La visita de don Julio

El fallecimiento de don Julio Scherer García, el miércoles 7, no hizo sino confirmar que su trayectoria profesional y la vital forman un espléndido legado para las nuevas generaciones de periodistas. Muestra de ello es esta remembranza de su visita a la redacción de este suplemento en 2005, donde compartió con nosotros anécdotas y principios profesionales. Después selló sus palabras con un abrazo que aún perdura.

En la charla tan improvisada como cordial que la mesa de redacción de Proceso Jalisco tuvo con don Julio Scherer García el 29 de noviembre de 2005, se le preguntó a ese maestro de periodistas cuál había sido la mayor felicidad de su vida.

Creímos que respondería que alguno de sus grandes reportajes, como aquel sobre la hambruna en Bangladesh, la crónica de la Plaza Roja de Moscú con Lenin momificado en sus entrañas o bien la entrevista a Fidel Castro en la Sierra Maestra –muchos años después, incansable, se encontraría en alguna montaña de México con El Mayo Zambada, ilocalizable para la policía y el Ejército de dos países–, todos ellos hitos del periodismo mexicano e internacional.

Pero él, sin pensarlo mucho y con una sonrisa, respondió: “Cuando mi esposa Susana puso el picaporte a la puerta de la habitación la noche de bodas”.

En aquel encuentro, que se realizó gracias a que don Julio había recibido el doctorado Honoris Causa de la Universidad de Guadalajara, estuvieron presentes el director de Proceso, Rafael Rodríguez Castañeda, María Scherer Ibarra, Enrique Maza, Alejandro Caballero y Raúl H. Mora.

La sencillez, la cordialidad y la intuición periodística eran virtudes de don Julio que sólo podían equipararse con el amor a su familia. Por eso, en la plática se mezclaban el trabajo y la vida personal.

Contó, por ejemplo, que uno de sus hijos le preguntó sobre la existencia de Dios, el periodista le replicó que si existe, no hay de qué preocuparse, pero que si no existe, tampoco. Vino la ine­vitable pregunta:

–¿Le tiene miedo a algo? ¿Presiones, amenazas?

–Duermo tranquilo… –comentó, y añadió tras unos segundos: –He intentado perderle el miedo a la muerte. Ojalá cuando muera vaya al cielo a conocer a Dios, y si no sucede porque no existe, pues ya ni modo.

Durante la reunión, que se prolongó más de una hora, don Julio atendió las preguntas e inquietudes del personal de este suplemento. Dijo, por ejemplo que para ser buen reportero, buen periodista, antes que nada hay que ser buena persona.

Habló de la forma de superar el temor ante los riesgos propios del oficio: “Con el paso del tiempo y el ejercicio profesional, los reporteros se convierten en seres immunes”, lo que permite superar amenazas y vivir tranquilos con el trabajo.

Sobre el doctorado Honoris Causa otorgado por la UdeG, expresó que a veces tales reconocimientos tienen que aceptarse por cortesía hacia la familia y los seres queridos, pero no parecía del todo convencido con la distinción.

Como el resto de los trabajadores de Proceso, los presentes sabíamos que Scherer García no buscaba el protagonismo y rehuía los premios, por lo que preguntamos cómo lo convencieron de aceptar el título honorífico. Sencillamente, respondió, su amigo Tonatiuh Bravo Padilla le suplicó que lo aceptara y él no pudo negarse.

Y continuaron los comentarios, que tomamos como lecciones. Por ejemplo, mencionó que cuando se reciben filtraciones, se tiene que analizar la información, procesarla y sustentarla antes de su publicación. Recomendó, sobre todo, investigar también a la fuente de la filtración para ofrecer al lector esa otra parte de la historia.

Añadió que el periodismo de investigación debe basarse en la búsqueda de los datos e historias escondidas en las esferas del poder, para lo cual es necesario descender a los sótanos o cloacas de la política para sacar de entre la inmundicia “la perla negra” informativa que ayude a entender los acontecimientos que afectan a la sociedad.

En su afán de perseguir los datos, don Julio solía traspasar los límites convencionales. Con buen humor, relató que en la entrevista con Octavio Paz no se apegó al guion supervisado por la esposa del premio Nobel, Marie José, y cuestionó directamente:

–Octavio, ¿alguna vez has fumado mariguana?

–Sí, lo he hecho.

De inmediato, el poeta recapacitó y le pidió abstenerse de publicarlo, “porque si no, mi mujer me va a matar”.

Al terminar el encuentro, don Julio pidió que reporteros y colaboradores de Proceso Jalisco pusieran más fuerza y profundidad en su trabajo. Recalcó que nuestra labor informativa debe ser libre siempre.

Antes de irse, a cada uno le dio un apretón de manos y un fuerte abrazo, como acostumbraba.

Sin concesiones

Desde que tenía 21 años, el rector de la Universidad de Guadalajara, Tonatiuh Bravo Padilla, se considera amigo íntimo de Julio Scherer García. Con motivo de su fallecimiento, el miércoles 7, lo evoca con gratitud:

“Tenía unos ojos de águila. Cuando Julio te veía a los ojos parecía que te traspasaba. Dirían los jóvenes de hoy que te escaneaba. Era una mirada muy penetrante, muy concentrada. Él tenía la gran cualidad del analista, crítico implacable con lo que veía. Una de sus frases, con las que caracterizó a Proceso, es que él creía que el periodismo para ser tal tenía que ser un periodismo sin concesiones. Y nunca confundió la amistad con la concesión.”

Bravo Padilla menciona que don Julio marcó un antes y un después en la forma de hacer el periodismo en México, primero como director del diario Excélsior y luego en el semanario Proceso.

“El periodismo en el país era un periodismo de Estado. El gobierno tenía un control casi absoluto a través de la venta del papel, mediante la mecánica de negociación económica con los medios, con la relación que se entablaba y con la entrega de recursos a los periodistas, conocida popularmente como el chayote.

“En ese medio, en el cual prácticamente había un monopolio y el gobierno federal, en muchos casos, dictaba las notas o las ocho columnas que aparecerían al día siguiente, Julio Scherer aparece con su acción. Y después de muchos años de voluntad inquebrantable, el periodismo empieza a cambiar. No ha cambiado del todo, pero sí te puedo decir que el artífice de la transición es precisamente Julio Scherer.”

Relata que el periodista aceptó el doctorado Honoris Causa que le otorgó la Universidad de Guadalajara en 2005, pese a su conocido rechazo a cualquier reconocimiento, porque él lo convenció.

Recuerda que durante esa ceremonia, realizada en el Paraninfo de la casa de estudios, don Julio no llevó un discurso de agradecimiento, sino que, después de un breve saludo al presídium y al público, leyó un borrador del libro que estaba escribiendo:

“Lo único que me dijo es que él no podía hacer un discurso en su intervención, que podía leer el avance de un libro que publicaría meses después, pero lo que tenía en borrador. Yo le dije que precisamente por eso era el doctorado Honoris Causa: se le estaba entregando a un periodista y su discurso podía ser su misma obra. Y así fue.”

El rector anuncia que la UdeG realizará un homenaje al periodista, particularmente en los tres centros universitarios que imparten las carreras de periodismo y comunicación. Entre tanto, expone un balance de lo que representa para él la figura de Scherer García:

“Yo lo quería muchísimo y me siento muy consternado de que la causa de la libertad de prensa haya perdido a su mejor exponente, o uno de sus mejores exponentes en el siglo XX: el periodista más completo, más entero y que supo defender de una manera escrupulosa la lealtad, la honestidad, la verdad periodística.

“Fue un gran diseccionador del poder y de la libertad de prensa, y como ningún otro maestro supo exponer con frases muy vivas la relación que implicaban la política y el periodismo, una relación imprescindible y necesaria, pero que debe guardar una distancia para que no se pierda la objetividad. El país ha perdido un gran mexicano, sin el cual no podría comprenderse el actual estado de la libertad de expresión y de la libertad de prensa”. l