Tensos meses de espera

Estaba nervioso. Sus dedos le temblaban, por eso tuvo dificultades para contestar su celular, que sonó seis veces, cada 15 minutos.

–¿Dónde estás, cabrón? ¿Por qué no contestas? –le decían desde el otro lado de la línea.

–Ya estoy donde quedamos –les respondía Juan Francisco.

–No te quieras pasar de listo, ¿eh…?

–¿Qué no me ves, güey? Traigo una playera café y pantalones de mezclilla.

–Ve a la caseta de teléfono que está a un lado tuyo y haz como que hablas por teléfono… Espera la siguiente llamada.

Colgaron. Eran las tres de la tarde y Juan Francisco estaba sobre Periférico y la carretera a Chapala. Llevaba 50 mil pesos en efectivo en una bolsa de plástico. Pasaron 15 minutos y el celular volvió a sonar.

–Deja disimuladamente la bolsa sobre el teléfono y camina hacia el Oxxo que está detrás de ti. Compra una Coca-Cola y espera la siguiente llamada. No se te ocurra mirar atrás.

Juan Francisco esperó casi una hora hasta recibir la siguiente llamada. Cuando llegó, su interlocutor le dijo que ya había recogido el dinero y le prometió que más tarde le entregarían a su hijo de 15 años.

Tras la entrega del dinero, Juan Francisco continuó recibiendo llamadas. Dos días después los presuntos captores de su hijo le dijeron que los 50 mil pesos eran insuficientes. Y le pidieron 250 mil más. Como pudo, él y su familia consiguieron 50 mil y esperaron nuestras instrucciones. Pasó una semana pero la llamada no llegó.

Eso fue hace ocho meses. El hijo de Juan Francisco aún no regresa.

“El tiempo teje telarañas”

El joven Juan fue plagiado el 24 de abril pasado por la noche. Sus padres lo esperaron despiertos hasta pasada la una de la madrugada. Al no tener noticias salieron a buscarlo. Como no lo encontraron, regresaron a su casa. Poco después él llamó. Respondió su mamá, quien no lo dejó ni hablar por la retahíla de reclamos; Juan colgó.

Hubo una segunda llamada, que atendió Juan Francisco: “Mire, señor –le dijeron–. Tenemos a su muchacho porque andaba vendiendo en mi plaza, ¿entiende? Aquí la multa es de 300 mil pesos. ¡Consígalos!”.

Juan Francisco y su familia no salieron de su casa durante 22 días debido a las llamadas. “Cada día, a cada hora, esperábamos que marcaran. Sentíamos que podía ser en cualquier momento”, relata.

Todo ese tiempo, Juan Francisco y su familia estuvieron acompañados por dos agentes de la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO). Ellos le indicaban a él cómo responder. Le dijeron que mantuviera la ecuanimidad cuando escuchara la aterrada voz de su hijo pidiéndole que pagara por su rescate.

Al igual que Mayra Hernández, cuyo hijo fue aprehendido por policías estatales el 30 de agosto de 2013 y desaparecido desde entonces, Juan Francisco ha pedido apoyo incluso a las autoridades federales sin resultado.

En la Ciudad de México, Juan Francisco recibió apoyo de la SEIDO; pero aquí la Fiscalía General del Estado ni siquiera le levantó su denuncia bajo el argumento de que “por ley”, dos instancias policiacas no pueden trabajar en un mismo caso. Y aun cuando él quiso mover su proceso ante la PGR Jalisco, los agentes de la SEIDO quedaron en mandarle por correo los papeles relativos a la investigación, hasta el cierre de edición no le había llegado.

Juan Francisco y su familia esperan a Juan desde hace ocho meses. Suelen mirar el pino de metro y medio que se encuentra en su pequeño jardín, pero no se atreven a tocarlo. “Todavía esperamos el día que lo volvamos a ver podando al pinito o poniendo el pasto”, comenta el abatido padre.

La habitación de Juan, un cuarto pequeño con paredes pintadas de azul rey y gris oscuro, es un santuario. Durante semanas nadie se atrevió a entrar. La cama está cubierta de cajas, ropa y tiene un pequeño sillón encima.

En la pared de enfrente está el clóset sin puertas con la ropa del joven; en un extremo está el tocador, atiborrado de fotografías de Juan y su familia, así como veladoras consumidas y figuras de la Virgen de Guadalupe. De una lámpara penden los rosarios que a él le gustaba usar, también su gorra y unos lentes de sol.

“Antes no queríamos que nadie se metiera. Pero ahora está lleno de cosas… Supongo que queremos olvidar que alguien nos falta.”

A las tragedias de Juan Francisco y Mayra se suma la de Luisa, quien lleva seis años esperando a que la Fiscalía General del Estado, la Procuraduría General de la República u otra dependencia le diga qué pasó con su hijo Chuy, quiere saber dónde está.

“El tiempo es mañoso y teje telarañas en la cabeza”, comenta Luisa. Ella cree que tantas historias que pasan por su cabeza podrían no ser ciertas, pero no hay quién se las desmienta.

Mayra lleva un año metida entre papeles y preguntando en varias dependencias dónde está su Toño. Juan Francisco dice: “Cuando una persona muere, tienes a dónde irle a llorar, dónde llevarle una flor; pero cuando no sabes si está vivo o muerto, ¿a dónde vas?”, se pregunta. Lamenta que el gobierno lo trate como limosnero, cuando exige una respuesta del paradero de su hijo.