Neruda y Allende, amistad entrañable y desconocida

Con la reciente publicación de Pablo Neruda y Salvador Allende: una amistad, una historia (RIL editores), del escritor y diplomático chileno Abraham Quezada, comienza a saldarse una deuda. Se trata de un ensayo histórico que destaca, además, por reproducir algunas cartas inéditas entre dos personajes de estatura mundial. Se siguen en este texto las trayectorias cercanas del presidente y del poeta de acuerdo con el libro, apoyadas por entrevistas al autor y a quien fuera chofer de Neruda, Manuel Araya, quien ha denunciado la muerte de éste tras una misteriosa inyección.

VALPARAISO, Chile.- A Pablo Neruda y Salvador Allende los separó la muerte siendo amigos entrañables, en momentos en que ambos se hallaban en la cúspide de sus carreras poética y política, justo el día en que el poeta presentaría, en compañía del presidente socialista, su proyecto más preciado: Cantalao.

Ese 11 de septiembre de 1973 se daría el lanzamiento a la construcción de la ciudadela destinada a la promoción de las artes y las letras, a ubicarse en una hermosa meseta próxima al mar y a la casa de Neruda en Isla Negra.

El ministro de Justicia Sergio Insunza presentaría los planos y la maqueta, proyecto que contó con el respaldo del Gobierno de Allende. También llegaría con un documento oficial que acreditaba el otorgamiento de la personalidad jurídica de la Fundación Cantalao, entidad que administraría los bienes del poeta. Tras la respectiva ceremonia, habría un almuerzo con un pequeño grupo de invitados entre los que estaría el presidente.

Manuel Araya, quien era el chofer de Neruda, cuenta que éste le pidió un día antes que fuera a La Moneda para dejarle la invitación a Allende. Araya, quien sería conocido mundialmente por denunciar en mayo de 2011 que “Neruda fue asesinado” (Proceso, 1801), afirma ahora a este corresponsal que el mandatario lo recibió en su despacho, y que “leyó la nota e inmediatamente redactó una respuesta”, donde dejó claro que no podría asistir:

“Dígale al compañero (Neruda) que mañana voy a ir a la Universidad Técnica y que posiblemente haya ruidos de sables.”

Efectivamente, a la misma hora en que ambos debían estar disfrutando por la materialización de Cantalao, la conspiración golpista acababa con el gobierno de la Unidad Popular y con la vida del propio Allende. Acota Araya:

“La muerte del presidente Salvador Allende afectó mucho a don Pablo Neruda, sin embargo él se sentía con la fuerza y entereza necesaria para seguir luchando por lo que creía era justo.”

Es significativo que el último escrito de Neruda sea el poema “Allende”, redactado tres días después del golpe desde su casa de Isla Negra y que cierra las memorias Confieso que he vivido (Seix Barral, 1974).

“…aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y despedazada por las balas de las ametralladoras de los soldados de Chile, que otra vez habían traicionado a Chile.”

A las 22.30 horas del domingo 23 de septiembre de 1973, sin embargo, sería el propio Neruda quien falleciera. Esto, tras aplicársele una inyección no programada y aún no precisada.

Vidas paralelas

No obstante la enorme trascendencia de estos dos hombres y su fin tan cercano, se ha investigado y escrito muy poco sobre la estrecha relación que los unió. Esta deuda comienza a saldarse con la reciente publicación de Pablo Neruda y Salvador Allende: una amistad, una historia (RIL editores), del escritor y diplomático chileno Abraham Quezada. Se trata de un ensayo histórico que destaca, entre otras razones, por reproducir un conjunto de cartas inéditas entre ambos personajes (ver recuadro).

En entrevista con Proceso el autor subraya las similitudes biográficas que unieron a estos dos grandes chilenos:

“Ellos son contemporáneos: Neruda nació en 1904 y Allende en 1908. Ambos se sentían profundamente provincianos actuando en la capital (Neruda vivió su niñez y adolescencia en Temuco; Allende en Valparaíso, Tacna y Valdivia); ellos otorgaban un poder redentor a la política: creían que podía cambiar la vida de los sectores sociales desfavorecidos, algo que hoy se ha perdido.”

Añade el escritor:

“Allende logra transformar a la masa electoral chilena en una masa consciente de los cambios revolucionarios. Neruda utiliza su poesía para aportar a esos cambios. Su poesía política, que es bastante mala en términos poéticos, fue un muy buen instrumento para ese objetivo.”

El investigador revela que la cercanía fue tal que supuso el ingreso del doctor Allende a los más íntimos y lúdicos círculos del poeta: participó del Club de la Bota en el que Neruda –durante los sesenta– se reunía con sus amigos escritores y artistas de Viña del Mar y Valparaíso. Allende fue bautizado allí como “Emperador Honorario Chícharo”.

Abraham Quezada es profesor de historia y geografía y doctor en Estudios Americanos (USACH). Estudió en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, mismo lugar en que Neruda, sesenta años antes, cursó Pedagogía en Francés. Quezada estudió más tarde en la Academia Diplomática “Andrés Bello” de la que se graduó en 1993.

Sin embargo, más que como diplomático, Quezada ha trascendido como estudioso de la vida de Neruda. Epistolario viajero (1927-1973) y Cartas a Gabriela, destacan entre sus libros previos.

Y destaca que, tanto Neruda como Allende, fueron comprometidos militantes de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH). En aquel periodo –años veinte– el joven poeta se adscribió a ideas anarcosindicalistas, las mismas que abrazó Allende en su primera juventud.

Pese a que hay versiones que aseguran que ellos se conocieron en 1932, poco después que Neruda volviera de Oriente donde cumplió funciones diplomáticas por un lustro (en Ceylán, Birmania e Indonesia), Quezada estima que hicieron contacto por primera vez durante la campaña electoral que llevó a la Presidencia de Chile en 1938 al candidato del Frente Popular (FP), el militante radical Pedro Aguirre Cerda.

Neruda, quien venía de sufrir la experiencia de la Guerra Civil Española, era por entonces presidente de la Alianza de Intelectuales de Chile y, como tal, participó activamente en dicha campaña. Tras el triunfo del FP –que integraba a los partidos Comunista (PC), Socialista (PS) y Radical (PR)– Neruda promovió que Aguirre Cerda se enfocara en educación. Con ese afán hizo un completo plan en la materia. Allende, por su parte, presentó otro proyecto relacionado: “Por un Chile sin analfabetos, que todo Chile sea una escuela”.

Allende venía de ser electo, en 1937, como diputado por la circunscripción Valparaíso-Quillota. Según Quezada, “desde ese momento, adquirió notoriedad pública, participando activamente en el proceso de conformación de la coalición opositora de centroizquierda para las elecciones presidenciales de 1938.

Al asumir la Presidencia el 24 de diciembre de ese año, Aguirre Cerda nombró a Neruda Cónsul Especial para la Inmigración Española, cargo con sede en París. Su misión, gestionar la venida a Chile de miles de refugiados republicanos que entonces vivían en campamentos en Francia. Finalmente viajarían a Chile –en el mítico barco Winnipeg– dos mil 202 pasajeros, los que arribarían a Valparaíso el 3 de septiembre de 1939. A fines de ese mes, el médico socialista asumiría como ministro de Salubridad, puesto desde el cual implementó planes de acogida a los refugiados, tarea que supuso relacionarse continuamente con Neruda.

Ambos personeros ingresan al Senado en 1945. Allende lo hizo en representación de las provincias más australes del país: Valdivia, Llanquihue, Chiloé, Aysén y Magallanes; mientras que Neruda por las más septentrionales: Norte Grande, Tarapacá y Antofagasta. El vate postulaba en una lista del PC, entidad a la que se afiliaría poco después de ser electo, en junio de aquel año.

En la Cámara Alta, Allende se integró a la Comisión de Educación y Neruda a la de Política Exterior.

“Ambos trabajaron coordinadamente presentando proyectos e iniciativas y apoyándose en las discusiones (…) al mismo tiempo que sus respectivos partidos políticos mantenían pugnas y conflictos –según da cuenta Quezada en el citado libro biográfico–. Ahí es cuando afianzan su conocimiento y amistad.”

Neruda acompañaría a Allende en sus cuatro campañas presidenciales.

La primera en 1952, cuando el doctor se negó a apoyar al candidato respaldado por su partido, el general Carlos Ibáñez, levantando una alternativa propia. Entonces contó con el apoyo de la Brigada Universitaria Socialista y del PC, partido que estaba muy diezmado por la implementación, en 1948, de la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, que lo puso al margen de la legalidad bajo el impulso del presidente radical y otrora aliado, Gabriel González Videla.

Después de un exilio de tres años, a Neruda le fue permitido su regreso a Chile en junio de 1952. Al hacerlo fue claro: Su apoyo sería para Allende. En esa elección Allende obtuvo un 5.4 % de los votos, siendo Ibáñez amplio vencedor.

La cultura en las campañas

En los años posteriores a esta elección, Allende y Neruda se abocaron a unir  las fuerzas de izquierda, esfuerzo que se vio favorecido por la rearticulación del eje PS-PC. En 1958, en su segundo intento presidencial, Allende estuvo a 41 mil votos y un 3.3 % del candidato vencedor, el derechista Jorge Alessandri.

Relata Quezada en su libro:

“Al igual que en la primera campaña y siempre buscando alternativas de bajo costo pero de alto impacto político-social, en ésta el candidato socialista redobló sus esfuerzos por valerse de lo cultural en sus actividades propagandísticas. Neruda puso su prestigio y gestión al servicio de este propósito, transformándose en un factor gravitante en la campaña.”

Allí añade:

“El comando electoral creó brigadas de estudiantes universitarios afines políticamente, provenientes de arquitectura y bellas artes sobre todo, quienes elaboraron afiches y propaganda. Asimismo convocó a artistas capaces de ofrecer sus manifestaciones en actos masivos.”

Quezada reflexionó a este respecto:

“En esa campaña los actores culturales encontraron un espacio para actuar, situación que antes se había visto, pero muy poco. Es por esto que se podría afirmar que la izquierda trae la cultura a las campañas políticas y lo hace de la mano de Allende y Neruda.”

En la proclamación de Allende, realizada el 8 de agosto de 1958 en el Teatro Baquedano, de Santiago, Neruda expresó:

“Con Salvador Allende están lo bueno del pasado, lo mejor del presente y todo el futuro.”

En la campaña de 1964 la derecha, para evitar el inminente triunfo de Allende, apoyó al democratacristiano Eduardo Frei Montalva, quien venció con 56% de los votos contra el 39 de Allende. Diversos documentos desclasificados por el Departamento de Estado norteamericano dan cuenta que la CIA, en concomitancia con el dueño del diario El Mercurio, Agustín Edwards, operaron para que la derecha apoyara a Frei y desataron una campaña de terror contra la candidatura de Allende.

Señala Quezada en su texto que entre las elecciones de 1958 y 1964 tanto Allende como Neruda estuvieron atentos al proceso revolucionario en Cuba, y “saludaron el triunfo de Fidel Castro y viajaron a Cuba en diversas oportunidades a observar en terreno el transcurso de cambios gatillados por los barbudos de sierra maestra”.

El triunfo y la derrota

El 4 de septiembre de 1970 Allende finalmente obtendría el triunfo, con un 36.6 % de los votantes contra el 34.9 de Jorge Alessandri. El discurso triunfal brindado por Allende esa noche, ante un pueblo que colmaba la Alameda y que se sentía protagonista de la historia, lo realizó desde la sede de la Fech, donde se formó políticamente al igual que Neruda.

Manuel Araya cuenta durante su entrevista con Proceso “que Allende quería que Neruda fuese ministro de Relaciones Exteriores”. Asegura que esta posibilidad la mencionó en una comida con líderes de izquierda realizada en un restorán de Tobalaba, en la santiaguina comuna de Providencia, pocos días después de aquellas elecciones. El chofer rememora que Neruda estaba presente en ese momento y que el comentario de Allende generó una fuerte reacción del secretario general del PS:

“Carlos Altamirano se paró e increpó a Allende diciéndole que si nombraba a Neruda no votaría por él en el Congreso Nacional (donde Allende debía ser ratificado para llegar a La Moneda). Altamirano quería a Clodomiro Almeyda (PS) como canciller… y no quedó otra que aceptarlo. Esto tiene que estar en la historia”, manifiesta Araya.

Y por su parte Quezada apunta en el libro que un día después de la elección una delegación de alto nivel del PC visitó al Presidente electo en su casa de calle Guardia Vieja, en Providencia. Al retirarse “Neruda advirtió que descuidadamente había tomado un papel de la casa de Allende en el cual el PS le hacía saber al flamante jefe de Estado que en la designación de sus ministros ‘tuviera en cuenta que había tres ministerios que por ningún motivo podían ser ocupados por comunistas’. Estos era Interior, Relaciones Exteriores y Defensa”.

Quezada enfatiza al corresponsal sin embargo que la designación de Neruda como embajador de Chile en París obedeció a una circunstancia de índole personal:

“Matilde descubre que Neruda se hallaba involucrado en una relación sentimental con su sobrina Alicia Urrutia, por lo que decide sacarlo del país y le pide a uno de los jerarcas del PC, Volodia Teitelboim, que lo promueva para dicho cargo.”

Esto ocurre a fines de 1970.

Quezada estima entonces que hubo otro elemento que influyó en el interés de Neruda por instalarse en Paris:

“Él objetivamente andaba buscando el Premio Nobel y tenía claro que debía hacer algo para conseguirlo. Existía una posibilidad ganadora: Miguel Ángel Asturias había obtenido este premio en 1967, en circunstancias que un año antes había asumido como embajador de Guatemala en París. Esa modalidad de irse a París llena ese vacío que Neruda ambicionaba.”.

En Francia, el poeta destacó por su exitosa defensa del cobre chileno, ante el intento de empresas norteamericanas de impedir las exportaciones de este mineral, como represalia a la nacionalización impulsada por Allende y apoyada por el Congreso Nacional en julio de 1971.

“Aquí peleamos por el cobre de noche y de día”, como señaló Matilde en carta de 5 de noviembre de 1972 a la amiga de Neruda, María Martner.

Neruda y Matilde regresaron a Chile el 22 de noviembre de 1972. Manuel Araya afirma que volvió “para apoyar el proceso revolucionario y al presidente Allende pues eran amigos inseparables”. Quezada a su vez estima que “regresó a descansar”.

En carta al presidente Allende de 5 de febrero de 1973, Neruda renuncia definitivamente a su cargo de embajador en Francia:

“Me reintegro desde ahora tanto a mi poesía como a la gloriosa lucha revolucionaria que tú encabezas al frente de nuestro pueblo.”

Araya dice que en los meses previos al golpe, el presidente Salvador Allende fue un asiduo visitante del poeta en su casa de Isla Negra:

“Cuando iba, le pedía consejos, porque Neruda era muy sabio en política.”

Y recuerda que, a fines de agosto de 1973, cuando la derecha y los militares golpistas forzaron la renuncia a la Comandancia en Jefe del Ejército del general Carlos Prats González, Allende acudió una vez más a Neruda.

“Tenemos que descabezar a las Fuerzas Armadas: los de nosotros hacia acá y los otros hacia un lado”, le dijo Neruda a Allende.

“Pero el Chicho (como era conocido Allende desde niño) no le hizo caso”, señala Araya, con inocultable frustración.