“Navajazo”

Apoyado en su formación de sociólogo, Ricardo Silva califica su largometraje como una “etnoficción”, neologismo necesario para designar este tipo de documental donde los entrevistados se interpretan a sí mismos. Situaciones ficticias que, no obstante, ilustran la realidad de los sujetos de manera más natural que las entrevistas convencionales. Navajazo (México-Francia; 2013), la herida que no cierra, en palabras del realizador, obliga a sentir el dolor y el ímpetu vital de una serie de personajes de la sociedad post-apocalíptica de Tijuana (otra Tijuana en la ficción).

Ganadora del Leopardo de Oro en el Festival de Locarno, Navajazo reúne una serie de personajes, que nombrados resuenan como lotería de la feria más insólita que pueda imaginarse. El Muerto de Tijuana, músico satánico, un director de películas pornográficas, o el Alacrán, actor de video-home, pareja de junkies en la canalización del río Tijuana, coleccionista de juguetes, prostitutas, migrantes de acá para allá y de allá para acá, entre otros. Todos tienen en común dos temas, que son reales, y que luchan por sobrevivir en condiciones extremas.

En el fondo, dentro de este grupo de personajes, realidad y sobrevivencia vienen a significar lo mismo; la dramatización de sí mismos, inventarse una situación y representarla, funciona gracias a esta identidad entre ser y mostrarse. Actuar bajo una máscara inventada es lo que cada uno hace a diario; Ricardo Silva y su coguionista intuyeron la poesía que emanaba de cada representación. No cabrá duda que se trata de una explotación del narcisismo de estos sujetos, pero sólo el respeto por parte del director y su frontalidad (golpes, sexo explícito, lenguaje directo) permite que florezcan ante la cámara.

Los roles estaban ahí, flotando en el río de desechos que la frontera entre México y Estados Unidos produce, con su explotación de seres humanos, su consumo de drogas y sus narcos; alguien tenía que ponerse el traje del Muerto de Tijuana y rescatarlo para la poesía urbana, y ponerlo a actuar más allá del bien y del mal. Había que inventarle un sentido al sin sentido, como el coleccionista que construye una casa con monos y muñecos de deshecho, o el pornógrafo que intenta hacer pornografía con amor.

A diferencia de otros directores que emplean actores no profesionales para manipular la realidad de manera artificial (el modelo lo estableció De Sica con su Ladrón de bicicletas), la propuesta de Navajazo le permite a cada quien que manipule su propia realidad sin enajenarla. Claro, la secuencia de esta película tendría que ser otra “etnoficción” que explorara cómo el haber tomado conciencia de su propio juego impactaría el estado de cada personaje. Una consecuencia, supongo, sería que el haber actuado aquí refuerza el mito de cada uno, o en otros casos pudo haberlo destruido; pero no cabe duda de que la herida seguirá sangrando.

Al igual que Narco Cultura, el documental de Shaul Schwarz, Navajazo confronta la mirada hacia una realidad fascinante, por dolorosa que sea, que se extiende de la frontera hacia el corazón, como los inter títulos que estampa Ricardo Silva en su producto y que describen el proceso terminal del cáncer.