De Patricia Gutiérrez-Otero

Señor director:

Le ruego publicar en Palabra de lector la siguiente respuesta para Javier Sicilia en relación con el “boicot electoral”.

Querido Javier: He leído con atención la polémica que se ha suscitado en relación con la idea del “boicot electoral” que lanzaste. En tu contrarréplica a mi primera carta hubo un conato de respuesta, pero aún es insuficiente.

En lo sustancial del “boicot electoral” estamos de acuerdo. En lo que diferimos es en los cómos y en los quiénes. Preciso que el sistema partidista no funciona en nuestro país. No sólo está desgastado, es un sistema podrido.

Mi ánimo no es entrar en un debate infructuoso y mucho menos ofensivo; por el contrario, es el de pedir a aquellos que invitan al “boicot electoral” y que tienen las herramientas para ello (sea dentro de una institución con investigadores como la UAEM o que están ligados con grupos de estudio y trabajo no violento, como SERPAJ) indicar una vía para que este acto alcance su meta, e incluso admitir que si hubiese hombres de la calidad que tuvo el doctor Nava no se aplique el boicot en ese caso.

Ahora bien, lo último que mencionaste en tu carta de respuesta, que agradezco, ya apuntaba a esbozar un camino, pero un bosquejo no basta ante lo mayúsculo del llamado.

Tú siempre te has identificado con la no violencia gandhiana que en su combate contra la injusticia usa diversos métodos que no causan violencia física sobre el adversario; uno de ellos es precisamente el “boicot”, como el que se usó contra las telas fabricadas en Inglaterra con algodón sembrado y cosechado en India. Sin embargo, me parece importante parafrasear aquí unas palabras del “método” de la actividad no violenta que usó Pietro Ameglio en la conferencia que dio al recibir el premio El-Hibri: Para iniciar una lucha es necesario también construir una atinada construcción del “principio de realidad”. Debe iniciarse con un diagnóstico de esa situación y evitar partir de “recetas de acción no violenta” que correspondan a otras realidades.

Esta construcción me parece indispensable y es lo que trato de pedirte. No votar o votar en blanco, o votar por alguien desconocido, son acciones que no han mostrado el hartazgo de los ciudadanos; simplemente han favorecido el voto gremial o el voto del partido más poderoso.

Investigadores en derecho y ciencias políticas, y otros –que pueden estar al alcance del rector de la UAEM, Alejandro Vera, quien también se manifestó por el mismo tipo de repudio que tú– podrían señalar cómo incidir, según la legislación electoral, de manera adecuada en las elecciones para mostrar nuestra reprobación al sistema y los partidos en el 2015 y, a fortiori, en el 2018. (Carta resumida.)

Atentamente

Patricia Gutiérrez-Otero

Respuesta de Javier Sicilia

Señor director:

Le ruego considerar la publicación de las siguientes líneas en Palabra de Lector.

Mil gracias, Martí Batres, Martí Medina Hernández y Patricia Gutiérrez-Otero, por continuar este debate. Vuelvo a responder en una sola carta por los motivos que ya mencioné en la anterior.

No creo, como señala Martí Batres, que al mostrar que el Estado moderno está en crisis deje a la gente sin alternativas ni esperanzas. Las dejo sin ilusiones, que no es lo mismo. La esperanza, la verdadera –¿recuerdas, Patricia, a Georges Bernanos?–, es aquella que nace cuando hemos aprendido a desesperar de todo. Es entonces cuando la esperanza puede gestar y construir “un buen gobierno”. Mientras eso no suceda viviremos de ilusiones que el horror –como ha sucedido con Ayotzinapa, Tlatlaya y los miles de desaparecidos, asesinados y extorsionados, de los que nadie quiere dar cuenta– volverá a hacer añicos.

Aunque duela –nunca es fácil aceptar que nuestra casa está en ruinas y que hay que volverla a construir–, el Estado moderno ya no existe en México; en otras partes del mundo se está desmoronando. Cada vez sirve menos para defender a la gente y cada vez más para gestionar capitales, colonialismo moderno, represión, crimen y miserabilización de vidas, pueblos y medio ambiente.

México –este país donde siempre llegamos tarde a lo bueno y siempre somos vanguardia de lo malo– es el paradigma del destino al que corren los otros Estados, cuyas crisis son cada día más severas y terribles. Tal desmoronamiento –en México ya es absoluto– resulta muy largo. A veces, como sucedió con Roma, tarda siglos. La del Estado moderno, por las condiciones históricas, va muy rápido. Ni Mujica, al que tanto admiro, impedirá su caída; y qué decir de Mandela o de Allende: la Sudáfrica o el Chile con el que soñaron sufren profundos deterioros. Martí Medina Hernández lo comprende bien –discúlpeme por atribuirle en mi carta anterior lo que a usted no le correspondía; fue un vergonzoso lapsus.

Esa realidad, que en México es total (o díganme si realmente creen que existe un Estado cuando tenemos más de 100 mil asesinados, más de 30 mil desaparecidos, más de 350 mil desplazados; cuando eso que llaman Estado no puede encontrar a 43 muchachos, cuando donde se excave se encuentran fosas comunes; cuando en este momento en que nos leemos se está secuestrando, desapareciendo, asesinando, extorsionado gente en todo el territorio nacional sin que se haga algo; cuando se nos puede asesinar o destazar como a reses en un matadero; cuando todos los gobiernos de todos los partidos son parte de las corrupciones y el crimen; cuando se vive en el miedo), no puede ser resuelta mediante las elecciones ni, perdónenme, con AMLO y Morena en el gobierno. Se trata, como dice bien Martí Medina, de una “crisis de Estado (civilizatoria)”, y no de personas; se trata de estructuras a las que los criminales que hay en ellas, la corrupción, el clientelismo, las inercias, los pequeños y mezquinos poderes de las burocracias, el tráfico de influencias, etcétera, tienen a lo que llaman Estado absolutamente podrido.

Boicotear las elecciones es, en este sentido, exhibirlo en lo que es. El voto con el que se ganará será el voto de la vileza, de la corrupción, de la miseria, de la podredumbre. Un Estado así tarde o temprano tiene que caer. Ir a las urnas, en cambio, es convalidarlo y retrasar la evidencia de su catástrofe. Quien votó en las elecciones pasadas, votó –así de espantoso es este tema– por la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa y por los homicidios de Tlatlaya. Ese voto legitimó y avaló el horror, porque Abarca y Aguirre –a quien no se ha llamado a cuentas– llegaron mediante la legalidad de las urnas. Quien vaya en 2015 avalará los crímenes que entonces sucedan y las próximas masacres.

¿Cómo acompañar ese boicot para darle contenido?

1. Ir ese día a las urnas, darles la espalda y decir a la gente lo que ahora estoy diciendo; inhibir el voto de quienes no ven su responsabilidad en este asunto.

2. Consensuar exigencias medibles para levantar el boicot en 2018 (cosa que ningún partido ni gobierno cumplirá, con lo que el fracaso del Estado quedará más claro); liberar a todos los presos políticos; devolver a la ciudadanía el control del INE, de la Comisión de Atención a Víctimas, del IFAI y de todos los organismos que a la ciudadanía pertenecen y que los partidos han cooptado y corrompido; deslocalizar el Poder Judicial del poder político y crear un comité ciudadano de vigilancia de ese poder –cuando se hizo en Colombia, 40% de los legisladores fueron a la cárcel por sus vínculos con el crimen organizado–; llamar a cuentas a Ulises Ruiz, a Rubén Aguirre, Felipe Calderón, Fausto Vallejo, Eruviel Ávila, Genaro García Luna, etcétera. Hay muchas otras exigencias que varios analistas e investigadores como Buscaglia han puesto sobre la mesa.

3. Mientras tanto, organizar un comité ciudadano de salvación nacional, con hombres y mujeres absolutamente morales y ciudadanos, que llame a un nuevo Constituyente, que no tiene que ser igual al del Estado-nación –releamos el programa de reconstrucción de Gandhi, a los zapatistas y a tantos otros que han pensado de manera distinta; el Estado-nación en México, al igual que la Colonia, fue una imposición contra los pueblos y su ethos–. Las constituciones son al pueblo lo que la gramática a la lengua: no dicen cómo un pueblo o una lengua debe constituirse; por el contrario, expresan cómo un pueblo, que siempre está vivo y es móvil como la lengua, está constituido. La emergencia de las autonomías y de miles de mundos que no existían o no eran vistos en 1917 habla de eso y pide que una nueva Constitución y un nuevo pacto social, no basado en la monstruosidad y violencia del Leviatán, los exprese.

¿AMLO y Morena –le pregunto a usted, Martí Batres– serían capaces –junto a Cuauhtémoc Cárdenas, quien afortunadamente ya renunció al PRD; Raúl Vera, Elena Poniatowska, el rector de la UAEM Alejandro Vera, los zapatistas, los pueblos indios, el doctor Mireles, Alejandro Solalinde, muchas organizaciones civiles y de víctimas, los estudiantes, Denise Dresser, Sergio Aguayo, empresarios y muchos hombres y mujeres que creen que hay que refundar la nación– de dejar su lucha partidista, de poner entre paréntesis sus aspiraciones al poder, y de llamar a la formación de ese comité de salvación nacional ciudadana y a ese nuevo Constituyente?¿O creen, como lo creyó alguna vez la Iglesia de sí misma, que fuera de AMLO, de Morena, del Estado moderno y de las elecciones no hay salvación? Eso me espantaría profundamente. En este sentido, lamento que AMLO no haya ganado las elecciones de 2012. Ustedes necesitan decepcionarse más para abandonar “la ilusión democrática”. AMLO en el poder la habría garantizado. Llevaría Tlatlaya y Ayotzinapa en sus espaldas.

He allí algunos caminos distintos a la ilusión democrática o armada que pueden acompañar el boicot electoral. Dolorosos, duros, difíciles, inéditos, pero ya están allí y necesitan decisión, valor, humildad e imaginación para transitarlos.

Algo más –esto es para Martí Batres–. Las manifestaciones y la poesía no son semejantes al voto. Las primeras son perennes –la humanidad siempre se ha manifestado y ha escrito poesía; son partes de su ser–; el segundo es una construcción histórica de la Ilustración que morirá como toda construcción histórica. Los poetas –no es algo de lo que alguien pueda jactarse; se sufre demasiado con ello– siempre miran más lejos. Le recuerdo a uno que dice lo mismo que yo. Se llamaba Antonio Machado y vivió, como nosotros, de otra manera, el fracaso de una república: “Caminante, no hay camino,/ se hace camino al andar./ Al andar se hace camino/ y al volver la vista atrás/ se ve la senda que nunca/ se ha de volver a pisar”.

Atentamente

Javier Sicilia

Paz, Fuerza y Gozo