Un encuentro fallido

A la memoria de Julio Scherer García

Era la primera visita formal de Enrique Peña Nieto (EPN) a Barack Obama. Cierto que hubo una anterior, cuando aquel ya era presidente electo. Sin embargo, ésta tenía otro significado. Era la ocasión para medir avances, identificar omisiones, fijar prioridades para los próximos dos años y, ante todo, transmitir empatía entre los dos presidentes de países vecinos fuertemente interconectados. Nada de eso se logró. A pesar de su importancia, el encuentro fue demasiado breve, mal transmitido, de escasos resultados visibles, con poca química entre los dos presidentes, pleno de incertidumbres sobre lo que depara el futuro.

Los motivos de esa situación son varios. El momento que atraviesa Obama es difícil; tiene enfrente dos años de pugnas con un Congreso dominado por los republicanos decididos a combatir todas sus iniciativas. A su vez, EPN se encuentra ante el derrumbe del “momento mexicano” sustituido por una era de crisis política y turbulencias económicas.

No obstante, algo interesante queda de esta visita. Por una parte, ofrece la posibilidad de especular sobre lo que se abordó en una hora de pláticas privadas, durante las cuales sólo un funcionario acompañó a cada uno de los presidentes. De otra parte, se entregaron tres documentos: los dos “mensajes” proporcionados por los presidentes y un comunicado publicado por la Oficina de la Presidencia mexicana. Aunque muy escuetos y vagos y pobremente redactados merecen, sin embargo, algunos comentarios.

Fue curioso que la plática privada se arreglara de tal manera que los acompañantes no fueron, como se hubiera esperado, los secretarios de Relaciones Exteriores, sino funcionarios de diferente rango y responsabilidades. EPN se hizo acompañar por el jefe de la Oficina de la Presidencia, Aurelio Nuño, especialista en ciencia política y administración pública. Obama estuvo acompañado por Susan Rice, consejera de Seguridad Nacional en la Casa Blanca, experta en relaciones internacionales y problemas de África.

La presencia de Rice sugiere que el aspecto de la seguridad en México interesa a la Casa Blanca aunque es difícil decidir qué aspectos de la misma llaman mayoritariamente la atención. La movilización de numerosas organizaciones civiles de derechos humanos en Estados Unidos, empeñadas en colocar sobre la mesa las violaciones que están ocurriendo en México, no puede pasar desapercibida. Es posible, sin embargo, que otros aspectos sean los más relevantes para ellos.

La estabilidad en México siempre ha interesado a los gobernantes estadunidenses. Lo que ocurre actualmente en amplias secciones del territorio mexicano en materia de violencia y gobernabilidad no les puede ser indiferente. Allí están, si no, las advertencias cada vez más explícitas a los turistas que visitan México publicadas por el Departamento de Estado. ¿Qué tipo de cooperación puede darse para hacer frente a los problemas de Guerrero, Michoacán, Tamaulipas? ¿Qué hay con la famosa Iniciativa Mérida? ¿Qué desea o acepta EPN? ¿Cuál era el interés prioritario de EPN al conversar con Obama? En los próximos meses quizá se vayan encontrando respuesta a esas preguntas.

El comunicado publicado sobre los resultados de la visita por la Oficina de la Presidencia revela la pobreza de lo obtenido hasta ahora. El famoso Diálogo de alto nivel para la cooperación económica, encabezado por el vicepresidente Biden, no tiene ninguna propuesta concreta. De mayor importancia son los resultados que se buscan en materia de cooperación educativa e innovación tecnológica. Aquí al menos hay datos que hablan de un número ligeramente mayor de estudiantes mexicanos en Estados Unidos y un nuevo enfoque que tiene que ver más con capacitar rápidamente en habilidades específicas que con obtener posgrados. Un esfuerzo interesante aunque todavía muy insuficiente. Estamos muy lejos de los programas de educación que llevan a cabo en Estados Unidos decenas de miles de nacionales de países asiáticos.

En materia de migración esta visita deja una mala impresión. Los titulares de periódicos estadunidenses destacaron el apoyo de EPN a Obama por su medida “audaz y de justicia” en materia migratoria, al permitir que millones de indocumentados mexicanos que residen allá puedan permanecer legalmente. No se tomó en cuenta, sin embargo, que la medida tiene serias limitaciones, como son que sólo se aplica a quienes llegaron antes de 2010 y que tiene un carácter temporal. ¿Qué pasará con quienes llegaron después de 2010 y en el futuro? Obama fue severo al referirse a la agresividad y firmeza con que se evitará cualquier cruce ilegal en los próximos tiempos.

El hecho más novedoso que se manifestó en esta reunión fue el lugar importante que tienen ahora en la agenda México-Estados Unidos los problemas de la frontera sur y la migración desde Centroamérica. México ha adquirido nuevas y más difíciles responsabilidades en evitar la llegada de centroamericanos a Estados Unidos. Semejante situación lleva a preguntarse, primero, ¿cuáles son las medidas eficientes que el gobierno mexicano puede tomar para cumplir con esa responsabilidad? y, segundo, ¿cuál es el apoyo que va a proporcionar Estados Unidos para hacer frente a los graves problemas sociales de Guatemala, Honduras y El Salvador sin cuya solución es imposible frenar la migración?

El rápido encuentro en Washington dejó muchas interrogantes y pocas pistas para conocer el trazo que va a seguir la relación los próximos años. El encuentro, quizá el último entre Obama y EPN, no pasará a la historia como un punto de transición. Por el contrario, deja la impresión que las relaciones se encuentran en uno de sus puntos más bajos por la debilidad de los mecanismos de comunicación y la opacidad de las prioridades que persiguen ambos gobiernos en sus relaciones mutuas.