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, Uruguay. A su vez el antecedente de esas muestras en cascada fue la selección de obra gráfica que Raquel eligió para la exposición monográfica formada por cien piezas con que México estuvo representado en la VII Bienal de San Juan del Grabado Latinoamericano y del Caribe en Puerto Rico, en 1985. Raquel honró la muerte de Tamayo con una exposición de obras gráficas que se presentó en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, campus Estado de México, en 1991.

Hacia fechas más recientes, conversé con la maestra sobre el proyecto de recopilación de sus textos sobre Tamayo, a la que accedió, pero que luego con el recrudecimiento de sus dolencias, pidió dejar para momentos más propicios en que pudiese hacer un exacto recuento y una revisión crítica.

La incansable y rigurosa actividad de Raquel Tibol se extendió a la generosa revisión de mis textos, que regularmente corregía con amistosa crítica: “Quítese usted esa costumbre de ver a Tamayo como si fuese la Virgen de Guadalupe (me dijo una vez). Usted tiene tradición jacobina en su familia, aprovéchela, hágala suya.”

Sus introducciones a los libros: Murales de Tamayo, Tamayo ilustrador y el Catálogo Razonado de obra gráfica de Tamayo, contienen palabras sobre mi trabajo que siempre me motivaran a seguir su ejemplo.