“Peña se tiene que ir”

Señor director:

Tengo 65 años, y jamás me había sentido tan “políticamente” angustiado como ahora. Quizá sea la edad misma, pero después de haber vivido el 68 y el 71; las crisis político-económicas de los 80 y las del inolvidable bienio 94-95, así como la ineptitud de dos consecutivos gobiernos panistas con el “cambio” de régimen, creo que la coyuntura actual no tiene parangón.

Y no me refiero a Tlatlaya y Ayotzinapa, a pesar de la enorme responsabilidad por omisión, en el segundo caso, de dos dependencias del Ejecutivo Federal, la PGR y el Ejército, no atendiendo, la una, las denuncias que se le hicieron desde mucho antes de la tragedia y absteniéndose de entrar en acción, el otro, a pesar de que los hechos ocurrieron prácticamente en sus narices.

Me refiero a asuntos más mundanos pero igualmente graves: el contubernio –aquí sí de Peña y su delfín Videgaray– con el Grupo Higa. Resulta más difícil ver en esto un conflicto entre los intereses del Estado y los gobernantes que una perfecta armonía de dichos intereses entre Peña-Videgaray y Juan Armando Hinojosa.

Peña omitió en su declaración patrimonial declarar los bienes de su esposa, habiendo estado obligado a manifestarlos, como bien apuntó la experta en materia de información Jacqueline Peschard (¿Declaración patrimonial completa? / El Universal, 24 de noviembre de 2014), violando con ello la Ley de Responsabilidades de los Servidores Públicos y haciéndose candidato a ser destituido. El fuero lo protege únicamente contra actos de gobierno, no contra los de corrupción.

Videgaray dice que firmó con Hinojosa antes de asumir cargo alguno, lo que lo libera, añade, de cualquier conflicto de intereses. Bajo esta óptica, bien podría haber signado la víspera misma de la toma de posesión de Peña y nadie tendría por qué objetarle nada, lo que resulta, por decir lo menos, ingenuo y ofensivo a nuestra inteligencia.

Y no, no es que Peña deba ser destituido, simplemente se tiene que ir. Que renuncie, pues. No importa que nos pongan a alguien tan nefasto como Manlio o cualquier otro que tuviera que sustituirlo. Ese sería el auténtico y genuino golpe de timón que tanto hemos añorado, lo cual sentaría un saludabilísimo precedente, único en la historia contemporánea del país.

No basta con que Peña ofrezca disculpas, como sugiere Enrique Krauze en el International New York Times (What Mexico´s Presidente Must Do, 11 de diciembre de 2014), ni con soluciones que proponen “analistas” a todo. ¡Que renuncie!, y la lección quedaría aprendida.

¡Que renuncie Peña! No importa que el choque inicial sea traumático y no exento de turbulencias políticas, económicas y sociales, ya que al poco tiempo el mundo estaría reconociendo el renacer de un auténtico y real Momento Mexicano, así, con mayúsculas.

Y todo esto no es una quimera: depende de la voluntad de un solo hombre. (Carta resumida.)

Atentamente

Raúl Gutiérrez y Montero