El 12 de agosto de 2008 por la noche, cuando nos retirábamos del departamento de fotografía, recibimos una llamada del subdirector Salvador Corro. Buscaba a nuestro coordinador, Marco Antonio Cruz, para que acompañara a don Julio a una entrevista; él mismo se lo había pedido directamente a Marco la víspera.
Mala suerte, pensé. Le dije a Salvador que Marco estaba de viaje y regresaba al día siguiente por la tarde. Y como yo atendí la llamada, me asignó la orden. Comencé a ponerme nervioso. Me tocaba ir con don Julio, quien siempre había sido amable conmigo. Siempre saludaba a todos con un fuerte apretón de manos al tiempo que pronunciaba el “mucho gusto”.
El día de la entrevista llegué temprano a Fresas 13. Don Julio llegó dos minutos después y sin más me dijo: “Don Octavio, nos vamos”. Me invitó a subir a su auto y partimos. Durante el trayecto inició una conversación en torno a la fotografía. Habló del impacto que le provocó la imagen del niño acechado por un buitre, tomada por Kevin Carter, que incluso ganó el premio Pulitzer. La imagen era fuertísima, me dijo.
Se preguntaba por qué el fotógrafo no había hecho nada por ayudar al menor. Pensaba que me estaba distrayendo mientras yo trataba de averiguar a dónde íbamos. No mencionó la entrevista y al final me comentó que iríamos al penal de Santa Martha Acatitla.
Cuando llegamos, los custodios nos condujeron a una sala. Ahí esperamos cerca de 15 minutos. Fue entonces cuando don Julio me dijo que veríamos a Sandra Ávila, La Reina del Pacífico. Luego me platicó que tenía meses visitándola con el fin de obtener información para el libro que estaba escribiendo.
Cuando entramos, la saludó con mucha amabilidad; ella le respondió de manera similar. Don Julio nos presentó. Le dijo que yo era el encargado de fotografiarla. Le pidió permiso para hacer una sesión de fotos para la portada del libro. Sandra aceptó. Don Julio se hizo a un lado y me comentó: “Aquí lo espero. Usted es el responsable de las fotos”.
Los custodios nos permitieron hacerle tres tomas. Pasaron tres minutos y mi nerviosismo crecía, pues supe entonces quién era el personaje que tenía enfrente y para qué se necesitaban las fotos. Terminé como pude y don Julio y yo nos despedimos de Sandra. Nos vinimos directo a Proceso. Él me pidió que le mostrara las fotos lo más pronto posible. Necesitaba enviarlas a la editorial.
Le prometí que estarían listas en 10 minutos.
“En cinco”, me espetó. Corrí al departamento de fotografía a editar las fotos. Y exactamente a los cinco minutos entró don Julio, acompañado de don Rafael Rodríguez Castañeda, director de la revista, y de Salvador Corro.
Don Julio miró con detenimiento las fotografías y volteó para preguntarme cuál le sugería para la portada del libro. Le sugerí una en la que Sandra Ávila estaba de perfil, mirando a través de una separación entre los muros del penal. Se volvió hacia don Rafael y Salvador y les comentó que esa foto servía para la portada.
Me pidió copiar las fotos en un disco y se despidió con una frase que me emocionó. Me dijo que la prioridad era Proceso.
Y así fue, en la edición del domingo siguiente la foto elegida para su libro apareció en la revista. Días después recibí un ejemplar de La Reina del Pacífico: es hora de contar, con una dedicatoria de agradecimiento.








