De José Asunción Luna Ortiz

Señor director:

Le solicito publicar en Palabra de Lector la presente carta:

Acerca de los textos aparecidos en Proceso­1988 sobre el “boicot electoral”, opinamos que si con la insurrección de hoy el pueblo logra derribar del poder a Peña Nieto y a su camarilla de gobernantes corruptos, ello será un acto revolucionario nunca visto en México. Si junto a esto el proletariado y los demás trabajadores, como clase explotada, toman en sus manos el poder político del Estado y convierten, en primer lugar, los medios de producción (minas, pozos petroleros, transporte aéreo y terrestre, bancos, televisoras, etcétera) en propiedad del nuevo Estado, que en esencia sería la dictadura del proletariado, entonces sí tendríamos una verdadera revolución liberadora, porque sólo así se destruiría la sanguinaria dictadura capitalista y liquidaríamos a la clase burguesa. Con el poder político y los medios de producción en manos del proletariado y sus aliados podemos avanzar en la creación de un nuevo modo de producción sin clases explotadas para bien de toda la sociedad.

En la controversia que mantiene con Martí Batres, el articulista Javier Sicilia propone cambiar el Estado y especifica: “Mi llamado, por lo tanto, es a eso: a un boicot electoral, acompañado de exigencias de reforma que nadie cumplirá y, en consecuencia, a la creación de un comité de salvación nacional que convoque a (y organice) un nuevo Constituyente…”.

Como Javier Sicilia no plantea la necesidad de destruir el sistema de opresión burgués, tampoco lograríamos el mejoramiento de la sociedad porque sus propuestas equivalen a cambiar sólo de amos en México, ya que seguiría manteniéndose el cruel sistema capitalista que hoy repudia el pueblo; continuaríamos sufriendo explotación, muerte e inseguridad, y no tendríamos ningún bienestar social.

En este momento, en que existe un repudio contra el Estado y su régimen, no es aconsejable la lucha electoral como lo proponen la clase gobernante, sus partidos y Martí Batres con Morena –organización experredista y socialdemócrata–, porque únicamente pretenden seguir afianzando el actual sistema de hambre, muerte y desaparecidos, es decir, más bien se unen al juego político de la burguesía para participar de los beneficios que ésta les ofrece.

En cuanto a las críticas que hace Javier Sicilia a Martí Batres y a Morena, recordamos que Andrés Manuel López Obrador, cuando gobernó el Distrito Federal, formuló iniciativas de ley que le fueron aprobadas, leyes represivas que hoy se siguen aplicando, sin fundamento, a jóvenes luchadores y a presos políticos en la Ciudad de México.

A Martí Batres, representante de Morena, y a los demás grupos electoreros, sólo les recordamos lo que Federico Engels expresó con mucha precisión: “El sufragio universal es un instrumento de dominación de la burguesía”.

Es tiempo ya de que los obreros, los campesinos, los estudiantes y todos los oprimidos de México despertemos y nos unamos en un movimiento único para impulsar el triunfo de los explotados contra los explotadores, utilizando todos los medios legales e ilegales, sin hacer caso a los llamados de los reformistas y electoreros que quieren desviar el actual proceso revolucionario del pueblo.

Por lo tanto, participar en el proceso electoral, como proponen la burguesía y su sanguinario gobierno, es seguir sosteniendo el mismo yugo capitalista y traicionar al pueblo.

¡Para acabar con todas las calamidades que provoca el capitalismo, el único camino es el socialismo!

¡Proletarios de México y del mundo, uníos!

Atentamente

José Asunción Luna Ortiz

Respuesta de Javier Sicilia

Señor director:

R

espondo a cada uno de los remitentes de las cartas que anteceden:

Tiene usted razón, querido Martí Batres, en no creerme si el asunto que discutimos fuera un asunto de fe y no de evidencias concretas. Yo, al menos, no estoy polemizando con usted y otros en ese territorio. La filosofía y la vida política no se mueven en esas coordenadas.

En este sentido, cuando llamo al boicot electoral, a la creación de un comité de salvación nacional y de un nuevo Constituyente, no lo hago porque no crea en ustedes –la evidencia de su existencia y de su argumentación me es tan real y concreta como la computadora en la que escribo–, sino porque la crisis del Estado y de las partidocracias; la crisis civilizatoria, igual de real y concreta como los más de cien mil asesinados, los más de 30 mil desaparecidos, los más de 500 mil desplazados y las movilizaciones, protestas y hartazgos de la ciudadanía, hablan del fracaso de ese modelo político. Ningún partido, en esas condiciones de pudrimiento estructural, puede hacer otra cosa que reproducirlo. Ya lo vimos con el PRD.

Usted, sin embargo, parece pensar religiosa y maniqueamente la política y reducirla a bandos de buenos y malos, lo cual espanta, no sólo porque deriva en teocracias y totalitarismos, sino porque proyecta sobre otros formas de pensamiento que no les pertenecen. Así, en su carta me atribuye conceptos maniqueos que jamás he usado en esta polémica. Nunca he dicho que “todos los partidos estén condenados a la putrefacción mientras las personalidades de la sociedad civil están destinadas a la pureza y a la salvación”. He dicho y mostrado que, en las condiciones de pudrimiento de las estructuras del Estado, los partidos no harán más que reproducirlas y que, por lo tanto, es necesario refundar a la nación mediante un pacto que nazca de los ciudadanos –es el tema de la democracia, no de la pureza ni de la salvación religiosa– y no de los partidos. Ustedes, en cambio, no han dejado de repetir que en Morena son buenos; el único partido puro, el único que es diferente a “la mafia en el poder”, el único que tiene la verdad, el único que en su concretud –no en su diversidad– tiene la llave para cambiar al país, son ustedes.

Esa manera religiosa de pensar la política y de interpretarme le hace atribuirme otras tantas cosas que no están ni en mis palabras ni en mi reflexión ni en mis propuestas. ¿De dónde, querido Martí Batres, si no es de ella, saca que pienso “que el destino de las personas es la corrupción” y que, por lo mismo, asumo “una posición nihilista que, al igual que el boicot electoral, sólo beneficia al sistema”, y que ese razonamiento, “el razonamiento que (yo enarbolo): ‘todo está corrompido, todos son iguales’, lleva a la conclusión de que no hay nada que hacer más que resignarse?”.

Por Dios, Martí Batres. Si eso fuera cierto no llamaría a un boicot electoral, ni propondría ni estaría trabajando en la creación de un comité de salvación nacional ni en la búsqueda de un nuevo Constituyente, ni estaría discutiendo con usted. La diferencia entre usted y yo es que usted, como hombre de partido, es decir, de sistema –porque su partido es fruto del sistema, a menos que su pensamiento religioso crea que, como las de Dios, es una creación ex nihilo–, tiene expectativas. En otras palabras, cree que, junto con Morena, puede controlar el futuro.

Yo, en cambio, y a diferencia de lo que me atribuye, soy un hombre de esperanza, es decir, estoy abierto a una sorpresa inesperada y grata que se anuncia en lo nuevo que viene, como en toda crisis civilizatoria, de las márgenes, de la imaginación y del hartazgo. Nuestra diferencia radica también en que usted no quiere reflexionar, sino perorar. Su discurso no es el del análisis político, sino el del panfleto y el mitin. Confunde el espacio de una revista de análisis político con un templete de Morena.

Esa manera religiosa de pensar lo hace hablar, por lo tanto, desde una fe, que no es siquiera en Morena, sino en Andrés Manuel. Para usted, parece, Andrés Manuel es Dios, es Morena misma. Nada, por lo que dice, existe fuera de él. Es, por lo que dice también, incorruptible (por cierto, otras de sus tergiversaciones: nunca dije que “Andrés Manuel se corromperá”; lo admiro, lo respeto y, al igual que usted, lo considero moralmente inquebrantable, pero estrecho políticamente; he hablado del Estado y de partidos, en particular de Morena, porque la discusión es con usted, Martí Batres) y único: “enfrentó –dice usted– solitario al PRI en Tabasco”, etcétera. ¿No había nadie a su lado? ¿Las movilizaciones y la resistencia civil las hizo solito, se las sacó de la nada; no existían antecedentes históricos, no estaba a su lado Rafael Landerreche? ¿La gente golpeada, la que fue a la cárcel por esas luchas, los que las defendimos, cuando aún no nos dábamos cuenta del fracaso del Estado y de la “ilusión democrática”, desde nuestras trincheras periodísticas, no existimos? ¿Para usted, la lucha de la izquierda se reduce a él? ¿No existen Heberto Castillo, Cuauhtémoc Cárdenas, Ifigenia Martínez, Adolfo Gilly, Genaro Vázquez, Lucio Cabañas, el Subcomandante Marcos, el Subcomandante Moisés, los zapatistas, el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, el Yo Soy 132, los padres de los desparecidos de Ayotzinapa, la lucha de los normalistas y de los jóvenes que se han volcado a las calles a gritar “Fue el Estado”, “Que se vayan todos”; no existen usted mismo y tantos y tantos otros?”.

Tal vez no. Cuando no se cree en Dios, pero no se puede prescindir de la fe, la gente se arrodilla ante cualquier ser que promete la salvación. Es el signo de los pensamientos religiosos. Esos pensamientos repudian la interlocución –usted me la reprocha; no soporta que alguien pueda dialogar con todos, a pesar de que los deteste– y anuncian la continuación de cosas terribles.

Después de escucharlo, querido Martí Batres –el dogmatismo de su fe, que se parece a la de todos los partidos que creen en los tlatoanis, al fin y al cabo es parte de la cultura priista que permeó el sistema del que Morena viene y en el que va a participar–, confirmo que hay que ir al boicot electoral, a crear un comité de salvación nacional y a llamar a un nuevo Constituyente, es decir, a devolverle su libertad y su capacidad de hacer la paz a la gente.

u u u

Queridos Santiago Cardoso y Roberto Ochoa:

Agradezco mucho sus palabras. Ustedes, desde diferentes perspectivas, han visto y han aportado luces a la necesidad del boicot electoral.

En lo único que no concuerdo con Santiago Cardoso es en el voto en blanco. El voto en blanco –al que, junto con otros, llamé en las elecciones de 2012–, hoy significa la legitimación de las urnas, de sus partidocracias y del crimen. Las urnas del 2015 estarán, como lo están los partidos, llenas de sangre y meter en ellas un voto en blanco es –lo dije en mis anteriores respuestas– avalarlas. En la España de Pérez-Reverte, en donde todavía hay franjas sanas en el Estado, puede funcionar. En el nuestro, donde su pudrimiento es casi absoluto, es sostener y darle carta de naturalización al crimen. Creer en el voto en blanco es, de alguna forma, creer que las instituciones del Estado tienen alguna legitimidad.

A lo que ahora estamos llamando es, como dice Roberto Ochoa, a repudiarlas, es decir, a no votar y, para quienes tengan un espíritu de resistencia más directo, a asistir a ellas para, mediante buenas palabras o pancartas, intentar disuadir a la gente de que se abstenga de hacerlo, porque las urnas –retomo a Roberto Ochoa–  “son la manera más eficiente que, en las últimas décadas, ha encontrado esa casta (la política) para reproducirse y seguir expoliando a la nación”. Votar en blanco sería darles legitimidad.

u u u

Querido Marco Antonio Morquecho:

Nadie aquí ha dicho que la solución sea fácil, por eso estamos polemizando. Es evidente, sin embargo, que no ha leído con atención ni los argumentos que he dado a lo largo de cinco semanas, ni mis artículos, o, si lo ha hecho, lo ha hecho sin atención. Es triste ser un mal lector.

Usted es de los que no puede concebir que pueda existir otro pacto y otra relación política y social que no sea la del Estado que nació de Hobbes y de la Ilustración, y no puede concebir, por lo mismo, otra noción de democracia que no sea la del voto y la representación de los partidos. Esa fe, que en sí misma es hija de la soberbia y de la apatía que tanto critica –de la soberbia, porque cree que esa es la única verdad, de la apatía porque le impide pensar fuera de lo que le han enseñado en la escuela–, no le deja ver que esa forma del Estado –una construcción histórica que como toda construcción histórica está destinada a desaparecer o a mutar– llegó a su fin en México y hay que refundar. Cosa difícil y arriesgada. Pero en las condiciones en las que estamos, necesaria.

Si los partidos, como usted pretende, fueran verdaderos representantes del pueblo, usted tendría razón en defender las urnas y acusarme de iluso. Por desgracia, eso, en México, no existe: la inseguridad, la complicidad con el crimen, la impunidad, la corrupción, la injustica son el sino del Estado y de los partidos. Los muertos y los desaparecidos se nos acumulan por todas partes como la atroz evidencia de su fracaso.

Ese hecho, fruto de la larga corrupción del Estado y de los partidos, es el motivo de que una buena parte de los ciudadanos no vayan a votar. Su gesto, lejos de ser lo que usted, que repite lecciones escolares, cree, es en realidad una protesta y una manera de decir: “ustedes nunca nos han representado; lo que ustedes llaman derecho, obligación y privilegio es sólo una simulación que los convalida para la rapiña y el uso indiscriminado de los bienes que nos pertenecen”.

Esa es la realidad, señor Morquecho, no sus lecciones aprendidas en la escuela. Iván Illich tenía razón cuando dijo que la escuela embrutece. Yo, a diferencia suya, busco una alternativa frente el fracaso del Estado. No por gusto. El Estado, los partidos y las urnas que usted defiende –que yo también defendí cuando creí en la ilusión que usted se empeña en profesar, dejé de hacerlo en las elecciones de 2006– hicieron posible, en su profunda corrupción, que asesinaran a mi hijo y a seis de sus amigos; que desaparecieran a 43 muchachos en Iguala, que haya más de 160 mil asesinados, más de 30 mil desaparecidos, a los que el Estado finge buscar, ha hecho que haya el 95% de impunidad, un manera de alentar el crimen y de ser connivente con él; ha hecho que la gente viva en la indefensión y el miedo, y millones de ciudadanos en la miseria.

La única forma de empezar a evitar que eso continúe es dándole la espalda a las urnas y buscando refundar a la nación que significa un nuevo pacto y una nueva constitución. Pero de eso he abundado y argumentado ya demasiado, y sería inútil repetir.

Le aconsejo, señor Morquecho, leer con atención. Hacerlo es  pensar. Si lo logra sabrá algún día que su fe acrítica en el voto, al que reduce la condición ciudadana, es el verdadero cuento de hadas. Mientras usted se deleita con él, quienes lo escriben roban, corrompen, despojan, se adueñan de la vida y le dan carta de naturalización al crimen.

u u u

Querido Asunción Luna:

A usted, como a Martí Batres, pero en otro sentido, lo ciega el velo ideológico. “Analiza” la realidad del país desde una fe. Coincidimos en que hay que sabotear la elección. Hagámoslo. Pero no en que hay que destruir a la burguesía y esos cuentos cuyas consecuencias conocemos y son parte del fracaso del Estado. El comunismo o el socialismo –no logro distinguir en usted uno de otro–, como el fascismo o el militarismo, son variantes del Estado que nació de la Ilustración y que, desde mi análisis, después de los fracasos de esas variantes, entró en una crisis terminal. Marx, a diferencia de lo que usted cree, no hizo la crítica del capitalismo. Simplemente intentó domesticarlo. Él creía en los mismos dogmas del capitalismo, sólo que manejados, como usted quiere, por el proletariado. Pero Marx olvidó que el capital carece de moral. Por ello Lenin y los bolcheviques intentaron domarlo de manera autoritaria. El resultado ya lo conocemos.

Ahora nos encontramos delante a una nueva realidad histórica que exige un análisis desde otros paradigmas –los pueblos indios que han emergido y reivindican sus derechos no son proletarios ni burgueses, son indios campesinos– y, en consecuencia, la creación de una forma distinta de gobernarnos.

En este sentido, cuando me he referido en esta polémica a un nuevo constituyente que surja de un comité de salvación nacional, y cuya estrategia primera sea el boicot a las elecciones de 2015, me refiero a la creación de ese algo nuevo, de un mundo donde la economía moderna, que es connatural a todas las formas del Estado moderno, esté limitada y permita un mundo donde quepan muchos mundos. Algo nuevo, distinto, pero que emerja de lo mejor del pasado. Me parece que los nuevos movimientos sociales están aportando elementos para ello. Es el camino que debemos seguir; un camino largo y arduo. Pero por el momento no tenemos más armas para caminar hacia él que el boicot electoral. Hagámoslo y trabajemos con imaginación, no con consignas, para empezar a devolvernos la democracia y los vínculos de solidaridad que la crisis y la corrupción del Estado, aliada con el crimen organizado, nos ha arrebatado.

Atentamente

Javier Sicilia

Paz, Fuerza y Gozo