Un día que dura 70 años

Dresde era una de las ciudades más hermosas de Europa. La Segunda Guerra Mundial la había respetado. Pero el 13 de febrero de 1945 cuatro bombardeos ingleses y estadunidenses destrozaron la ciudad y segaron 25 mil vidas, en un ataque por demás cruel e inútil. El hecho –con el que probablemente los anglosajones querían mandar un mensaje a los soviéticos– ha sido usado como propaganda por los nazis, los neonazis y otras agrupaciones. El reto para la Alemania actual es recordar a aquellas víctimas con rigor histórico y sin fomentar la polarización, en un continente donde la ultraderecha galopa.

DRESDE.- Ese martes 13 de febrero de 1945 era día de Carnaval. Como dicta la costumbre, cientos de niños portaron disfraces y salieron al parque a jugar. Eberhard Renner, de casi 13 años, prefirió ir al centro de la ciudad a comprar instrumentos para el laboratorio químico que estaba construyendo en casa; su hobby desde hacía meses. Sería la última vez que vería el esplendor de una de las urbes con mayor valor artístico y cultural de Europa.

Esa noche, justo a las 22:13 horas, cayeron sobre la ciudad alemana de Dresde 881 toneladas de bombas incendiarias y explosivas lanzadas por las fuerzas aéreas británicas. Fue sólo el primero de cuatro ataques aéreos que los aliados realizaron sobre suelo germano entre la noche del 13 y la mañana del 15 de febrero de 1945.

El resultado: la destrucción casi total de una de las últimas ciudades alemanas todavía en pie –incluido su valioso centro histórico, que fue prácticamente devorado por el fuego provocado por las bombas– y la muerte de miles de civiles.

El bombardeo a Dresde, que casi enseguida se convirtió en un mito, es uno de los pasajes más polémicos de la Segunda Guerra Mundial por todas las circunstancias que lo rodearon. Y es que, para ese momento, las tropas nazis ya estaban diezmadas. Desde el 16 de enero Hitler se encontraba recluido en su búnker en Berlín y la caída del Tercer Reich era sólo cuestión de tiempo. De hecho, 11 semanas después de los bombardeos de Dresde acabó la guerra con la capitulación alemana.

El debate es si la capital del estado federado de Sajonia era un objetivo militar estratégico con el cual era indispensable acabar. La crítica se basa en el número total de víctimas –los nazis manejaron una cifra de más de 200 mil muertos– y la política de destrucción total.

Fue necesario, incluso, que las autoridades sajonas formaran en el año 2004 una comisión especial de historiadores y especialistas para estudiar sistemática y objetivamente el desarrollo del ataque y, con base en ello, determinar un número oficial de víctimas. Luego de seis años de trabajo, la comisión especial concluyó, en 2010, que en los bombardeos a Dresde murieron 25 mil personas.

“Los sucesos del 13 de febrero de 1945 se convirtieron en un símbolo nacional para la población. Lo que hemos tratado de hacer desde la administración, en trabajo conjunto con la sociedad civil, es encontrar una forma distinta, que no nueva, sobre cómo abordar aquel hecho en lo relativo a la memoria y su conmemoración”, explica en entrevista el politólogo e historiador Johannes Schulz, encargado de la Memoria en la Oficina de Cultura y Protección del Patrimonio Nacional de Dresde.

Y es que, aún hoy, a 70 años de distancia de aquellos sucesos, las discusiones en torno a la destrucción de Dresde continúan.

Desde el día mismo del bombardeo, los nazis utilizaron la tragedia en beneficio propio: el ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, manejó una cifra de 200 mil muertos, a pesar de saber por los reportes de la policía que su estimado era de entre 25 y 30 mil; y arengó a la población con un discurso de lucha y resistencia ante el ataque a una ciudad pacífica.

Con los años, el suceso y la fecha del 13 de febrero fueron utilizados con diversos fines. En la República Democrática Alemana (RDA) por décadas se insistió en la versión del presunto “liderazgo criminal” de los aliados occidentales. Occidente también alimentó el mito al resaltar la valiosa y real pérdida cultural que representó la destrucción de la ciudad; y, por último, pero no menos relevante, los movimientos de neonazis y de derecha extrema se apropiaron de la fecha para recordar a las víctimas alemanas. Tan sólo el 13 de febrero de 2010 llegaron hasta la ciudad más de 6 mil neonazis de toda Alemania y distintos puntos de Europa a marchar en su recuerdo.

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Después de alimentar y jugar con sus ratones blancos y comenzar a armar su laboratorio de química, Eberhard Renner fue a la cama temprano. Dormía ya cuando a las 21:15 horas sonó la alarma que advertía sobre un ataque aéreo.

Desde el inicio de la guerra, Dresde había sido una ciudad relativamente segura. No fue sino hasta 1943 que las autoridades comenzaron a evaluar un posible ataque. Hasta antes de esa noche la ciudad había sido bombardeada “sólo” en tres ocasiones, y los objetivos habían sido áreas industriales. Diversas leyendas urbanas –por ejemplo, que una tía lejana de Winston Churchill, premier inglés, vivía en la ciudad– hacían que la población se sintiera a salvo de los ataques.

Esa noche todo cambió. Por la radio se informó a la población que debía evacuar sus casas y buscar resguardo. Incrédula, la familia Renner se preparó para salir de su vivienda ubicada en la calle Canaletto, más por cumplir con un protocolo que por una preocupación real.

“Vivíamos convencidos de que Dresde no sería destruida. Era una ingenuidad increíble la nuestra. Mi padre y sus amistades siempre repetían que los ingleses eran gente culta que no destruiría una ciudad tan maravillosa e increíblemente rica en cultura como Dresde”, explica Eberhard Renner en entrevista con Proceso.

“Además, mi padre también argumentaba que Stalin no aceptaría nunca una ciudad destruida. Pero hoy entiendo que también fue táctica de los ingleses: destruirlo todo para demostrar su poder ante los rusos y no dejarles ciudades en pie. Así de complejo es el tema”, dice convencido.

A las 21:59 horas la Dirección de la Defensa Antiaérea alemana reportó la presencia de unidades de combate enemigas en el área de Dresde-Pirna. Minutos después, el cielo se iluminó como si fuera de día. Las bengalas de magnesio, conocidas como Árboles de Navidad por los alemanes, arrojaron una intensa luz que permitió señalar los objetivos. A las 22:13 horas, las bombas inglesas comenzaron a caer del cielo. Después vino el caos provocado por la oleada de fuego que abrazó al centro histórico de la ciudad.

Los Renner lograron ponerse a salvo en el sótano de uno de los clientes de su padre, a unos 300 metros de su casa. Tras el primer ataque, sin saber los alcances que éste había tenido, subieron a la superficie para ir a su casa. Lo que encontraron fue demoledor: gigantescas olas de fuego devoraban literalmente las casas y apenas se lograba transitar por las calles.

“Sentimos entonces miedo. Entre el primero y el segundo ataque tuvimos tiempo de ir a la casa y contemplar sólo cómo ardía porque no podíamos hacer nada. En nuestra cabeza tampoco rondó la idea de ayudar a alguien. Fue una situación en donde no hubo solidaridad hacia los demás y no sé explicar por qué. En realidad no sabíamos qué hacer. Nadie en la ciudad estaba preparado para reaccionar ante un bombardeo”, recuerda Renner.

Hacia la una de la mañana ya del 14 de febrero tuvo lugar el segundo ataque. Las alarmas volvieron a sonar y toneladas de bombas cayeron sobre la ciudad ya destruida y en llamas. A una distancia de 80 kilómetros era posible divisar a la urbe envuelta en el fuego. De inmediato un escuadrón de 2 mil soldados alemanes fue movilizado para realizar labores de rescate.

Minutos antes del mediodía volvieron a escucharse los motores aéreos. Esta vez volaron en el cielo 300 bombarderos B17 de las fuerzas aéreas de Estados Unidos, que en sólo 13 minutos dejaron caer 775 toneladas de bombas en la parte occidental de la ciudad –que aún no había sido dañada. El 15 de febrero por la mañana colapsó uno de los símbolos de la ciudad, que durante más de un día ardió, la Frauenkirche, una iglesia luterana en estilo barroco. Y un par de horas después se padeció un cuarto ataque de las fuerzas estadunidenses.

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Dresde, además de ser una joya artística y cultural del imperio alemán, también fue considerada un baluarte de los nazis.

Era un punto estratégico de comunicación entre el este y el oeste y sus tres estaciones de trenes eran la plataforma desde donde se abastecía a las tropas alemanas. La empresa de ferrocarriles alemanes tenía ahí el mayor taller de reparación y fabricación y poseía además una importante zona industrial. En la zona norte de la ciudad, en Albertstadt, había cuarteles importantes que funcionaban como objetivos militares.

Y desde 1944 tanto las tropas como los prisioneros a campos de exterminio pasaban por ahí. Desde ese mismo año, la ciudad también fungió como lugar de paso de miles y miles de refugiados que llegaban desde el este huyendo del avance soviético. Era, pues, una ciudad estratégica, tal y como lo argumentaron en su momento los aliados.

Sin embargo, los ataques de la noche del 13 y la madrugada del 14 de febrero no apuntaron a esos objetivos, sino a las inmediaciones del Río Elba que cruza el centro de la ciudad. El denominado Neumarkt o casco antiguo, con el Zwinger, un palacio de arte barroco, y la monumental Frauenkirche no eran en absoluto objetivos militares estratégicos, como tampoco lo eran los barrios poblados en su periferia.

Tras los ataques, Albertstadt y el complejo ferrocarrilero de Friedrichstadt apenas sufrieron daños. “Fue una operación sin consideración alguna: causar caos y pánico en el centro de la ciudad. Y en eso reside la naturaleza de este ataque en especial”, escribió el historiador inglés Frederick Taylor.

A siete décadas de aquellos sucesos, Dresde se prepara para conmemorar un año más. Sin olvidar los bombardeos que los nazis realizaron sobre ciudades como Coventry, Róterdam o Varsovia –y que causaron también miles de víctimas civiles–, los alemanes buscan mantener la memoria sin alimentar más un mito.

“Buscamos una conmemoración que, más que de rituales, se alimente de encuentros entre las nuevas generaciones y los sobrevivientes. Es importante transmitir a los jóvenes la historia, pero con un contexto histórico claro y adecuado. Eso implica dejar muy claro que, para los alemanes, el 13 de febrero de 1945 no comenzó ese día, sino desde 1933, con la llegada al poder de los nazis”, concluye Schulz.