Agnès Varda

Con la retrospectiva sobre la obra de Agnès Varda, la Cineteca Nacional rinde un merecido homenaje a la inclasificable cineasta que dirige desde mediados de la década de los cincuenta. Pionera de la Nueva Ola Francesa, referencia obligada del movimiento feminista, autora de documentales y de ficciones que funcionan a la vez como poemas e instalaciones plásticas, la señora Varda cumple pronto 87 años.

Frente a una cinematografía tan variada y extensa es difícil elegir una que capture su proyecto artístico; cada trabajo suyo es emblema de un momento. Cléo de 5 a 7 (1965) retrata en tiempo real a la cantante Corinne Marchand, y también capta el pulso del París de los sesenta; Sin techo ni ley (Vagabond, 1985) explora la vida de una mujer desde diferentes ángulos, una ambiciosa épica o novela cinematográfica que intenta rivalizar con el Ulises de Joyce y con El ciudadano Kane.

Poca trama más dentro de una masiva orquesta de la vida social, trabajadores, inmigrantes, campesinos, política, género, todo palpita en las formas que explora entre cine, plástica y fotografía, poesía y prosa, interpelando constantemente al espectador. Cinescritura (cinécriture) es el término con el que la cineasta belga define su incansable ajetreo en el espacio del Sétimo Arte. Sus ficciones y documentales nunca aburren, mucho debido a esta obsesión de diálogo que contagia a su público; su cine siempre es ligero; Agnès Varda mete todo en la película y saca todo de ahí.

Las playas de Agnès Varda (2008) es un estupendo documental que transmite su inquietud de espacio, de Los Ángeles a Irán, de Jim Morrison a Fidel Castro; con este autorretrato la señora Varda se adelanta a cualquiera que pretenda rodar un documental sobre ella y su obra; se requiere de mucho talento para armar coherentemente este bricolaje de vida.

Elsa la rose (1965), el corto que se exhibe esta semana junto con otros, es una obra maestra de cinescritura. Por encima del valor documental de registrar para la posteridad al poeta Louis Aragon y a su musa Elsa Triolet, y de capturar la intimidad de esta pareja, ícono del surrealismo y de la historia del siglo XX en Francia, la directora edita su material al compás de la poesía de uno de los fundadores del surrealismo.

De manera suave, la emoción de este activista político, estalinista irredento, vibra en sus comentarios sobre Elsa; dulzura y misterio fluyen entre la escritora y el poeta. La voz en off de Michel Piccoli recita la poesía, los ojos de Elsa se ven y se escuchan; Agnés Varda edita imágenes y secuencias al ritmo del poema, con pausas y cesuras, acentos y repeticiones. La saturación de cadencias, propias del estilo de Aragon, resuena en las imágenes de los ojos de Elsa Triolet, quien a sus setenta años declara no sentirse amada sólo por la poesía de Aragon, sino por todo lo demás.