Un interesante proyecto que vincula problematización conceptual de la pintura, expansión de sus elementos esenciales y relación con la visualidad urbana, se presenta en el Centro de Operaciones Pictóricas en la Colonia Santa María la Ribera del Distrito Federal. Creada por la artista emergente Alejandra Mosig (México, 1989), la propuesta se basa en la identidad de la pintura como objeto y, por lo mismo, el conjunto de diez piezas expuesto bajo el título de Outsider: Desdoblamientos plásticos no está integrada por pinturas, sino por esculturas, relieves y una instalación.
Inspirada en los planteamientos teóricos y obras ochenteras y noventeras del estadunidense Frank Stella (1936), la recién egresada de la UNAM desdobla el color, la forma y la composición a través de cuatro materiales que considera preponderantes en la construcción arquitectónica de la Ciudad de México: madera, metal, vidrio y concreto.
Interesada también en incorporar la percepción visual de la urbe a su exploración pictórica, la artista define tres niveles de mirada que se incorporan en la conceptualización y resolución de las piezas: El nivel piso que expone al transeúnte a lo inesperado y le permite tener una relación directa con la gente, los objetos y las situaciones; el nivel ventana que aísla a la persona aun cuando le permite tener contacto visual con el exterior; y el nivel aéreo que se convierte en cotidiano por el uso de mapas y planos.
Concebidas cada una como una exploración específica, las obras abordan: la sustitución de la ilusión tradicional del espacio pictórico por la ilusión espacial de la pintura aplicada sobre tablas que se expanden en el espacio real; la pictoricidad a partir del contraste cromático de superficies de metal o madera limpias, sucias o alteradas en su color por el deterioro; el claro-oscuro por los efectos de luz y sombra que produce el reflejo de tablas pintadas en su anverso y colocadas en composiciones constructivistas sobre la pared; el misterio de las veladuras por la opacidad provocada con pintura comercial sobre vidrio; el orden de las composiciones en retícula a través de formas geométricas y orgánicas en aluminio de distintos tonos que refieren a vistas aéreas de la ciudad; la ficción de las representaciones realistas por medio de ventanas encontradas de diferentes tamaños que, al ser intervenidas con óleo y papeles pegados, parecen más una ilusión pictórica que una instalación objetual.
Sugestiva por la inevitable trasmutación de la bidimensión en tridimensión, la muestra es una atractiva oportunidad para abordar el pensamiento escultórico contemporáneo. Oscilante entre el relieve y el ensamblado, la deconstrucción pictórica de Alejandra Mosig se sintetiza en una atractiva pieza que, bajo el título de Burro, sostiene y carga a la pintura como objeto: un objeto roto reconocible, un marco vacío, y aplicaciones cromáticas sobre un soporte que pasa desapercibido.








