Por su origen, contenido y emplazamiento, la exposición El fuego y el borrego que se presenta en el espacio gubernamental Ex Teresa Arte Actual sintetiza, sin proponérselo, las principales características del sistema institucional del arte contemporáneo en México: El poder de los patronatos artísticos; el conservadurismo de la creatividad emergente; y la sumisión, deslumbramiento y discrecionalidad de los funcionarios museísticos ante el poder económico.
Integrada con obras realizadas por alumnos del programa educativo de la organización privada SOMA, la muestra integra 13 piezas del mismo número de autores que pretenden, con base en lo que señala su director académico Eduardo Abaroa, “crear una estampida… o un incendio”.
Incapaces de provocar ni una pequeña flama, las obras manifiestan la angustiosa complejidad conceptual y formal en la que se encuentran los creadores que aspiran introducirse en el mainstream. Correctas en lo que se refiere a las expectativas temáticas, disciplinarias y estéticas del modelo postconceptual de las Bienales, las obras manifiestan el rebuscamiento creativo de forzada crítica social en la que se encuentran las firmas que aspiran introducirse en el gusto del mainstream.
Con platillos musicales hechos por Andrés Felipe Castaño utilizando el plomo de balas de delincuentes y elementos policiacos que no pueden disimular la influencia de los instrumentos musicales creados, desde 2012, por el reconocido arquitecto Pedro Reyes a partir de armas decomisadas en Ciudad Juárez; con transcripciones sonoras de Adriana Martínez que traducen discursos políticos en ruidos irreconocibles; y con el registro en video que presenta María José Sesma de la imagen de una conversación entre mujeres a través de WhatsApp en la que se alternan frivolidades con alertas de acciones delincuentes entre otras, las propuestas de los egresados de SOMA se perciben como el parangón conceptual de la retinalidad pictórica criticada por Duchamp.
Financiado en un 83% por aportaciones de un patronato integrado por miembros vinculadas con el mercado del arte, con dos años de duración y un costo real por persona de 190 mil pesos –dato publicado en la página web de SOMA–, el programa educativo se manifiesta más como un deseo de éxito y relaciones públicas que como una formación dedicada al desarrollo individual de conciencias artísticas.
Diferente y sin falsas pretensiones de crítica social, Fernando Pizarro sobresale con una pieza construida con el material secretado por una bacteria al contacto con levadura, té verde, azúcar y vinagre. Desarrollado por la diseñadora inglesa Susan Lee, el proceso conocido como hongo Kombucha se vincula con la búsqueda que, a partir del dibujo, ha realizado Pizarro sobre el contenido esencial de la vida. Oscilante entre la espiritualidad y la biología, el artista, a pesar de la influencia conceptual de SOMA, ha mantenido la exploración de un arte que se vincule sensible y materialmente con lo vivo.








