Señor director:
Aunas semanas de la muerte de don Julio Scherer, me permito hacerle este humilde pero sincero homenaje, que espero tenga cabida en las páginas de mi admirada Proceso.
Soy egresado de la Facultad de Ciencias y Técnicas de la Comunicación del Instituto de Estudios Superiores de Oaxaca (IESO), y orgullosamente formo parte de una generación forjada en la discusión, el análisis y la crítica. Ahí conocí la “antihistoria” de México, la “otra” versión, la que no viene en los típicos libros de texto; así supe, por ejemplo, que los Niños Héroes no fueron ni tan niños ni tan héroes, y que Miguel Hidalgo no era un inocente y honrado curita que encabezó la lucha independentista guiado únicamente por un halo libertador.
Fui instruido (y a veces regañado) por catedráticos exigentes, que nos pedían “no creerle a Zabludovsky”, así como observar y no ver, y escuchar y no oír, las noticias y todo lo que aconteciera a nuestro alrededor; siempre, ir “más allá” de lo que los medios de comunicación nos quieren informar; que buscáramos “la otra cara” a cualquier información que recibiéramos. Interpretar la realidad. Así cursé mis cuatro años universitarios, haciéndome aún más curioso, analítico, crítico y exigente de lo que ya era en mi adolescencia.
Y en ese contexto, lectura obligada para conocer el acontecer diario (recuerdo que cualquier tarde, al azar, algún maestro nos preguntaba al empezar la clase, sin anestesia: “¿en su opinión, joven, qué hay detrás de la detención de La Quina?”) era Proceso, que vivía su segunda década de lucha por una comunicación sin tapujos. Además, cuando se trataba de rastrear información del pasado, nuestros maestros nos decían: “Remítanse al Excélsior de Julio Scherer, ahí viene la verdad”.
Yo, devorador implacable de cualquier lectura desde niño, era feliz entonces pasando mañanas enteras (estudiaba por las tardes) en la Hemeroteca Pública Néstor Sánchez Hernández de Oaxaca (instalada entonces en la parte baja del histórico Teatro Macedonio Alcalá), sin duda una de las más completas del país, en cuyos estantes solamente existía –espero que siga existiendo– un diario como publicación de consulta: precisamente Excélsior, que entre 1968 y 1976 vivió su mejor época bajo la dirección de don Julio. Así, sin importarme el polvo que guardaban los estantes, supe la verdadera historia de mi país.
Por todo ello hoy, en conversaciones sobre futbol, sobre política o sobre música, mis amistades me dicen: “Eres muy crítico… te pasas de exigente… te encanta polemizar”. Algo de lo que me enorgullezco, porque esa formación la aprendí directamente en las aulas universitarias e indirectamente de Scherer y su equipo, tanto en Excélsior –aunque a destiempo– como en Proceso, del cual soy lector asiduo desde hace tres décadas.
Y por eso soy ahora el ser humano analítico y crítico, y periodista –bueno o malo– que trata de ser diariamente objetivo y ético. Me fascina polemizar, como lo hacíamos en las aulas, cada uno con sus argumentos y sus pruebas, pero también aprendí que, como dijo Scherer alguna vez, “es mejor quedarse callado si no se tiene nada inteligente que decir”.
Me dolió la muerte de don Julio, indudablemente el mejor periodista mexicano del siglo XX. Pero nos queda su legado y ejemplo. Sólo espero que, con su partida y la de don Vicente Leñero, Proceso no pierda su objetividad, su valentía, su honradez y su línea periodística, todo eso que la hace distinta a cualquier otra publicación en nuestro país y que provoca que miles de mexicanos esperemos con ansias el lunes para tener el siguiente ejemplar en nuestras manos.
Buen viaje, maestro Scherer. Y gracias por todo…
Atentamente
Javier Antonio Gordillo Pérez








