Desde la primera secuencia, el director turco Nuri Bilge Ceylan expone el tejido del enorme lienzo que tomará más de tres horas recorrer; Sueño de invierno (Kis uykusu; Turquía-Francia-Alemania, 2014) se entreteje con dos tipos de paisaje, uno humano y otro geográfico; los rostros de los personajes se miran tan espléndidos e intrincados como los alucinantes valles y montañas de la Capadocia.
El semblante lleno de surcos de Aidyn (Haluk Bilginer), ex actor de teatro retirado quien ahora tiene un hotel llamado Otelo, exhibe la majestad de un decadente rey Ciro; la cámara del cinefotógrafo Gokhan Tiryaki reposa sobre cada fisionomía para contemplarla; en el vaivén de espacios abiertos e inmensos o encerrados y con poca luz, la sensación de claustrofobia es la misma, no hay por donde escapar, la única puerta es hacia adentro, y se abre hacia un camino oscuro.
Aidyn vive con su joven esposa, Nihal (Melisa Sozen), y una hermana de él, divorciada, Necla (Demet Akbat), mujer amargada y ociosa; otros personajes se van cruzando y se van escribiendo fragmentos de sus vidas, un amigo, o el imán pobre con un hermano alcohólico y su familia, inquilinos que no tienen manera de pagar la renta; todos mantienen alguna forma de relación con Aidyn, patriarca sin descendencia y rico del pueblo, siempre acompañado de su ayudante. En la medida en que se recorren paisajes y rostros, se descubren trampas y recovecos inesperados; las referencias explícitas son pósters de obras de Shakespeare y Chejov, pero la tragedia parece adormecerse bajo la nieve, los protagonistas se pierden en sus propios laberintos, quedan lo patético y el apego a la existencia.
Ceylan Bilge es un realizador ambicioso, escribe novelas con sus películas; al igual que Dostoievski, otra gran referencia de este director, derriba cualquier barrera tras la que intenten esconderse sus personajes. Nihal, bella como princesa griega, es una pobre mujer temerosa que se marchita bajo la tutela de un marido al que ya no puede querer, su consuelo es ayudar un tanto a los pobres. Aidyn se entretiene un poco con los escasos huéspedes del hotel, errantes ellos mismos, escribe artículos para el periódico local y quiere empezar a escribir su gran tratado sobre la historia del teatro turco; bajo el alcohol, discutiendo con otros, ya ninguno se entiende, las grandes ideas se trastocan con sentimientos heridos, y sólo queda la risa triste.
Claro, en una novela cabe todo: problemas sociales, la política, la religión, alusiones contra el fanatismo, teorías sobre la moral y el arte; o toda la gama de pasiones. Sueño de invierno ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes de este año, premio controvertido que hizo que algunos detractores atacaran la avidez del director. Se pierde de vista que la visión de Bilge Ceylan sobre el paisaje de Anatolia, con sus miles de años de historia, convierte la tierra en coro de tragedia, hace que las piedras hablen.
La sensación de que algo funesto está por ocurrir sugiere pistas falsas, algún error o malentendido puede provocar una catástrofe; pero el realizador turco trastoca el orden, lo funesto se diluye y una simple pedrada contra el vidrio de una camioneta resulta tan estrepitosa como el choque de un tren.








