“Leviatán”

Podrido y venal, apestoso de vodka y de corrupción, el alcalde de ese remoto pueblo del norte de Rusia, quedaría de lado de la caricatura si no fuera por la estupenda actuación de Roman Madyanov (precisamente el alcalde) que llena de carne y sangre al villano.

Lo mismo ocurre con el resto de los personajes de este extraño drama político y metafísico donde el poder del Estado infesta cualquier aspecto de vida; cada uno lo padece a su manera.

En Leviatán (Leviafan; Rusia, 2014), Andrey Zviagintsev expone el dilema de un hombre que intenta enfrentar al monstruo en que se convierte el Estado.

Kolya (Aleksey Serebryakov), mecánico de oficio, vive con su esposa, Lilya (Elena Lyadova), y Romka, un hijo adolescente de su primer matrimonio; el simple y colérico trabajador se resiste a perder la propiedad que su familia ha conservado por generaciones. Su mejor amigo, Dmitry (Vladimir Vdovichenkov), un abogado de Moscú, llega para defenderlo de la rapiña del alcalde, pero el amigo tiene sus propios planes. Todo se complica de manera inesperada.

El riesgo de denunciar un régimen contando historias de injusticia es caer en el melodrama maniqueo de buenos y malos. Así, cineastas como Ken Loach, asumen el género y lo llevan a sus últimas consecuencias, el programa político parece justificarlo; de las mejores o peores películas de Loach, el espectador sale convencido de que las cosas pueden cambiar.

Pero no ocurre así con Leviatán: las tomas vacías del inicio, mar y montañas, rocas y esqueletos de barcos abandonados que prefiguran el esqueleto de ballena sobre el que se abisma el adolescente lastimado por las pugnas de los adultos, transmiten el agobio del ser humano frente a un mundo indiferente, o frente a un Dios que crea sus Leviatanes. La música de Philip Glass, el preludio y las ruinas de su ópera Akenaton, apoya la grandiosidad.

Pero la sinfonía de música e imagen se compensa con el estilo naturalista de la crónica de Kolya, sus amigos y mucho vodka, o con la sátira de la burocracia de los juzgados, los juegos de tiro al blanco de los policías que utilizan la serie de retratos de prohombres de lo que fuera el Estado soviético; a Putin no le toca porque, según comenta el director, falta distancia histórica. Pero sí que la imagen de Putin preside en la pared de la oficina del alcalde.

Leviatán, encarnación del mal, se inspira en el libro del mismo nombre de Thomas Hobbes; el realizador planta la tesis más fuerte del filósofo político: dentro del contrato social la mayoría sacrifica su libertad a cambio de la seguridad que ofrece el Estado. Curiosamente, el punto de partida de esta cuarta película de Andrey Zviagintsev (El retorno, 2003) fue un caso real que sucedió en Estados Unidos, e incluso pretendió filmar ahí Leviatán; el personaje y la actuación de Roman Madyanov le debe mucho al personaje de Lionel Barrymore de la cinta de Frank Capra Que bello es vivir (1946).

El círculo se cierra en esta versión moderna en Rusia y del libro de Job.