De Santiago Cardoso Villegas

Señor director

He seguido muy de cerca el debate sobre el “boicot electoral” propuesto por Javier Sicilia, y considero, atendiendo la entrevista de Carmen Aristegui a Arturo Pérez Reverte el 9 de diciembre en CNN, que anular el voto no va a cambiar nada pero, de alguna manera, hará “sangrar” a los “malos”. En concordancia con él, pienso que votar en blanco es el tipo de acciones que operan como “(…) analgésicos, (son) cosas que no quitan las causas pero ayudan a soportar el dolor (…)”.

El proceso electoral es el gran escaparate en el que se escenifica la farsa democrática de la partidocracia que controla a México en colusión con los poderes fácticos, por lo que deslucirlo sería una manera de repudiar el ignominioso actuar del Estado en todos sus órdenes.

Evidentemente que a los políticos profesionales como Martí Batres, López Obrador, priistas, panistas, perredistas, etcétera, este sentir genuino de la ciudadanía empaña el esplendor de la obra de teatro que nos representan en cada elección.

El cambio va a venir en la medida en la que un profundo proceso educativo permee todos los estratos de la sociedad, actualmente embrutecida por los medios de comunicación, y permita el ejercicio pleno de la libertad que comprometa los aspectos fundacionales y existenciales de lo que significa la persona humana y el pleno sentido de comunidad y nación.

Aquellos que detentan el poder en México y lo ejercen a través del Estado resuelven su proyecto de vida en la inmediatez: yates, casas, relojes, presas, negocios, “Rolex and Relax”, etcétera. Lo que funciona es el engaño, la astucia, las promesas vanas, los recursos del Tenorio de Zorrilla. Únicamente les interesa satisfacer sus necesidades y pulsiones más primarias a través de la cosificación y el uso del “otro”.

Para el Estado, los mexicanos somos una masa amorfa de organismos a la cual hay que administrar a través de la implementación de una biopolítica que cosifica a la persona y la convierte en un producto desechable, desaparecible, prescindible.

Lo que el presidente Peña Nieto debe entender es la necesidad de predicar con el ejemplo, hacer un ejercicio responsable de su “libre” libertad y atender las demandas de aquellos que le dieron la responsabilidad de conducir al país, no bajo el proyecto de nación que se ha inventado, sino de aquel que atienda los más caros anhelos del pueblo mexicano, en especial de los que menos tienen y de los más desprotegidos.

La autoridad moral de Javier Sicilia emana de su contemporaneidad como la entiende Agamben: “El contemporáneo no es sólo aquel que, percibiendo la oscuridad del presente, aferra una luz que no llega a su destino; es también quien, dividiendo e interpolando el tiempo, está en condiciones de transformarlo y ponerlo en relación con los otros tiempos, de leer en él de manera inédita la historia, de ‘citarla’ según una necesidad que no proviene en modo alguno de su arbitrio sino de una exigencia a la que él no puede dejar de responder”.

Ojalá todos pudiéramos participar de la contemporaneidad de Javier; de ese espléndido “modo de ser”.

Atentamente

Santiago Cardoso Villegas