Censura de Planeta en España

Un libro, 11 de cuyas 800 páginas fueron consideradas irreverentes por Crítica/Planeta de España, obligaron a su autor, Gregorio Morán, a enviarlo a Ediciones Akal. La parte controvertida objeto de la censura que el autor denuncia a Proceso, se refiere al cuestionamiento demoledor hacia la Real Academia de la Lengua y su exdirector, Víctor García de la Concha, a quien califica de “mediocre”. Asimismo, arremete contra las figuras críticas de la cultura hispana de los sesenta, que se tornaron cada vez más institucionales.

MADRID.- El escritor Gregorio Morán asegura que “los libros son como las armas de fuego: Las carga el diablo”; que cuando se disparan hieren “en su vanidad y honor (que a veces son lo mismo)” a quienes suponían que estaban “blindados frente a los efectos de la letra impresa”.

El periodista asturiano, de 67 años, tiene su nueva arma de fuego bajo el brazo, El cura y los mandarines. Historia no oficial del bosque de los Letrados. Cultura y Política en España 1962-1996, su “libro maldito” que la editorial Crítica del Grupo Planeta se negó a publicar.

En el que hace un repaso crítico sobre la relación del mundo de la cultura y la política en España.

El motivo de dicha censura fueron 11 de las 800 páginas que componen la obra, en las que hace un relato demoledor de la Real Academia de la Lengua (RAE), y en particular del papel de uno de sus exdirectores, Víctor García de la Concha –actual director del Instituto Cervantes–, a quien tilda de “aldeano” y “mediocre”.

“No me canso de decirlo, la censura no es un tema político sino un asunto económico”, dice en entrevista Morán, que no accedió a la petición de Crítica/Planeta y hoy presenta su libro con otra editorial, Ediciones Akal.

Relata que en Planeta su libro estaba listo para impresión, ya había sido corregido, tenían las galeras listas, el índice onomástico y una “portada brillante”.

Incluso, ésta llegó a estar en el portal del grupo editorial. Añade:

“Sólo faltaba tocar el botón para la impresión. Pienso que, desde que entregué el original, no habían leído el penúltimo capítulo, pero se dieron cuenta del contenido y saltaron las alarmas. Está claro que el motivo de la censura fue que la salida programada del libro coincidía con la publicación (de la edición 23) del diccionario de la RAE, que son 450 mil ejemplares de salida. Y no se atrevieron.

“El 16 de septiembre pasado, los responsables editoriales de Crítica/Planeta le comunicaron que o se retiraban las páginas que formaban el penúltimo capítulo –“¡Todos académicos!”– o veían imposible su publicación”, se plantea en el prefacio del libro.

Morán afirma que “las grandes empresas editoriales se parecen a los elefantes; sólo son sensibles hacia los que amamantan, no les afectan los tábanos. Les importa un carajo lo que puedan decir; lo importante es la cuenta de resultados, y en este caso era tan evidente la desproporción entre un libro, el mío, y los negocios, múltiples, que el reproche resultaba fuera de lugar”.

Fue por ello que escribió una carta a José Manuel Lara, presidente del grupo Planeta, editorial que hace 35 años publicó su primer libro, una biografía muy crítica del presidente Adolfo Suárez a sólo unos meses de haber ganado las elecciones de 1979.

“Amigo José Manuel –escribió–. Hace exactamente 35 años nos atrevimos nada menos que a publicar una biografía sobre el presidente Adolfo Suárez… ahora me encuentro con que tus subalternos retienen desde el 13 de noviembre del año pasado un texto –El cura y los mandarines…– que se niegan a publicar, demora tras demora, mientras yo no retire un capítulo de 11 páginas. No lo voy a hacer, entre otras cosas porque no lo hice nunca y no tengo edad para cambiar. Permíteme la crueldad del comentario: hace 35 años podíamos echarle un pulso al poder en su más alto grado, ahora tus subalternos se acojonan ante Víctor García de la Concha…”

La respuesta de Lara fue escueta:

“No es miedo al Sr. Víctor García de la Concha, sino respeto a una persona vinculada a esta casa en muchos proyectos editoriales.”

El problema estaba, cita, en sus “malditas once páginas”.

El referido capítulo alude a “la pasión académica que le entró a la inteligencia española en las últimas décadas”. La obra nace de una pregunta que perturbaba al autor: “¿Qué fue sucediendo para que los mandarines, las figuras críticas de nuestra cultura de los años sesenta, se fueran haciendo cada vez más conservadoras, hasta convertirse en institucionales?”

Responder a esta pregunta, dice Morán, le llevó 10 años de investigación y escritura del libro, y le dedica al menos 100 páginas para hablar de la involución de la comunidad cultural. Lo resume así:

“Fueron progres en los sesenta, moderados en los setenta, conservadores en los ochenta y reaccionarios en los noventa.”

Indagó durante más de un año pensando que el hilo conductor de su obra sería el filósofo José Ortega y Gasset, pero lo descartó. Y optó porque el eje de su libro fuera la figura de Jesús Aguirre, un exsacerdote que fue protagonista en los momentos culturales y políticos más importantes de España.

Este personaje de contrastes y matices, según lo explica en entrevista, “tenía una capacidad de fascinación infinita”. Lo describe:

“Jesús Aguirre no era jesuita, era un cura de aldea. Llegó a la dirección general de Taurus por ser el confesor de la señora de Urquijo, entonces la familia dueña del sello, fue miembro de la RAE y se casó con la duquesa de Alba.”

Morán relata:

“Me llamaba la atención que todos me hablaban mal del personaje, pero que no hubiera acontecimiento desde 1962 en el cual Aguirre no estuviera presente: Desde las huelgas mineras de Asturias en el 62; en el contubernio de Münich contra el franquismo; encabezó la única misa que se celebró a Julián Grimau en la iglesia de la ciudad universitaria; formó parte del grupo político de Felipe González, incluso no olvidemos que Felipe era partidario de la lucha armada. Y de eso pasó a ser Duque de Alba, eso es un paso enorme. Desde 1962 a 1996.”

RAE, atada al poder

En el capítulo “¡Todos académicos!” narra la travesía de la Academia por el desértico panorama cultural durante la dictadura de Francisco Franco quien, dice, tuvo a la RAE “sujeta y bien atada” con sus presidentes Ramón Menéndez Pidal y Dámaso Alonso, donde había una “mayoría afecta de académicos, casi absoluta”.

No es hasta la muerte de Franco y la llegada de la democracia, que la RAE logró incrementar su prestigio cultural al amparo del gobierno de Felipe González, profundizando así sus estrechas relaciones con los poderes públicos y privados.

“Con la llegada del PSOE, compraron todo”, dice.

Sostiene que “los pactos académicos de familia hicieron a Pedro Laín Entralgo director de la Real a comienzos de diciembre de 1982, siguiendo el espíritu de la victoria socialista de octubre del 82”. Y con esa transición, apunta, “los hijos de los vencedores habían vencido también, tras disculpar, entender, amnistiar, justificar… a sus padres”.

En el período de González, Morán sostiene que la RAE “no sólo no se fue soltando de los viejos poderes del Estado y del gobierno, para cuya financiación les era imprescindibles, sino que se ató con mayor vigor a los nuevos”.

Esos nuevos poderes son los que se involucraron en el mecenazgo de la Fundación Pro-RAE, como Telefónica, Endesa, BBVA, Grupo Santander, Prisa y Planeta.

Recuerda que para Miguel de Unamuno, Ramón del Valle-Inclán, Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez (y toda la generación de la República) consideraba a la Academia “como variantes diversas de los ‘putrefactos’ y ahora resultaba que el mandarinato que se codeaba con el poder y hasta hacía como si lo detentara, se volcaba por entrar en el club de la RAE”, que para ser admitidos llegaban “hasta a la humillación”.

Morán evoca una anécdota de Valle-Inclán:

“Siempre que pasaba por el edificio de la Academia, orinaba en la fachada por sistema.”

En el libro alude a Camilo José Cela, el Premio Nobel y hombre fuerte entre los mandarines de la RAE, que vetó a la filóloga y lexicóloga María Moliner para beneficiar a uno de sus protegidos.

Eso impidió que ella se convirtiera en la primera mujer en entrar en la RAE a principios de los años setenta. Cela escribió en 1970 al filólogo Rafael Lapesa, que no quería a Moliner en la RAE: “La ocasión de María Moliner, mejor dicho la ocasión de la primera mujer académica creo que es mejor producirla en tiempos de menos barullo.”

Dos años después, Lapesa lo intentó de nuevo, pero Cela, que era el “muñidor principal de la RAE desde que entrara en 1957”, se volvió a oponer: “A María Moliner, no: en ningún caso.” Luego Moliner los rechazó.

Después vino la dirección de Víctor García de la Concha, de quien describe su origen en un pueblo asturiano, como “cura” y “responsable de prensa con aires y responsabilidades propias de magistral de la Catedral de Oviedo”, desde donde “trepó” en el abrevadero político y cultural de España.

En la entrevista, el autor sostiene que “tipos como Víctor García de la Concha (son) los que sí tienen un verdadero interés por la Academia, porque es lo único que les concede una página de aristocrasismo cultural”.

García de la Concha –explica Morán– en apenas cinco años pasará de recién ingresado a la RAE (1992), a convertirse “primero en su secretario y luego en jefe de la banda (1998), un profesional de la cucaña y de las relaciones públicas con el poder, cualquiera que sea”.

Sostiene que fue Fernando Lázaro Carreter quien detectó “el talento servicial, adaptable y desvergonzado de ese antiguo curilla”, dice de García de la Concha, a quien califica de “ignorante, taimado y sumiso, pero siempre que no le dieran una oportunidad para desquitarse”.

Morán narra en su libro que en sus currículos García de la Concha sostiene que realizó “estudios de teología y filología en la universidad”, pero “como estudiante fue una completa mediocridad, el estudio y la escritura no eran lo suyo, consiguió a duras penas aprobar Filología gracias a los apuntes de una alumna que aún está esperando que se los devuelva”.

Escribe que este “pícaro clerical que había leído apenas y estudiaba muy poco”, arribó a la dirección de la revista Ínsula en su momento de decadencia, pero que era “el puente hacia los hispanistas de todo el mundo y lo departamentos de literatura de sus universidades”, y lo hizo cuando la publicación recibió el patronazgo del Banco de Bilbao-Vizcaya (antecedente del BBVA).

El autor le critica unas declaraciones: El 16 de abril de 1978, con los triunfantes Suárez y Martín Villa –ministro de Gobernación en el gobierno de UCD, hoy reclamado por la justicia argentina con orden de captura internacional por crímenes de lesa humanidad por la matanza de obreros del 3 de marzo de 1976, en Vitoria–, García de la Concha “que conmueve como un esperpento: ‘Yo tengo que asegurar que la censura en la posguerra apenas existió, salvo la eclesiástica’”.

También advierte que fue el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero quien cambió los estatutos de la RAE, “y así De la Concha pudo permanecer varios mandatos como director y conseguir el Toisón de Oro del Rey, la mayor distinción que otorga la Corona española”.

Incluso, dice, entonces le dio por anular su etapa de “humildísimo seminarista aldeano”, para asegurar que descendía de José Caveda y Nava, un académico de “las tres Reales: Lengua, Historia y Bellas Artes”. Apunta:

“Un caballero de la Orden del Toisón de Oro no podía venir de las regalías del marqués de Villaviciosa,su pueblo de origen, en las miserias de un seminarista en Valdediós.”

Max Aub: La cultura del exilio

Gregorio Morán precisa que su ensayo no es demoledor con todos los personajes de la cultura española, porque reivindica a algunos como el escritor hispano-mexicano Max Aub, quien se exilió en México como consecuencia de la Guerra Civil y regresó por primera vez a España pasados 30 años de su exilio.

“Hay personajes a los que en el libro les rindo auténticos homenajes, me refiero al caso del olvidadísimo Max Aub, le dedico un capítulo como un homenaje que se merece. Hay un momento en que Juan Goytisolo, con quien mantengo una relación cordial, me dijo, ‘qué mal nos portamos nosotros con Max Aub, porque él nos leía a nosotros y nosotros nunca le leíamos a él’.”

En la entrevista señala que pese a la dureza del exilio para muchos intelectuales y científicos, “México fue para ellos un paraíso”, como en el caso de Aub, quien encontró trabajo, allí nacieron sus hijas y el país “le dio una cultura popular extraordinaria que lo entronca con la Valencia popular de su adolescencia”:

“El trato que dio México al exilio intelectual español fue muy importante, y esto se nota en su vuelta a España, 30 años después, porque ninguno de ellos pensó que el exilio iba a durar y a pesar tanto.”

Morán sostiene que su libro “es muy duro con la actitud de la inteligencia española contra la inteligencia española en el exilio, porque nunca se produjo una integración durante la Transición, como lo quisieron hacer ver, eso es falso, es como se quiso vender.

“La separación entre el exilio y la España real del franquismo es absoluta. En el capítulo que dedico a Max Aub planteo que los que ganaron la guerra civil dejan sentir ese menoscabo a los escritores del exilio.”

El escritor y periodista dice que hubo dos tipos de exiliados españoles en América:

“Los que sobreviven al dictador Franco y los que no le sobreviven.

Los que sobreviven como Paco Ayala o Jorge Guillén, sienten su regreso como un triunfo. Pero para los que no sobrevivieron al dictador significó una doble derrota, primero la de la guerra civil y luego la muerte en el exilio.”

También relata que Aub escribió uno de los libros más maravillosos, que es su cuento genial del hombre que mató a Francisco Franco, el camarero mexicano que se cansa de escuchar a diario a los exiliados españoles hablar del dictador y decide viajar a Madrid para matar a Franco. Pero cuando regresa, los exiliados siguen en lo mismo, algunos reprochando que ellos no lo hubieran matado de esa forma.

Morán ofrece en la entrevista con Proceso un descubrimiento suyo:

“Las cintas de las conversaciones entre Max y Luis Buñuel –que la editorial granadina Cuadernos de Vigía publicó, Luis Buñuel, novela, que Aub dejó inconclusa a su muerte– que yo vi, porque las conserva su entonces yerno, eran una ‘pantalla’ para que España le concediera el visado, porque la dictadura estuvo fascinada con Buñuel pues su cine tenía una proyección mundial. Sin embargo, la visa le fue negada porque él había tenido una participación en la guerra civil y, aún en México, siguió siendo un fiel seguidor de Juan Negrín, el jefe de gobierno de la Segunda República.