La islamofobia gana las calles

Con la consigna de “somos el pueblo”, un movimiento contra la política de refugio a personas de países árabes se expande en Alemania. No lo integran sólo neonazis o extremistas de derecha, sino también ciudadanos moderados que temen un “aumento de la delincuencia”. Eran cientos hace apenas un par de meses, ahora son miles y se manifiestan en calles y plazas. Alemania está pagando “la ausencia de una política migratoria y de integración clara y efectiva”, advierte el especialista Werner Patzelt.

Dresden, Alemania.- El grito multitudinario de 15 mil almas retumba entre un mar de banderas alemanas: ¡Wir sind das volk!, ¡Wir sind das volk! (¡Somos el pueblo!, ¡somos el pueblo!).

Es la misma consigna que en 1989 enarboló el movimiento ciudadano que pedía la apertura de un sistema cerrado: el comunista de Alemania Oriental.

Pero hoy, 25 años después, quien lo ha hecho suyo es un grupo de ciudadanos alemanes por demás heterogéneo: los autodenominados Europeos Patriotas contra la Islamización de Occidente (PEGIDA, por sus siglas en alemán).

Se trata de una rara mezcla de neonazis con extremistas de derecha, pero también con ciudadanos “de a pie”. Estos últimos no comparten los pensamientos ultras de aquéllos, pero se les han unido en un movimiento que parece crecer sin control y que ya ha prendido los focos rojos en las altas esferas del gobierno alemán.

Estos “patriotas europeos” dicen sentirse extranjeros en su propia tierra y amenazados por la presencia de extremistas islámicos, así como de asilados provenientes de Medio Oriente, quienes –aseveran– ponen en riesgo el futuro y bienestar social de las futuras generaciones alemanas.

Desde el pasado octubre los organizadores y líderes de PEGIDA convocan lunes tras lunes a manifestaciones que tienen lugar en el centro de la ciudad de Dresden, capital del estado de Sajonia, en el este alemán. El número de participantes pasó en pocas semanas de escasas 300 personas a 20 mil durante la marcha realizada el lunes 22, y sus seguidores ya organizan marchas en Hamburgo, Leipzig, Düsseldorf y Colonia, entre otras ciudades.

Temores

Ni el frío invernal de tres grados centígrados que priva en la ciudad ni la tranquilidad de los días de Adviento –cuando la mayoría de los alemanes aprovecha para visitar en familia los tradicionales mercados de Navidad o para realizar las compras previas a las Pascuas– evitan que la gente salga a manifestarse.

Los reportes de la policía advierten que el lunes 15 hubo 15 mil manifestantes de PEGIDA en la calle, 5 mil más que el lunes pasado. La cifra contrasta con los 6 mil alemanes que, en otro punto de la ciudad, también se han concentrado para realizar una contramanifestación.

La diversidad de los participantes es notoria. Hay hombres con atuendos negros, corpulentos, tatuados y con cabezas rapadas que responden al prototipo del neonazi, también hay personas con apariencia de jubilados, amas de casa, oficinistas, estudiantes e incluso familias con niños que, sin importar que se les vincule con los primeros, llegan hasta la plaza de la Lingnerallee. Pacientes, en orden, sin grandes aspavientos, aguantan las más de dos horas que dura la manifestación.

Ahí están los Martini, padre e hija. “El apellido pareciera italiano, pero no, nada que ver. Soy auténtico alemán”, aclara a Proceso el hombre que ronda los 50 años. La hija, con pinta de estudiante universitaria, explica su presencia esta tarde: “No somos ni nazis ni extremistas de derecha y tampoco estamos en contra de los extranjeros. En contra de lo que sí estamos es de la mala política que ha tenido el gobierno alemán con el tema de los asilados, que sólo fomenta una situación llena de errores”, dice.

El padre entonces intenta ejemplificar: “Los refugiados son bien recibidos. Pero debe ser igual que cuando tú invitas a alguien a tu casa: preparas todo para que tu visita se sienta bien, pero la visita debe aceptar lo que tú le has preparado de comer, de beber y todo lo que has preparado en tu casa para ella. Y no se trata de que venga a decirte cómo debes recibirla”.

Los Kermer, una pareja que también ronda los 50 años, participa por primera vez en la manifestación de PEGIDA. Como a muchos, la curiosidad los ha traído esta noche, pero también la clara convicción de que una gran cantidad de extranjeros en este país abusa de las ayudas sociales y además “se trata de verdaderos criminales”.

“De este lado del país hay muchos inmigrantes y refugiados del norte de África. De Túnez, por ejemplo, aunque también hay muchos de Europa del Este, Hungría y Rumania, y es gente cuyas vidas no peligran en sus países, pero vienen acá a abusar de los apoyos sociales del gobierno alemán y además a cometer crímenes. Todos son unos criminales. A ésos tienen que expulsarlos de inmediato”, argumenta colérico el señor Kermer.

–¿Tan grave es el asunto? –se le pregunta.

–Sí, sólo vienen a cometer crímenes –responde sin dudar.

–¿Ustedes han sido víctimas de algún delito cometido por un extranjero?

–No –acepta tras segundos de silencio.

–Pero yo sí he oído de alguien en mi oficina a quien eso le pasó –se apresura en contestar la señora Kermer.

Políticamente incorrectos

Los números más recientes de la inmigración alemana refieren que, en Sajonia, donde se ha concentrado el movimiento PEGIDA, sólo 2.5% de sus habitantes son extranjeros y los musulmanes corresponden sólo a 0.1%.

Según datos oficiales, se estima que en Alemania –con una población de poco más de 80 millones de habitantes– viven aproximadamente 4.5 millones de musulmanes. De este modo, para muchos medios alemanes la preocupación de los teutones no sólo es infundada, sino exagerada y con peligrosos tintes de xenofobia y racismo.

Esa postura, que ha sido prácticamente unánime en la prensa alemana, generó un radical distanciamiento e incluso desprecio de los manifestantes hacia los medios de comunicación de este país. A la par de la consigna ¡Wir sind das volk! retumba cada vez con más fuerza aquélla que reza ¡Lügenpresse, halt die fresse! (¡Prensa mentirosa, cállate!).

En su página de Facebook, que hasta el cierre de esta edición ya rebasaba los 70 mil seguidores, los PEGIDA dejan claro quiénes son y lo que piden: “Queremos que todos los niños puedan crecer en una Alemania y Europa en paz y con bienestar. No somos políticamente correctos. No nos doblegamos ante los medios de comunicación y tampoco ante los ‘buenos hombres’. Lo que hacemos es usar nuestro derecho constitucional a expresar libremente nuestra opinión”.

En un documento de 19 puntos delinean su posición. Por ejemplo, se declaran a favor de acoger a refugiados de guerra y perseguidos políticos y por motivos religiosos, bajo los principios básicos de la ley alemana, que de momento sólo considera el derecho al asilo. También exigen que haya una distribución pareja de la responsabilidad que se tiene con los refugiados entre todos los miembros de la Unión Europea y, junto con ello, que se reduzca la cantidad de asilados que recibe Alemania, toda vez que, afirman, su capacidad se encuentra desbordada.

Pero junto a posturas de este tipo, también se encuentran otras que generan polémica: “PEGIDA está a favor de una política de cero tolerancia contra refugiados y migrantes que cometan delitos; PEGIDA está a favor de conservar y proteger nuestra cultura occidental cristiano-judaica; y PEGIDA está en contra de la formación de sociedades y leyes paralelas, como la policía sharia (que vela por el cumplimiento estricto del islam) o los jueces de paz”.

El crecimiento del movimiento obligó ya a la canciller Angela Merkel a expresarse al respecto. “En Alemania gozamos de libertad de manifestación, pero aquí no hay cabida para difamar y calumniar a la gente que viene de otros países”, dijo, y previno a todos aquellos que participan en las manifestaciones de no dejarse manipular por los organizadores del movimiento. Lutz Bachmann, el principal de ellos, ha sido señalado por la prensa alemana de contar con antecedentes criminales.

“El éxito y la alta convocatoria de un movimiento como PEGIDA responde al hecho de que sus organizadores han tocado un punto muy sensible dentro del pueblo alemán y es que Alemania, como país de inmigrantes, que además así quiere serlo, carece de una verdadera, clara y efectiva política migratoria y de integración. El gobierno alemán ha apostado a la buena voluntad de su sociedad pero nunca se ha preguntado qué tipo de migración debe tener, su cantidad y a qué costo debe asumirla”, explica a Proceso Werner Patzelt, politólogo e investigador de la Universidad Técnica de Dresden.

Desde su punto de vista, muchos de los seguidores del movimiento oscilan políticamente entre el centro y la derecha. “Eso –aclara– no significa que se trate de extremistas de derecha, como tampoco significa que una persona que se inclina a la izquierda sea extremista de izquierda”.

De acuerdo con datos de Patzelt, en Dresden la policía tiene ubicados en el ambiente de la extrema derecha a entre 400 y 500 personas. “Si eso lo ubicamos en un universo de mil personas, podemos decir que es demasiado. Pero si lo vemos en una manifestación de 15 mil personas, podemos decir que es una participación relativamente pequeña”, señala.

–¿Hablamos de miedo, ignorancia o abiertamente de xenofobia? –se le inquiere.

–Lo que a los PEGIDA les preocupa son las consecuencias que una migración no regulada y acompañada de una política de integración poco clara pueda tener en la sociedad alemana y que, con el paso del tiempo, tenga un resultado que a nadie le guste.

Patzelt puntualiza que tales preocupaciones recalan más profundamente en los estados federados que antiguamente formaron parte de la Alemania Oriental porque ahí la experiencia con la inmigración es menor. “Pero lo cierto es que muchos ciudadanos no quieren más explicaciones, sino sentir que se respetan sus intereses”, señala.

El pronóstico del politólogo apunta a que, en caso de que la clase política alemana reduzca el movimiento a un grupo de radicales de derecha y xenófobos, éste puede crecer y tomar justamente los tintes que no se desean.

Más aún, considera que PEGIDA también demuestra que el entendimiento y comunicación entre la clase política y un sector de la población está dañado. “También nos ayuda a entender el porqué de los niveles bajos de votación de los últimos años: pocos ciudadanos se sienten representados por los partidos políticos. Pero de ahí a preocuparse por una revolución de radicales de derecha, eso no”, concluye.