El mundo literario en México se viste de luto nuevamente. Este funesto año de 2014 dio inicio con las sensibles partidas de escritores de la talla de José Emilio Pacheco, Federico Campbell, Emmanuel Carballo, Juan Gelman y Gabriel García Márquez. Ignacio Solares, también narrador, dramaturgo, periodista y editor, recuerda emocionado a Vicente Leñero el amigo, el maestro, el compañero de batallas desde los sesenta en la revista Claudia, y de quien es aún editor en la Revista de la Universidad de México.
¿Quién fue, para Ignacio Solares, Vicente Leñero?
–Primero y ante todo, uno de los más grandes escritores que he leído. Yo creo que con su muerte se pierde a una de las figuras más relevantes de la literatura mexicana desde siempre. Su estilo es único, sus temas lo son también y, algo fundamental, le dio voz a personajes –como en Los albañiles– que antes no existían literariamente en tanto que no tenían voz. Creo que el novelista, cuando está a la altura de un Vicente Leñero, logra dar vida y hacer presentes a personajes que antes estaban en la sombra.
–¿Cómo nace tu relación con Leñero?
–Tuve la fortuna de haber sido su amigo, su discípulo y su editor con el antecedente fundamental de que leí Los albañiles antes de conocerlo. Fue un libro que me marcó, un parteaguas en mi visión de la literatura mexicana. Yo recuerdo la emoción con la que terminé Los albañiles y la profunda admiración que sentí por su autor a quien, repito, aún no conocía. De hecho, ya en mis primeros escarceos literarios –muy fallidos por cierto– se nota la influencia de su literatura.
“Luego, a finales de la década de los sesenta tuve la suerte de tratarlo y trabajar con él en la revista Claudia. Era de una generosidad demoledora. Esa facultad que tenía para escuchar a su prójimo habla de su excepcionalidad como ser humano. Ahí veo una clara muestra de su cristianismo, o sea, no era un cristianismo solamente en lo interior, sino muy especialmente hacia el exterior en tanto que relacionaba su creencia directamente con una actitud de generosidad hacia el prójimo. Para Leñero en cada ser humano había un hermano al que había que escuchar, atender y, en algún caso, consolar. En la revista Claudia coincidimos con él José Agustín, Gustavo Sáinz, Juan Tovar y luego algunos otros escritores que empezaban también a hacer sus escarceos a la sombra de Leñero. Él era jefe de redacción y el director era Ernesto Spota, quien al poco tiempo murió y Vicente pasó a ser el director de la revista.
“El aprendizaje de esos años para mí es absoluta y totalmente determinante. Yo tenía alrededor de 24 años y Vicente descubrió en mí la preocupación religiosa que compartíamos, puesto que yo había estudiado con jesuitas y siempre me he considerado cristiano –que no católico, aclaro–. Entonces nuestra amistad, aparte de lo personal, se cimentó en compartir a algunos autores que Vicente me descubrió como Graham Greene, François Mauriac, Bernanos, Chesterton. Recuerdo muy vivamente que, en algún momento, escribí un pequeño ensayo sobre Vicente que publiqué bajo el título de ‘El Graham Greene mexicano’ quien ya había publicado, además de Los albañiles, La voz adolorida, Estudio Q y una de sus novelas que más me gustan, El garabato.”
–¿De qué tradición, literariamente hablando, proviene la obra de Leñero?
–Vicente conjugó lo mejor de la tradición de la gran literatura mexicana. Hay claras huellas en él de algunos autores del siglo xix como Guillermo Prieto quien, por cierto, también ejerció, como el propio Vicente, de una manera muy brillante el periodismo. Hay, por otra parte, una clara huella de autores como Martín Luis Guzmán, con esa su prosa aguda y transparente. Y yo diría que una de sus mayores influencias –muy manifiesto en su primer libro de cuentos La polvareda– es Juan Rulfo. Pero también veo, por otra parte, en su don para describir a Juan José Arreola, quien fue al primero a quien le mostró el original de Los albañiles. Por cierto, Vicente se jactaba de las pocas correcciones que le había hecho Arreola.
–Leñero fue un escritor comprometido con su fe, es decir, un escritor que dejaba traslucir su preocupación religiosa en sus temas y personajes literarios. ¿Cómo consideras que influyó su creencia en su obra?
–La influencia de su fe en su obra fue determinante. Cuando montó la obra de teatro Los albañiles –que, por cierto, es tan buena como la novela– escribí una nota para El Heraldo de Espectáculos que se titulaba “Los albañiles de Vicente Leñero. Un problema teológico”, y que plantea ya su concepción cristiana en la literatura, en tanto que el personaje principal, sintomáticamente llamado Don Jesús, encarna todo el mal y todo el bien que puede haber entre los hombres. Yo recuerdo haberle comentado que muchos espectadores no percibían la parte teológica del drama, así que decidió agregar en el programa de mano un epígrafe que lo aclaraba todo, era de San Pablo y –cito de memoria– decía: “Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en Él”. Pero el concepto de Vicente de la literatura fue siempre libre de ideologías y de prejuicios. No creía en la literatura de mensaje. No creía en la literatura que de entrada pregona “soy autor católico”. Él decía que era un escritor católico, no un católico escritor. O sea, la literatura valía por sí misma. En el final de El garabato –que, repito, es una de sus novelas que más me gustan– el personaje acaba de terminar una relación amorosa, está en un grado superlativo de depresión, toma un avión y dice algo sobre su profunda soledad, del vacío que ve venir, y apunta dentro de un sospechoso paréntesis: “puesto que es muy probable que Cristo no sea Dios”. Cuando en alguna ocasión, en una reunión con amigos de las que frecuentábamos, yo le comenté ese final de su novela le dije: “Pero es que ahí estás negándote a ti mismo”. “Bueno, eso lo dice mi personaje, yo soy otra cosa, yo soy el autor”, me respondió. O sea, creía mucho en la literatura por sí misma. A veces, incluso, parecía que hasta fuera contra sus más claras convicciones en ese sentido. Recuerdo otro pasaje, excepcional, admirable, en su obra de teatro Pueblo rechazado en que el prior del convento se arranca la cruz que lleva al cuello y grita: “Cristo no necesita de Cristos”. Eso nos habla de un autor iconoclasta que no necesitaba de Cristos para su fe y para vivir cristianamente, por eso yo creo que dentro de todos los avatares que nos tocaron vivir en la Iglesia Católica, Vicente siempre conservó una fe fundamental que no estaba sujeta a los devenires de la Iglesia como institución.
–Se reunían frecuentemente a compartir sus inquietudes religiosas con un grupo de amigos muy especiales.
–En efecto, han sido reuniones muy significativas en la vida de todos nosotros; reuniones que promovieron Vicente y Estela y a las que en los primeros años asistían también su hija Mariana y Ricardo Solar. Nos reuníamos con Paco y Alicia Prieto, Javier Sicilia e Isolda, más recientemente se sumaron Eduardo y Analú Garza, cada seis u ocho semanas desde hace más de 20 años, y siempre teníamos un tema que tratar que resultaba inagotable, como el perdón, la confesión, la esperanza, la muerte, entre muchos otros.
–Escritor que destacó en varios géneros –cuento, novela, teatro, guión cinematográfico y periodismo– Vicente Leñero culminó su producción literaria escribiendo artículos que resultan una suerte de autoficción periodística, una nueva forma de contar la propia vida, y que publicó mes a mes en la Revista de la Universidad de México.
“Vicente fue, como en algún momento un crítico le llamó, ‘el hombre pluma’ porque realmente tocó todos los registros de la palabra escrita, sólo le faltó la poesía. Recuerdo cuando en una plática lo convencí –y no era fácil convencer a Vicente de nada– de que colaborara en la revista que dirijo, y lo primero que me respondió fue: ‘Pero se van a enojar los de Proceso’. Avanzando la plática, concibió una columna que estuviera más dentro de lo cultural que cerca de lo periodístico y en una libretita apuntó cuatro o cinco títulos del que finalmente quedó –y me parece admirable– ‘Lo que sea de cada quien’. Esto fue en el 2007, hace siete años. Durante 95 números tuve la suerte de tenerlo como mi colaborador estrella. Varias personas me han dicho que lo primero que leen de la revista es la columna de Vicente y lo entiendo puesto que, además de la calidad literaria y periodística, llevó a su última expresión el humor. Algunas de sus crónicas son para doblarse de risa, hay otras para admirarse y otras más revelan secretos inimaginables.”








