Es verdad de a kilo que el aparato estatal funciona de las aportaciones que hacemos todos los ciudadanos. El gran gasto se sostiene precisamente de la reducción que se palpa en nuestros bolsillos particulares. Por dicha razón, aunque resulte tarea compleja, toda instancia del gobierno y las figuras que viven a la sombra económica de este gran árbol, deberían escribir su página de rendición de cuentas con la mayor claridad posible, con el fin de que el ciudadano medio, que contribuye, pueda enterarse a satisfacción del destino de sus aportaciones.
Hay siempre una queja persistente de opacidad o de falta de transparencia sobre el tema. La información crematística sobre nuestros emolumentos erogados no aparece en los libros de cuenta con la nitidez con la que sí proceden los cobros particulares de impuestos con que nos atornilla Hacienda. Como decían los viejos, lo que no es parejo es chipotudo. Las desviaciones, los desfalcos, las cuentas alegres, la aparición reiterada de fortunas inexplicables de servidores públicos, nos habla del manejo discrecional de nuestras aportaciones. ¿Cómo se desvían; cómo se especula con ellos; cómo se transfieren de la bolsa pública a bolsillos particulares? Es tarea asignada no para detectives avezados sino para inspectores decentes, que seguramente los hay entre nosotros. Es tiempo ya de poner manos a la obra.
La liebre de las sorpresas salta de casi todos los matorrales de nuestro paisaje. Pero hay un páramo del que se esperaría que nunca saltara. Hablamos de los parajes en donde se invierte el dinero público para atender la educación. Ni en la educación básica y mucho menos en los campos universitarios deberían aparecer estos manchones vergonzantes de denuncias de manejos sucios del presupuesto. Sin embargo, nos son frecuentes las notas rojas que provienen de tales claustros. Deberían sonrojarnos de vergüenza tales informaciones. Pero la desgracia es que, por su frecuencia, ocurre lo contrario. Han terminado tales actores desfachatados por mal acostumbrarnos y ya ni nos sorprenden.
De la Universidad de Guadalajara se ha vuelto nota corriente el manejo turbio por la administración central de las bolsas que caen a su jurisdicción. Sus desaguisados gozan, como la figura mítica del dios griego Proteo, de innúmeras formas. El gran público sólo se da por enterado cuando salen a la calle los enormes contingentes de estudiantes y maestros y tremolan banderas de indignación fijadas desde la administración en turno. A veces, gritan éstos para que el presupuesto les sea aumentado. En otros momentos hincha el cielo el vocerío clamando para que les paguen lo que se les adeuda. Unas ocasiones, el villano es el gobernador; en otras, al que traen para fusilar es al gobierno nacional. Proclamas, pancartas, gritos, atropellos… pero voces informadas y certeras, pocas. Por eso, cuando se trata de molestia intrauniversitaria, el ciudadano medio hace mejor como el que oye llover y no se moja.
Pero de que las cosas con el dinero no funcionan de manera aceitada y ordenada en nuestra máxima casa de estudios, no hay forma de negarlo. Y eso que la administración central está copada de gente que se supone avezada al estudio de lo administrativo. La encabeza el figurín del Tonatiuh, de quien se presumen altas credenciales en dicho campo. Se entiende bien que Raúl Padilla lo puso de rector general con el fin de que a la hora de los números no se les entrambuliquen las cuentas a ellos, a los franquiciados, no a nosotros los que componemos el gran público.
Hace algunos años, cuando decidieron desincorporar a los trabajadores de la universidad de la nómina del IMSS, salió a la luz que la UdeG los tenía inscritos con uno o con dos salarios mínimos. Muchos años funcionó esta anomalía, sin que nadie se diera por enterado: el patrón que no enteraba lo que debía y el IMSS se hacía de la vista gorda. Se descubrió el pastel y nadie fue castigado tampoco por tan enorme desfalco. Se desincorporó a la gran masa laboral del IMSS y ya. Hace tres o cuatro años, el Congreso local daba gritos de parto porque no tenía dinero para pagar a los trabajadores sus meses de fin de año y mucho menos sus aguinaldos. Ah, el dueño de facto de la UdeG, Raúl Padilla, autorizó que de la caja del dinero para el retiro del sindicato académico se le prestara una suma cercana a los cien millones de pesos. Hasta la fecha no está claro si esta erogación fue debidamente pagada o pasó a las cuentas del gran capitán. Fue escándalo sonado. Y ni así se sabe si las conductas fueron asaltadas en el camino o llegaron con bien a su destino.
El año pasado ascendió el equipo universitario de futbol a la primera división. El dueño del equipo, que por mera coincidencia también es Raúl Padilla, dijo que lo iba a reforzar a lo que costara para hacerlo competitivo. Otra vez tomó dinero de la misma bolsita, sin que los dueños chistaran. No se vale aquí levantarle la voz al patrón. Ahora resulta que el equipito de marras no es competitivo ni nada. Pinta a que lo devolverán de regreso a la división de ascenso. ¿Qué va a pasar con el dinero tomado de la caja de los viejitos? Ciento veinte millones de pesos que están bailando en la cuerda floja. ¿Y?
La primera semana de febrero del año en curso, la administración central dio a conocer la convocatoria para el concurso de sus trabajadores académicos al Programa de Estímulos al Desempeño Docente (Proesde) 2015-2016. Según denuncia el Colectivo Reflexión Universitaria, grupo de académicos que tiene el valor y la dignidad de enfrentar las arbitrariedades que destilan sin freno desde las mal llamadas “autoridades universitarias”, la dichosa convocatoria presenta cambios respecto a las de años anteriores, “que limitan de manera diversa la posibilidad de acceder a un mayor nivel en la evaluación, en función de la productividad académica individual”. Con las nuevas reglas corren el riesgo de hasta reducir la categoría que ya tienen ganada muchos de ellos; se limitan las posibilidades de acceso al programa, lo cual redunda en detrimento de sus condiciones salariales mismas.
El señalamiento toca todos los diapasones, desde los cambios de última hora hasta la ofensa a la dignidad de los docentes. “Quienes ya fueron evaluados por el Promep serán evaluados nuevamente a través de la tabla de evaluación para profesores de tiempo completo con reconocimiento perfil deseable Promep vigente (Art. 34)”. Por un lado es grave el contenido restrictivo de estos cambios y por otro es avieso el hecho de presentar tales modificaciones de última hora, “cuando los criterios a tomar en cuenta deben ser conocidos por todos de manera anticipada”.
Los muchachos del CRU demandan de la administración un trato digno. Saben que es una sorpresa anual, pues se la aplican en cada ejercicio. Lo que se ignora es por dónde les va a venir el golpe, nada más. Son convocatorias extendidas a la carta, con destinatario definido, al contentillo pues. No lo dicen en el documento, pero es ampliamente sabido, que las “nuevas reglas de cada año” son desconocidas pero no para todos. Se hacen llegar con antelación a ciertos grupos, que pueden ser favorecidos con las dichosas modificaciones. Así se generan beneficiarios directos, sin que se señale al paso que hubo malos manejos o corruptelas en el proceso. Andamos bien.








