De Daniel Moser

Señor director:

Comparto con Javier Sicilia su afirmación de que el sistema de partidos está agotado (Palabra de Lector de Proceso 1985), y discrepo cuando afirma que es “desde el vacío” desde donde muchos –se incluye– “estamos trabajando”.

Sicilia señala que aferrarse a la construcción histórica del Estado moderno y su sistema de partidos es una “ilusión insostenible”. Estoy de acuerdo en lo que corresponde al sistema de partidos políticos, mas no en relación con el Estado.

Tal vez sería “necesario”, como dice Sicilia, hacerlo desde allí, pero esta opción resulta ser también una “ilusión insostenible”, porque, mal que nos pese, no estamos en el vacío, no al menos literalmente.

No dudo de las buenas intenciones de Javier Sicilia y de aquellas buenas personas que existen en las instituciones, y comparto su advertencia de que el esfuerzo de éstas no basta y es vano.

A mi juicio, debemos construir un nuevo orden con base en el Estado-nación, del que se han apropiado unas pocas familias que lo usufructúan gracias al control que ejercen sobre sus instituciones, el sistema de partidos y los medios de comunicación hegemónicos.

No debemos hacerlo desde el “boicot electoral” que propone Sicilia, pues sería difícil, si no es que imposible, distinguir entre quienes participan del boicot militantemente y quienes lo hacen por desidia o por la ignorancia tan eficientemente propagada desde el poder real de hoy en día.

El abstencionismo siempre resultó y resultará útil al sistema actual. Si no confiamos en ningún partido político, debemos promover el voto en blanco, para dar testimonio claro y contundente.

Atentamente

Daniel Moser

Respuesta de Sicilia

Señor director:

Permítame publicar la siguiente carta sobre las misivas precedentes.

Mil gracias, queridos Martí Batres, Olga Araseli Pérez Reyes, Martí Medina Hernández y Daniel Moser, por sus contribuciones a este debate necesario para la nación. Me habría gustado responder a cada uno por separado. Por desgracia, el tiempo y el espacio editorial no me lo permiten. Así que trataré de contestar de manera global.

Las respuestas que, en su diversidad, han dado, muestran algo fundamental sobre lo que no he dejado de insistir a lo largo de mis artículos: la crisis civilizatoria, que implica la caída de dos instituciones –el Estado moderno y el liberalismo económico–, y el nacimiento de algo nuevo que balbucean los movimientos sociales de los últimos 20 años –el más preciso, desde mi punto de vista, es el zapatismo.

Todos, incluyéndome a mí, estamos ciertos de que el modelo se acabó. La diferencia, sin embargo, entre ustedes y yo, es que ustedes se aferran al viejo orden y pretenden que la vía electoral y su sistema de partidos, que son parte de la crisis, aún son viables para esa transformación. Los argumentos de unos y otros difieren, pero coinciden en algo: quieren ir a las urnas porque hay un voto corrompido –uso los términos de Martí Medina, quien, por cierto, nunca entendió el símbolo de mis besos; lo lamento– por “el clientelismo electoral”, “el poder económico” o el uso de la fuerza.

Ese argumento me parece falaz. Ir a las urnas para contrarrestar ese voto, en particular el comprado, es simplemente legitimarlo y envilecer el verdadero voto ciudadano –¿o ya se olvidaron de que con ese voto ganó Enrique Peña Nieto?; los que no fuimos entonces a las urnas no habríamos hecho la diferencia; ya se olvidaron de que también los otros partidos hicieron lo mismo; allí está Abarca para confirmarlo–. Pensar lo contrario es no querer ver la realidad, aferrarse, como he dicho, a una ilusión.

“La más grave de las drogas paralizantes que se distribuyen entre nosotros –escribió, antes de las elecciones de 2012, Gustavo Esteva– se llama ‘la ilusión democrática’”. Conocemos ahora sus resultados: el ahondamiento del infierno y sus horrores. Continuar por esa vía es no sólo legitimar el infierno, es también darle carta de naturalización a un pensamiento fundamentalista que “consagra –dice bien Esteva—, como ideal supremo e intocable, a instituciones que ya sólo generan ilusiones de democracia y la convierten en espectáculo”. Yo agregaría: en corrupción, en muerte, en desapariciones y miedo.

Desde 2012 “los pontífices de la religión democrática” –usted, Martí Batres, continúa esgrimiendo ese argumento– insisten en que la vía electoral es la única para transformar el país, y que la otra –a eso el fundamentalismo democrático reduce la vida política– es la inaceptable vía armada.

Yo tampoco estoy por la vía armada –soy un no-violento cuyas raíces se hunden en la tradición del Evangelio y de Gandhi–, pero tampoco por la vía electoral. Ese camino ha estado y continúa estando sembrado de cadáveres y de desaparecidos y se basa también en las armas. “El monopolio de la ‘violencia legítima” –vuelvo a Esteva– que se otorgó el Estado moderno “para proteger a los ciudadanos, se usa cada vez más”, al lado del crimen organizado, que se ha instalado en su interior, “contra los ciudadanos”. La vía electoral sólo ha servido “para definir, tramposamente, quién está a cargo del gatillo”.

Necesitamos escapar de esa doble trampa. La lucha actual, la que yo defiendo, la que iniciaron los zapatistas con las autonomías y que ha ido creciendo, ya no consiste en conquistar, de una o de otra manera, ese dispositivo que se ha vuelto absolutamente violento, con la ilusión de que será posible darle funciones libertarias y emancipadoras. Consiste, por el contrario, en desmantelarlo, como decía Marx al referirse a la Comuna de París, pero de una manera no-violenta, como ha sido la lección de los últimos movimientos sociales, incluyendo el que ha generado el horror de Ayotzinapa.

Ese dispositivo, esa máquina estatal –que en México se ha vuelto genocida–, está, junto con su sistema de partidos, absolutamente deteriorada. Aunque ustedes, ingenuamente, digan que todo marchará mejor si Morena está al frente de la máquina, y que con ajustes aquí y allá, corrigiendo las atrocidades del pasado, la máquina quedará de nuevo aceitada, la realidad es la otra. Ciertamente, querido Martí Batres, Andrés Manuel no habría hecho lo que usted señala. Pero no por ello habría hecho justicia a las centenas de miles de víctimas que ha producido la máquina estatal ni habría impedido, por desgracia, ni Tlatlaya ni Ayotzinapa. “Es inútil sustituir al capitán del barco si el barco mismo es el problema y se está hundiendo”, con todos nosotros a bordo.

Las elecciones pasadas fueron –allí está el horror de Ayotzinapa como la punta de su iceberg– las de la ignominia; las próximas serán las de la ignominia del voto. Darles la espalda –habrá que convocar a un acto simbólico en las urnas–, boicotearlas, es un primer paso. Gandhi nos recordó, con profundo sentido común, que los gobiernos existen porque les damos nuestro respaldo. Cuando se los quitamos se desmoronan o quedan exhibidos e inermes frente a su ilegitimidad.

Un segundo paso es ir construyendo –lo hemos estado haciendo en los últimos 20 años– una nueva forma de relación social y política. No sabemos cómo será. Lo nuevo es siempre una invención que se construye mirándonos en lo mejor del pasado. Pero cada vez se expresa y se articula mejor en la infinidad de foros, coaliciones, coordinadoras, congresos, alianzas, movimientos que hemos ido articulando para defendernos de las mafias políticas y económicas legales e ilegales que al amparo del Estado y sus aparatos nos están destrozando e intentan reinar sobre un montón de cadáveres, de miedo y de fosas comunes. En ellos está el nuevo Constituyente que nos debemos y que necesitamos con urgencia.

Tengamos el valor de salir de la trampa y de darle rostro a lo nuevo que, contra el dolor y la muerte, ya está allí.

Los abrazo y los beso.

Atentamente

Javier Sicilia

Paz, Fuerza y Gozo