El artista nació “accidentalmente” en Morelia, Michoacán –como relata a Proceso Jalisco–, pero toda su familia procede de Ejutla, Jalisco.
Egresado de la Escuela de Artes Plásticas de la UdeG, Jorge Monroy tiene una carrera de poco más de 40 años. Destaca como acuarelista, técnica que aprendió del maestro Alfonso de Lara Gallardo, a quien ayudó en un par de murales, uno para el templo de San Bernardo y otro para la Universidad del Valle de Atemajac (Univa).
Comenta que pasó de la acuarela al mural de una manera un tanto sui generis, pues no hizo obra de caballete de gran formato, como procuran generalmente los muralistas antes de enfrentarse con amplias superficies.
Narra que para cumplir los últimos créditos de la materia de pintura, los alumnos tenían que hacer un mural, así que él se asoció con el pintor y escultor Carlos Terrés –quien vive en Lagos de Moreno– para realizar su obra en la azotea de la escuela y ambos fueron aprobados.
Poco después de esa primera experiencia muralística, Jorge le ayudó al pintor José Atanasio Monroy a restaurar unos murales que éste había empezado en la Escuela Vocacional de la UdeG en 1945 y que retomaría y completaría en 1972.
Resultó que José Atanasio era su tío, Jorge no lo sabía. Cuando empezaron a relacionar el apellido Monroy con familiares de ambos en Ejutla, concluyeron que eran parientes pero no se conocían porque Atanasio estudió en la Ciudad de México, donde vivió un buen tiempo y se dedicó al retrato y a obras de la corriente mexicanista.
La siguiente participación de Monroy en un mural fue con De Lara Gallardo. Éste invitó a dos de sus alumnos, Jorge y el también acuarelista Luis Eduardo González, a ayudarle a pintar el enorme mural para el templo de San Bernardo, que fue realizado en bastidores de tela; mide 640 metros cuadrados y debía ser terminado para el 2000. El trabajo les llevó dos años, que Monroy ganó en conocimiento y experiencia.
Posteriormente, la Univa le pidió a De Lara un mural para su auditorio, pero el maestro ya estaba muy enfermo y sólo hizo un boceto, por lo que, dice Monroy, “prácticamente no pintó nada, así que el mural lo pintamos Luis Eduardo y yo” en 2002.
En 2009 la Cámara de Comercio local emitió una convocatoria para realizar un mural y Monroy fue invitado a presentar un proyecto. No creyó que fueran a elegir su propuesta, pero, dice con orgullo, “la escogieron, y ahí sí hice yo cien por ciento por mi cuenta ese mural, que tiene 50 metros cuadrados”. El tema estaba definido y se trataba de plasmar tres elementos: al dios romano Mercurio como símbolo del comercio; Guadalajara 120 años atrás y la ciudad moderna.
El pintor confiesa que en algún momento temió que no quedara bien, pero al final a todo mundo le gustó. “Esa fue mi graduación” en el muralismo, afirma. El entonces gobernador, Emilio González, lo inauguró y le prometió al artista que pronto le haría el encargo de pintar otro.
Así fue. El gobierno le pidió que realizara una obra en un muro del recién construido centro interpretativo del sitio arqueológico Guachimontones, en Teuchitlán. Esta pintura, de 30 metros de largo, le llevó un año de trabajo.
“Ahí la primera condición que me pusieron fue que tenía que obedecer a los arqueólogos –recuerda–; ellos me iban a decir qué debía pintar, porque es un tema muy delicado, ya que no se puede inventar la vestimenta ni nada que no esté bien documentado. Y como realmente no hay suficiente documentación, estuvo difícil hacerlo.
“El tema es nuevo, y desde hace pocos años se empezó a estudiar esa cultura, así que llenar 120 metros cuadrados con esa poca información fue complicado, exigió exprimir la imaginación y la creatividad.”
Monroy recuerda que poco antes de su fallecimiento, el arqueólogo estadunidense Phill Weigand, descubridor de ese centro ceremonial prehispánico, vio el mural terminado y le comentó: “Ahora sí tenemos un gran problema en el museo: qué vamos a poner en el resto del espacio, pues ya está todo dicho en el mural”.
Las pinturas murales de Monroy han ido creciendo en tamaño y en dificultad. La que está a punto de terminar en el nuevo edificio de consulta externa del Hospital Civil tiene 155 metros cuadrados y está pintada con acrílico en bastidores de tela.
El autor reconoce la gran ayuda que le prestaron para pintar este y los otros murales los artistas Luis Eduardo González, quien domina la figura humana, e Ilse Taylor, a quien califica como una gran retratista.
Para el entrevistado, el artista plástico traduce a imágenes una información que sería como un texto literario: “En un mural como este hay diferentes escalas, por lo que cada elemento hay que acomodarlo de tal manera que destaque lo que tenga que destacar”.








