Recuerdos de un imaginero

En el umbral de sus 80 años, el pasado 22 de enero falleció el escultor Juan José Méndez Hernández, quien con sus obras consteló de símbolos históricos la ciudad de Guadalajara y restauró importantes imágenes de culto religioso de templos de varios estados. Su hijo del mismo nombre, también escultor, abrió el taller del artista y las cajas de los recuerdos para los lectores de este semanario.

La madera, las gubias, los mazos, los pinceles ya no volverán a sentir las manos creadoras de Juan José Méndez Hernández, quien –impulsado por el arquitecto Julio de la Peña– durante más de cinco décadas realizó al menos 36 esculturas públicas ubicadas, sobre todo, en Guadalajara.

Méndez Hernández fue internado el pasado 11 de enero en el Hospital General Regional 180 del Instituto Mexicano del Seguro Social, en Tlajomulco de Zúñiga; falleció 11 días después por una falla multiorgánica, a los 79 años. Cumpliría los 80 el próximo 25 de abril.

Un día antes de su muerte los médicos lo llevaron del área de terapia intensiva a cuarto, pues ya no podían hacer nada por su salud. Su hijo Juan José Méndez, también escultor, recibió la noticia mientras concedía una entrevista a este semanario en el taller de su padre, en el Cortijo de San Agustín.

A las 12:45 horas Méndez hijo terminaba de mostrar las obras (algunas inconclusas) de su progenitor cuando sonó su celular. Preocupado, comentó: “No me gusta esta llamada”.

Su presentimiento se confirmó. “Cuando me vine del hospital (hacia el taller) le costaba mucho respirar; le di la bendición y le pedí que me diera fortaleza”, dice Juan José.

Emocionado, comenta que ahora tiene más motivos para difundir el trabajo de su padre, quien “no buscaba la fama (y decía) que el mejor reconocimiento era de la gente del pueblo (y) que la mejor publicidad se hacía de boca en boca”.

Recuerda algunas convicciones que el artista le confió: “Realizar tus obras sin pensar en el dinero que vas a ganar. Tu trabajo va a gustar y atraer a la gente importante; piensa en hacer algo hermoso, si piensas en el dinero no vas a ser artista, sino comerciante. La mayor riqueza es que los clientes te digan: lo felicito maestro, que hermosa está su obra”.

En el taller se ven esculturas en bronce y madera, así como retablos. Recostado sobre una estructura metálica, resalta un Cristo de mezquite que Méndez Hernández comenzó hace 27 años y no pudo concluir por exceso de trabajo.

Al observar el Cristo de mirada serena, cuyas manos y pies aún no están concluidos, relata que su padre le pidió que lo ayudara a terminarlo. Al preguntarle si lo hará, señala que aún debe pensarlo.

Es que para su padre, explica, esa escultura de piedra “es un milagro de la naturaleza, pues salió en una sola pieza”. No quería a ese Cristo encerrado, sino “donde toda la gente lo admire”.

Enseguida, Juan José Méndez hijo se refiere a otras dos obras inconclusas de su padre: las estatuas de bronce de los copropietarios del tequila El Patrón: John Paul DeJoria y Ed Brown.

Afirma que la escultura de este último ya estaba concluida pero se le hicieron dos modificaciones: la primera, cuando Brown se practicó una cirugía plástica para lucir más joven; y la segunda, porque a punto de entregar el encargo, Brown se hizo una rinoplastia. “Entonces tuvimos que hacer la cirugía a la escultura para que fuera la misma imagen”, precisa el entrevistado.

Agrega que el escultor nunca pudo juntar piezas suficientes para montar una exposición, pues se vendían de manera inmediata, y dejó sin terminar aproximadamente 15 piezas, que concluirá su hijo.

Historia y religión

Cuando se le pregunta por la obra maestra de su padre, Juan José Méndez comenta que en general prefería las relacionadas con la mujer:

“Su pasión era el desnudo femenino, fue admirador de las mujeres, a quienes halagaba cuando las tenía enfrente”, cuenta con una sonrisa el joven artista, quien en los últimos años se convirtió en las manos y los ojos del escultor, ya que éste padecía diabetes.

Mientras habla de la sencillez de su padre, Juan José lleva a los reporteros a otra construcción, en el mismo predio, para mostrarles dónde pasaba su tiempo libre, ya que no le gustaba salir de su vivienda apartada del ruido y la contaminación.

Dos perros amigables resguardan la construcción de tres pisos. En la planta baja está un escritorio de metal, con un barril de madera que tiene la leyenda: “Reserva especial para Juan Méndez”. Se ve también una caja de cartón con discos compactos (CD). algunas botellas, una de ellas de tequila.

En un rincón hay un gabinete lleno de CD y de sus antecesores, los discos LP. Sin embargo, la mirada es atraída por una escultura de la Virgen de Guadalupe de aproximadamente dos metros.

En un pasillo estrecho quedaron las maquetas en bronce de obras que realizó: el Colón que sostiene en su mano izquierda un documento y con la derecha intenta tocar un globo terráqueo, que se encuentra en la confluencia de Américas-Circunvalación y López Mateos; así como la de Emiliano Zapata que empuña una pistola y domina el caballo, que se encuentra por la avenida Laureles, frente al mercado del Mar, en Zapopan.

También están ahí las maquetas de otros personajes históricos: Francisco Zarco, Ignacio Zaragoza, Marcelino García Barragán, Enrique Díaz de León, Francisco Rojas González. Sobre la figura de Miguel Hidalgo al proferir su llamado a luchar por la independencia, Juan José destaca que se muestra, “no con el indio postrado a sus pies, pidiéndole ayuda, como suele verse la mayoría de las esculturas, sino a su lado, en pie de lucha; así lo plasmó mi papá”.

En las paredes cuelgan algunos reconocimientos al artista, otros permanecen recargados en cualquier objeto. En 1966 el gobierno de Jalisco le otorgó el Premio Estatal “por su obra creadora y de difusión artística”, y el ayuntamiento de Ameca, el 22 de abril de 2008, lo enalteció “por su loable labor filantrópica en nuestra ciudad y por su destacada trayectoria como escultor y restaurador”.

Pero la mayoría de esos documentos le fueron entregados por congregaciones católicas. Uno de ellos dice: “La comunidad franciscana (entrega) reconocimiento al maestro Juan José Méndez por la excelente obra de restauración de la imagen original de la Santísima Virgen de Zapopan en este convento. 1 de diciembre de 1992”.

Similares muestras de aprecio por su trabajo le otorgaron “el pueblo de Tamazula de San Francisco de Asís” y la diócesis de San Juan de Los Lagos por restaurar las efigies de sus vírgenes.

Además, Méndez Hernández restauró las esculturas del Señor de la Misericordia, en Tepatitlán de Morelos, y del Señor de los Rayos, de Temastián.

La vena de arte sacro de este jalisciense no sólo puede apreciarse en templos de su estado, sino también de Aguascalientes, Querétaro, Quintana Roo, Sinaloa y Michoacán. Su mano experta plasmó las expresiones de Cristo, la Virgen María y varios santos, con una característica: “No tienen esa actitud de exageradamente martirizado. Él cambia el dolor por la invitación para que motive a los fieles a acercárseles (…) Otra de sus habilidades es que les da movimiento y realidad a las figuras”, comenta su hijo.

Y apunta que piezas de arte sacro del jalisciense pueden hallarse en Estados Unidos: en Los Ángeles, California, y en Las Vegas, Nevada.

Pero el reconocimiento más reciente es de noviembre de 2013 y se lo otorgó el Club de Golf Las Lomas, por exponer algunas de sus obras en sus instalaciones.

De aprendiz a maestro

Méndez Hernández nació el 25 de abril de 1935 en la hacienda La Colonia, en Poncitlán. Estudió la primaria en Ameca, población donde vivió 14 años, y se trasladó a Guadalajara para estudiar la secundaria en el Instituto de Ciencias.

Estaba a punto de concluirla cuando ingresó como aprendiz al taller del escultor José Pablo Macías Pinto, quien le enseñó el tallado en madera, técnicas de restauración y el arte de representar la figura humana.

Al observar sus aptitudes, Macías Pinto lo envió a que perfeccionara su técnica al taller de otros grandes artistas de la época: Agustín Espinoza y José Ramírez. “Me tocaron los meros maestros del oficio de imaginero, pero ya muy ancianitos”, comentaba Méndez Hernández.

El entonces incipiente escultor acudió como oyente a la Escuela de Artes Plásticas de la Universidad de Guadalajara. Sin embargo, los ejercicios “le parecieron muy sencillos, en comparación con la experiencia que había adquirido en el taller de Macías Pinto”, comenta su hijo.

Entonces, el entrevistado evoca detalles de la vida cotidiana de su padre. Cada día, a las ocho de la noche, después de dedicarse durante más de 12 horas continuas al duro placer de esculpir la piedra o tallar la madera, Méndez Hernández acudía al cuarto que está al fondo del pasillo donde están sus maquetas.

En ese espacio estrecho tenía aproximadamente 6 mil discos de acetato de todos los géneros musicales. “Quería pasar todos los LP a CD; su pasión era la música. Decía que era la más hermosa de todas las artes”.

En el aposento del escultor, que se encuentra en la segunda planta, hay más esculturas y reconocimientos en la pared. Al fondo del cuarto está el comedor y la cocina.

Ahí, Juan José saca de una caja de cartón las fotografías de su padre junto a sus obras: La Patria, la escultura de una mujer que mide 7.30 metros de altura, ubicada en el cruce de la avenida México con Pedro Buzeta; El Amo Torres, que mide 2.30 metros y se encuentra frente al terreno del Mercado Corona. El Mercurio, afuera de la Cámara de Comercio de Guadalajara, y el Hidalgo del parque El Mirador.

También hay fotos del artista con sus Niños Héroes que se colocaron a lo largo de la avenida Chapultepec y el relieve de Guillermo Prieto en el Palacio de Gobierno.

De la caja de recuerdos surgen también los retratos de Juan José Méndez con su amigo y colega Miguel Miramontes Carmona, quien esculpió la alegoría del frontispicio del Teatro Degollado; y con el excandidato priista a la gubernatura Eugenio Ruiz Orozco.

“Mi papá fue amigo de toreros, políticos y, por supuesto, de escultores”, dice su hijo. Agrega que incluso tenía una fotografía con el fundador de Proceso, Julio Scherer, pero esta vez no aparece.

Juan José recibe otra llamada. Un familiar le pide que se regrese al hospital. Al bajar por las escaleras, recibe una llamada más, ahora del rector de la Universidad de Guadalajara, Tonatiuh Bravo Padilla, quien es amigo de la familia y le da sus condolencias.

Después, Juan José abre otro espacio, a espaldas del dormitorio de su padre. A la entrada y protegida por un techo, está la madera que utilizaba. De inmediato llama la atención la sonrisa en la escultura de bronce del Papa Juan Pablo II, que antecede a dos San Miguel Arcángel de aproximadamente cuatro metros de altura.

Al fondo está la escultura de una monja cuyo rostro no era muy agraciado, por lo cual sus compañeras de congregación le pidieron a Méndez Hernández que la mejorara. “Así se hizo, pero no vinieron por ella”, cuenta el entrevistado.

El escultor tuvo cinco hijas y un solo varón. Sólo éste y su hermana Marilú siguieron los pasos de su padre. “Voy a seguir el legado de mi papá, tengo que continuar sus pasos. Es una forma de que no muera y siga presente el don que Dios le dio a través de mis manos”, finaliza Juan José.