Un reportero no debe deslumbrarse con nadie, sobre todo si el encuentro puede ser noticiable. Claro que se puede sentir, secretamente, la emoción por la noticia y, en algunos casos, el desprecio por el interlocutor, pero a fuerza de la multiplicidad de encuentros uno se vuelve insensible a quienes gozan de fama pública. El objetivo es contar lo que se dijo y se tuvo enfrente. La razón en el periodista debe prevalecer sobre la emoción del hombre.
El 19 de febrero de 2007, la emoción que ruboriza y el deslumbramiento que descoyunta la palabra, fueron inevitables. Cuando se decide ser reportero en México, desde hace ya varias generaciones, saber del Golpe a Excélsior, de Julio Scherer y de Proceso es conocimiento obligado, evocaciones que imagino como un triángulo de comprensión sobre la evolución del periodismo nacional y la búsqueda de libertad. Yo admiro ese triángulo.
¿Cómo no deslumbrarse? Hay lugares que por su historia se vuelven míticos y Fresas 13 era para mí uno de esos lugares. Fue mi paisano el extinto Antonio Jáquez (autor de la investigación que derivó en la célebre portada de “El hermano incómodo”) quien me condujo a la planta alta de las oficinas del semanario, con toda naturalidad, sin los protocolos que suelen dispensarse en ciertos medios a directivos y patrones.
De repente, me encontraba en Proceso frente a las firmas que construyeron su historia: el subdirector Salvador Corro (autor de un libro sobre La Quina). En sillas de visitante, estaban el director, Rafael Rodríguez Castañeda (autor de Prensa Vendida), y don Julio, su mirada peculiar, penetrante… los había leído.
Simple la presentación de Jáquez. Sólo dijo “Es el corresponsal en Coahuila”, y Scherer tendió su mano para inmediatamente comentar:
–Don Arturo, el de la mina.
No sé qué cosa habré alcanzado a balbucear. Se cumplía un año del siniestro en la mina Pasta de Conchos y la edición que empezaba a circular ese lunes llevaba dos textos de mi autoría. Así que ese gigante del periodismo, que había entrevistado dictadores, amigo de premios Nobel, reputado por un carisma de excepción, una leyenda viva, no sólo me había estrechado la mano, sino que notó mi firma.
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¿Qué puede decírsele a un hombre que se admira que él no haya escuchado? Señor, leí Los Presidentes. Don Julio, lo admiro. Quise ser periodista por usted… bah. Lugares comunes para Scherer, reproducidos inclusive ahora, cuando ha muerto.
Además, su respuesta era previsible: “No me chingue, usted es reportero de Proceso”. Cada ocasión que lo vi y escuché, tenía esa forma de dar relevancia al oficio y a Proceso, hacernos sentir como parte de una enormidad moral fundada en la libertad. Y así es.
El 6 de noviembre de 2007 la celebración anual por la fundación del semanario nos congregó en Fresas 13. Ahí fuimos, como siempre, los corresponsales, cargados de las cuitas por ser incómodos a caciques, gobernantes y cortesanos, viviendo como nunca una violencia brutal, reaprendiendo nuestras regiones ante el río de sangre que llegó con la guerra de Felipe Calderón.
Yo creo que ese día se permitió romper mi formalidad y debí aceptar una media hora de bromas que, hoy sé, no fueron brutales. Me dijo el oaxaqueño Pedro Matías cuando me vio desazonado, con el ego herido: “No estés triste, siéntete orgulloso de que don Julio ¡don Julio!, te dedicó todo ese tiempo”. Entonces no me hizo gracia.
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El 10 de enero de 2011 fue el día en que don Rafael fijó mi incorporación a la redacción central. Generosidad y fecha que no olvido. Vi a don Julio en la banqueta de Fresas 13.
–¿Cómo está, don Julio? –me le planté.
–Qué chingados le importa –respondió e intenté despedirme.
–Ahora yo le pregunto, ¿cómo está usted? –me detuvo.
–Bien, gracias, don Julio –dije muy serio.
–¡No me chingue! Usted debe responder “qué chingados le importa, don Julio”. Deme un abrazo –reímos.
Sólo una vez me llamó la atención –aunque con suavidad comparándolo con lo que se cuenta de sus regaños. Un error de precisión. En un reportaje sobre Felipe Calderón y la secta Casa sobre la Roca, cité un pasaje de su libro Historias de muerte y corrupción. Quise jugar con el tema y escribí que Calderón confesó un sueño a Scherer.
“No me confesó, me contó”, me espetó sin posibilidad de réplica. Tenía razón.
Con el tiempo sus visitas se espaciaron cada vez más. El año pasado me pidió que fuera en su representación a recibir la presea John Reed. No supe la razón, seguro había muchos más que podían representarlo mejor que yo, pero en cualquier caso, fue un honor.
Y sí, hasta ahora, en mi caso y a pesar de sus embates a mi admiración hacia él, es la única excepción: sigo deslumbrado, admirando su enormidad periodística, intelectual y humana que, estoy seguro, seguirá expandiéndose en generaciones incesantes de reporteros que creen en la libertad y el oficio.








