Un novelista vasco para el mundo

Para Bernardo Atxaga, su mérito es haberse dejado arrastrar a la literatura por el ejemplo del poeta Gabriel Aresti, y haberlo hecho con tino en una circunstancia que le abrió caminos en el mundo, no sólo a sus libros, sino a la creación literaria en su lengua natal. Entrevistado en la pasada Feria Internacional del Libro, Atxaga hace un recuento de las etapas de su obra y reflexiona sobre el destino que han tenido sus versiones en otras lenguas.

Al escritor Bernardo Atxaga se le considera uno de los impulsores del renacimiento y la difusión de la literatura vasca. Su nombre real es Joseba Irazu Garmendia y nació en 1951 en Asteasu, Gipuzkoa. Entrevistado al finalizar una mesa redonda en la que participó con otros escritores en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, contó cómo estructuró Obabakoak, su libro más exitoso, que ha sido traducido a múltiples idiomas y al que debe su proyección internacional.

Sobre la razón por la cual escribió en su lengua natal, el euskera o vasco, en una época en que eso no era bien visto, narra:

“No sé si en todos los países lo hay, pero en el País Vasco hubo un momento, en 1965, un corte de todo tipo: político, cultural. Hubo un cambio, y la parte más conocida es la lucha armada de ETA, que surgió en esos momentos; pero también lo hubo, por ejemplo, en las artes plásticas. El razonamiento era: la dictadura, aparte de todo, es retrógrada en lo cultural; así que todo lo que esté en contra de la dictadura es moderno. Así más o menos era el esquema. Entonces, en 1965 es cuando cambian la literatura y las artes plásticas, todo.”

Atxaga admite que su inspiración fue el poeta Gabriel Aresti, que escribía en lengua vasca y era comunista:

“Era amigo de Blas de Otero y un caso raro, porque no era querido casi por nadie. Los comunistas, que eran muy españolistas, le decían: ‘¿Cómo es que escribes en lengua vasca?’, y los vascos le preguntaban: ‘¿Cómo es que eres comunista?’ Era una especie de rara avis; murió joven (41 años). A mí me parecía un señor mayor. Él fue el mentor, no solamente mío, sino de mi generación.”

No obstante, considera pequeño su mérito de haber confiado en que de una lengua minoritaria “se puede ir a tu propia comunidad y también al mundo. Yo tuve fe en Gabriel Aresti y en lo que él representaba: progresismo y lengua vasca, modernidad y lengua vasca. Ha habido y hay otros buenos escritores vascos, pero en mi caso, y socialmente, mis libros han hecho presente la lengua vasca en muchas partes del mundo”.

Señala que no se quiere poner ni quitar méritos, pero “supongo que si no hubiese habido un Aresti, yo no hubiese tomado ese camino; supongo que si no hubiese sido esa época –yo en 1973 tenía 22 años–, si no me toca esa efervescencia, si no vivo una serie de sucesos –mis dos hermanos en la cárcel, por ejemplo–, pues bueno… (las cosas habrían sido distintas). Todo eso ha hecho de mí un escritor que llegó en el momento oportuno, y por tanto, para mucha gente la lengua vasca está asociada a mis libros. No es así del todo, pero es la figura que se ve”.

Se le pregunta si el análisis que se hace de la historia de la literatura vasca en el prefacio de su libro Obabakoak ya preveía la proyección internacional que iba a tener, o si sólo se planteaba en relación con la novela.

Responde que nunca se imaginó que el libro iba a tener tanta repercusión, y lo atribuye concretamente a los traductores. Por ejemplo, dice, “recuerdo que fui a una mesa redonda en Burdeos, y al final vino André Gabastou y me dijo: ‘Yo he leído su libro y lo voy a traducir al francés, y voy a hacer que lo publique Christian Bourgois’”.

Por eso está convencido de que “en nuestras vidas están las situaciones, pero luego están las personas concretas; yo creo que hay que tener un poco de suerte para encontrar a las personas concretas. También está la traductora inglesa, que traduce a Pessoa y a muchos otros. Ella creyó mucho en lo que yo hacía, y gracias a ella yo empecé a ser publicado en Inglaterra. Ellos (los traductores) leyeron el libro, les gustó, y eso es importante. Y además tuvieron la fuerza y la personalidad para ir con el editor y decirle: aquí tiene usted un libro que debe publicar. El libro luego tuvo esa expansión”.

Atxaga advierte que hay que bajar un poco la consideración acerca de las traducciones, pues sólo las lee una minoría. Reflexiona un momento y dice, para aclarar este punto: “Nuestra existencia es una existencia social, que no depende sólo de ti sino también de la mirada del otro. Si el otro no te ve, dejas de existir. La literatura, a veces, hace que los lugares sean existentes. Por ejemplo, mi primera relación con México fue muy curiosa, fue con Juan José Arreola. Yo, con poco más de 20 años, leí un cuento suyo, La Migala, lo traduje y lo publiqué en lengua vasca. Luego, cuando me hice más entero, leí y oí los cuentos grabados por Rulfo”.

El escritor se pregunta: “¿Alguien puede hacer ahora lo que hizo Rulfo con México? Lo veo muy difícil. Rulfo es, en la literatura del siglo XX en lengua española, uno de los escritores principales y uno de los más citados. No es que sea uno de los principales porque te guste a ti o a otro, sino por cuántos escritores han seguido el rastro de Rulfo. Quiere decir, en ese sentido, que la literatura hace visible un país. Creo que nuestra función ha sido esa. Si en Corea 200 personas leen Obabakoak, para esas 200 se hace visible”.

En cuanto a la traducción al español de Obabakoak, comenta que la hicieron él y unos amigos que no eran traductores profesionales, “porque todavía en ese momento nadie pensaba que podrían traducirse libros del vasco al castellano. Era una pared. Ahora es muy diferente. Rulfo está traducido primorosamente al vasco; hasta los poetas chinos están traducidos al vasco. Pero, a la inversa, del vasco al español o al francés no es tan fácil ni hay tantos traductores. Así que lo tuvimos que hacer nosotros”.

Señala que su libro llamó mucho la atención cuando se publicó al español: “Es como Las mil y una noches, pero escrito ahora. Esa diferencia le dio al libro una marca. Ha tenido muchísimas ediciones y ahora vivo pegado a ese libro, porque todo mundo me habla de Obabakoak”.

Con respecto a la estructura de Obabakoak, Atxaga comenta que el libro está formado por piezas, y en su origen y en lengua vasca el libro es un alfabeto; de manera que el orden y las relaciones son también alfabéticos. Cuenta que al traducir el libro al castellano el orden se cambió y se tuvo que eliminar un cuento porque era intraducible.

Un hecho curioso ocurrió con uno de los cuentos de la segunda parte del libro: “El criado del rico mercader”, que transcribió tal cual, pero enseguida metió otra variación del mismo relato de su autoría, elaborada a partir de la teoría del plagio y de la apropiación.

Refiere que cuando su libro se leyó en Holanda, muchos lectores protestaron porque el relato original del mercader era el poema nacional que se enseña en las escuelas, y lo atribuyen a un poeta del siglo XIX. El autor vasco aclaró que ese cuento en realidad pertenece a una larga tradición y aparece, por ejemplo, en la tradición de los cuentos sufíes, en Borges, en una película de Bogdanovich, en Las mil y una noches y en cuentos sicilianos tradicionales. “Está en todas partes; no es de ese poeta sino que es tradicional. Para los holandeses esa revelación fue todo un shock”, dice.

Política e intimidad

Otra de sus grandes novelas es El hijo del acordeonista (2003). Atxaga explica que en ese libro refleja de alguna manera el entorno rural del pueblo donde nació (Asteasu); “es el mundo que yo llevé; ese olor, el perfume de esos lugares. Nunca pensé en describirlo de manera naturalista, sino otra cosa: la poesía del lugar”.

En ese tiempo, dice, la política entró en su vida de una forma muy fuerte. Sus dos hermanos estaban en la cárcel por pertenecer a ETA y él rompió con el mundo anterior, de modo que “El hijo del acordeonista es como un pequeño testamento de esa parte política del País Vasco; es una elegía, un pequeño entierro que hago de ese mundo político, pero con dulzura, sin acritud, sin tristeza”.

Esa novela luego se hizo obra de teatro en Madrid, donde hubo dos funciones y se representó en vasco, con traducción simultánea al castellano. El escritor señala que Obabakoak recoge un mundo y El hijo del acordeonista recoge otro: “Son dos momentos de mi vida que están recogidos en esos libros”.

Bernardo Atxaga advierte que no todo el éxito ha sido para Obabakoak, pues el mejor recibimiento en otra lengua lo ha tenido Siete casas en Francia, sobre todo en inglés. Comenta que en Estados Unidos se han publicado 40 reseñas de la novela; fue elegida en la lista anual de la revista Publishers Weekly como uno de los mejores 15 libros publicados en ese país; y en Inglaterra tuvo un buen recibimiento. “Es curioso, porque en el País Vasco y en España tuvo buenas críticas pero pasó sin pena ni gloria, y en el mundo anglosajón ha sido un éxito”.

Atxaga considera que Obabakoak y Siete casas en Francia han sido sus libros que más han calado y más se han difundido. Con respecto a los de tema político, El hombre solo y El hijo del acordeonista, tuvieron mejor suerte en países de habla alemana que en lengua inglesa. En Estados Unidos la gente no se interesa por ETA u otros temas políticos, comenta.

Siete casas en Francia, explica, es una historia del Congo con un humor que incluso puede ser peligroso, “porque si alguien no me coge el chiste, va a pensar que yo soy uno de esos (personajes), porque cuento toda la historia colonial, con unos militares; lo cuento como si fuera una historia elegiaca”.

Agrega que si hubiera tratado el tema de la opresión con un lenguaje humanista, a la gente le hubiera entrado por un oído y salido por el otro. “Yo intenté escribir de una manera que la gente se parara al menos un minuto a pensar en lo que había ocurrido en la historia colonial”, apunta.

En 2012 Siete casas en Francia fue finalista del Independent Foreign Fiction Prize, en Inglaterra.

La novela más reciente de Bernardo Atxaga es Días de nevada, que se presentó en la FIL el pasado 2 de diciembre. En este libro el autor se paró frente al espejo: trata de la muerte de sus padres y de un amigo, así como su relación con su esposa e hijas. “Es más personal, más íntimo”, concluye.