La nuera mexicana

BOGOTÁ.- El amor entre la mexicana Andrea Ochoa y el hijo del narcotraficante Pablo Escobar Gaviria, Juan Pablo, nació en medio de la guerra.

Los adolescentes se conocieron en Medellín a comienzos de 1990 en una fiesta, cuando el padre del joven de 13 años confrontaba al Estado colombiano con atentados terroristas, secuestros de personajes de la élite bogotana y magnicidios cuyo propósito era hacer abolir la extradición. Ella tenía 18 años y había dejado México siendo una niña para residir en Colombia, el país de su familia.

Al jefe del Cártel de Medellín no le gustó que su único hijo varón se desviviera por una muchacha mayor. Lo instó a ser infiel, a conocer otras mujeres, a escoger a otra chica que le gustara –cualquier modelo o reina de belleza– para mandársela traer. “Le falta mucho por vivir y muchas mujeres para conocer”, decía.

Juan Pablo respondía con rabia: “Yo no necesito a otras mujeres, estoy muy bien con Andrea y no me hacen falta otras para experimentar”.

Escobar intensificó a finales de 1990 la guerra contra el gobierno del entonces presidente César Gaviria y el capo vivía huyendo. Las fuerzas de seguridad lo buscaban sin éxito. Él pasaba los días entre guarida y guarida.

Andrea demostró su amor inquebrantable por Juan Pablo en esas circunstancias extremas, en las cuales vivió con la familia del narcotraficante las dificultades de la clandestinidad.

El 19 de junio de 1991 el jefe del Cártel de Medellín se entregó a la justicia minutos después de que la Asamblea Constituyente prohibiera en la carta magna la extradición de colombianos. Un año después el capo se fugó y se mantuvo en una huida frenética hasta el 2 de diciembre de 1993, cuando fue abatido por un grupo policiaco y militar de élite. La relación entre Andrea y Juan Pablo se fortaleció en esos tiempos difíciles, que marcaron el ocaso del criminal más poderoso en la historia de Colombia.

Andrea siguió a Juan Pablo al exilio. Junto con María Victoria Henao, la viuda del capo, y Manuela, la hija menor, se instalaron en Buenos Aires con otros nombres. Desde junio de 1994 se llama María Ángeles Sarmiento y el mes pasado cumplió dos décadas de residir en la capital argentina, donde estudió publicidad en la Universidad de Belgrano.

Hace 12 años, María Ángeles y Sebastián Marroquín –nombre que adoptó el hijo del capo– se casaron en una misa al aire libre en un hotel de Buenos Aires. Por tratarse de una ceremonia de ese tipo, debió autorizarla el entonces obispo de la ciudad, Jorge Mario Bergoglio, hoy Papa Francisco.

Para Sebastián, María Ángeles es una absoluta compañera de vida.

“Es mi fortaleza. Es la persona que me ha acompañado en todas, que abandonó a su familia, que abandonó su identidad, sus estudios, sus amigos, su juventud, para sumarse a nuestra familia y acompañarme cuando lo único que tenía para ofrecerle era la persecución de la que estábamos siendo víctimas. La amo con toda mi alma”.

Ella nació en la Ciudad de México, vivió allí hasta los siete años y a decir de Sebastián, de cuando en cuando deja escapar en su acento cierta evocación chilanga. “México es un país que queremos mucho, justamente por esa relación que tiene ella habiendo nacido allá”, afirma.

María Ángeles y Sebastián tienen un hijo de dos años. Durante mucho tiempo meditaron a conciencia la decisión de ser padres. Sabían que inevitablemente el heredero sería perseguido desde su nacimiento por la sombra de Pablo Escobar Gaviria.

Sebastián dice que su hijo fue una de las grandes motivaciones para escribir el libro Pablo Escobar, mi padre. No quiere que cuando crezca “le echen cuentos” sobre el abuelo, sino que lo conozca como fue, con todo lo que hizo en su vida, “lo bueno, lo malo, sin juicios, con la totalidad de sus crímenes”.