Si resulta cierto que Perros perdidos (Jiao You; Francia–Taiwán, 2013) sea la carta de despedida de Tsai Ming–liang, esta mirada de miseria y soledad urbana representa o el callejón sin salida de su repudio total del cine convencional, o la culminación de su manifiesto artístico.
Y si el planteamiento suena radical es que la anécdota sin historia de una familia de indigentes, con padre alcohólico (Lee Kang–sheng) sin casa, anunciante de venta de casas, con hijos que se alimentan de muestras de supermercado, y secuencias inmóviles de hasta 10 minutos, es lo más radical que haya producido este realizador malayo emigrado a Taiwán.
El rechazo de artificios, de estructura y lógica del relato convencional se hizo patente desde El río (1997) donde flujos y reflujos, extraños males físicos y morales inundan la imagen sin explicación; de película en película, Tsai persigue a su actor fetiche, Lee Kang–sheng, a través de situaciones cada vez más absurdas donde tiempo, soledad, incomunicación y sexualidad, resbalan por canales imprevistos.
En Perros perdidos, este hombre–anuncio sosteniendo durante horas la pancarta publicitaria, llorando, moqueando y recitando poemas de sabiduría budista en medio del tráfico intenso de Taipei es el mismo personaje de las cintas anteriores, que nunca pudo ni entendió cómo adaptarse a la economía ni a la sociedad.
Lee nunca parecía tener una vivienda formal, en el fondo siempre fue un indigente. Ahora, por primera vez, el rostro inexpresivo de Lee Kang–sheng derrama lágrimas; como si Estragón, uno de los personajes de Samuel Beckett (escritor admirado por Tsai), hubiera al fin comprendido que Godot nunca va a llegar.
Pero mientras el pesimismo del gran dramaturgo irlandés persiste en el absurdo, Tsai Ming–liang, que cree en espíritus y reencarnación, ofrece una salida budista. El dato es importante para apreciar su cine y entender que la cámara estática, las largas secuencias, la ausencia de música y el mínimo diálogo imponen una visión espiritual del mundo.
Su obra es contemplativa, no en el sentido del ruso Tarkovsky que abre horizontes sutiles, sino porque integra la realidad misma, por fea que parezca, como panfleto de denuncia de la injusticia social y como revelación de la poesía espiritual. De ahí que la familia de Perros perdidos se lave en baños de supermercados o estaciones sin provocar sentimentalismo porque en el fondo vive libre de reglas; o que un pintor anónimo pinte murales en ruinas urbanas, y que Lee se extasíe frente a ellos.
El fortuito encuentro, en Taipei, de Tsai Ming–liang con Lee Kang–sheng, produjo una de las alianzas creativas más sensacionales de las últimas décadas de la cinematografía asiática.
En la manera lenta, de reflejos dilatados, del movimiento de su actor fetiche, el realizador descubrió la vocación de su cine: exponer la corporalidad de Lee al tiempo y al entorno. En un par de mediometrajes, Caminante y Viaje al Oeste (Journey to the West), Lee es un monje budista que se desplaza a la velocidad de un caracol de jardín en total contraste del ritmo frenético de Taipei y de Marsella.
La cinta se estrena en la Cineteca Nacional.








