Jerusalén, ciudad crispada

La devastadora guerra de Gaza de julio y agosto pasados, la expansión de las colonias israelíes en territorios ocupados, los actos de venganza que han terminado con la muerte de palestinos e israelíes o las provocaciones de grupos radicales judíos en la Explanada de las Mezquitas han inyectado más tensión y violencia en las calles de Jerusalén. Codiciada, amenazada y dividida en dos por una línea invisible, la ciudad, corazón del conflicto palestino-israelí, vuelve a ser escenario del miedo.

JERUSALÉN.- “Nadie en esta casa lloró la muerte de mi esposo. Fue un valiente”, afirma serenamente Amira Al-Akari. En la pared, un cartel con el retrato de su marido ensalza al “mártir” de la causa palestina. Ibrahim Al-Akari tenía 38 años, cinco hijos y un empleo en el centro de Jerusalén. Era un palestino invisible: Un hombre sin historia, antecedentes penales ni pertenencia política y jamás habría llamado la atención de los servicios israelíes de inteligencia.

El miércoles 5 se levantó al alba y fue a rezar a la mezquita antes acudir al trabajo. Como cada día, a bordo de su vehículo cruzó el retén militar a pocos metros de su casa, en el campo de refugiados de Shuafat. Pasó junto a las toneladas de basura que se amontonan en el vecindario debido a la falta de servicios. Dejó atrás la colonia israelí de Pisgat Ze’ev, literalmente pegada a este barrio árabe –lo cual provoca enfrentamientos frecuentes entre judíos y palestinos– y cruzó el imponente muro de seguridad que Israel ha elevado en esta periferia de la ciudad.

A pocos metros, en la carretera número 1, la división entre las partes palestina e israelí de Jerusalén, arrolló a varios peatones que esperaban el tranvía. Un policía israelí falleció ahí mismo y una decena de personas resultaron heridas antes de que Al-Akari recibiera un disparo mortal.

“No era miembro de ningún grupo armado. Era sólo un palestino”, explica Amira casi justificando las decenas de imágenes de su esposo que cubren las paredes de las tiendas, mezquitas o escuelas de Shuafat en las cuales aparece inmortalizado junto a los líderes del movimiento islámico radical Hamas.

La noche anterior al ataque de Al-Akari, varios colonos israelíes habían intentado entrar en la Explanada de las Mezquitas, lugar venerado por ellos con el nombre de Monte del Templo. Su esposa está segura de que estos hechos influyeron en lo sucedido horas después. “Se fue a trabajar normalmente y sin despedirse, pero ahora creo que ya había planeado todo”, piensa en voz alta.

El ataque, que ningún grupo armado ha reivindicado, forma parte de una serie de actos violentos que están poniendo en jaque a las fuerzas israelíes y muestran la crispación contenida en las calles de Jerusalén desde hace años. Son los momentos más tensos en la ciudad desde 2005 y sus habitantes hablan ya de una tercera Intifada, una revuelta silenciosa y difícil de detener pues está basada en actos espontáneos de ciudadanos palestinos quienes sienten que ya no tienen nada que perder.

El martes 18 dos jóvenes habitantes del este de Jerusalén irrumpieron en una sinagoga y mataron a cinco israelíes, cuatro de ellos rabinos, a tiros, hachazos y cuchilladas antes de ser abatidos por la policía. Las imágenes de los cadáveres ensangrentados, el trajín de las ambulancias o los helicópteros patrullando sin tregua trajeron a la mente de los habitantes de Jerusalén imágenes de los momentos más duros de la segunda Intifada, la cual creyeron haber dejado atrás definitivamente.

El 22 de octubre otro palestino mató a dos personas al arrollar con su vehículo a un grupo de peatones y el 29 de octubre, el rabino ultranacionalista Yehuda Glick, que defiende el acceso de los judíos a la Explanada de las Mezquitas, fue tiroteado a la salida de una conferencia.

Desde octubre, 10 israelíes y al menos una docena de palestinos han muerto en estos incidentes violentos perpetrados en Jerusalén.

“En este momento pesan más los elementos personales que los nacionales: pesa la humillación, el hecho de que el palestino se siente deshumanizado y privado de su dignidad. Es como si (el primer ministro Benjamín) Netanyahu tuviera menos culpa de lo que pasa que el policía que día a día maltrata al palestino en la calle”, explica a Proceso Meir Margalit, pacifista israelí y exconcejal de Jerusalén.

El atentado en la sinagoga, el más mortífero de los últimos años en esta ciudad, fue considerado por grupos radicales palestinos (como Hamas y la Yihad Islámica) la “respuesta lógica” a las provocaciones de Israel en la Explanada de las Mezquitas.

Pese a los llamados de la comunidad internacional a la contención de las partes, la respuesta a la violencia parece ser más violencia. Por la noche del martes 18 Netanyahu ordenó la demolición de las casas de los autores de los ataques de los últimos días y anunció que se instaurarán nuevos puntos de control en la parte oriental de la ciudad, lo cual dificultará aún más la circulación de palestinos.

“Hay quienes quieren expulsarnos de nuestra tierra y de nuestra capital pero no lograrán su objetivo. Estamos librando una batalla por Jerusalén, nuestra capital eterna”, declaró Netanyahu horas después del atentado.

Hace años que el día a día en Jerusalén no es fácil para los palestinos, quienes son 39% de la población de la ciudad pero son considerados ciudadanos de segunda. Tampoco es un camino de rosas para los israelíes, sobre todo los laicos, quienes ven con espanto una ciudad cada día más extremista de la cual sólo quieren marcharse.

Codiciada como capital de Israel y de un futuro Estado palestino, toda Jerusalén está bajo control israelí pese a que la comunidad internacional no reconoce la ocupación y anexión de la parte oriental de la ciudad por parte del Estado hebreo en 1967.

“Un israelí laico, liberal y humanista no puede amar Jerusalén. No se puede querer una ciudad que es inmoral”, resumía el periodista y escritor israelí Gideon Levy en una columna de opinión publicada en el diario Haaretz el domingo 2.

“Jerusalén es una ciudad dividida en tres planetas: judíos laicos, judíos ortodoxos y palestinos. Por eso Jerusalén es una ‘no-ciudad’, porque cualquier ciudad tiene que tener algo que una a sus componentes y en ésta no lo hay. El modelo de Jerusalén como ciudad unificada que predica Israel se ha desmoronado y los ataques de los últimos días son la prueba de que algo no funciona”, corrobora Margalit.

Lenta invasión

El detonante de esta ola de violencia en Jerusalén fue, para numerosos analistas políticos israelíes, la muerte en junio del joven palestino Mohammed Abu Khdeir, quemado vivo por colonos israelíes. Siguió la guerra en Gaza, la tensión en torno a la Explanada de las Mezquitas y el avance implacable de la construcción de casas israelíes en la parte palestina de Jerusalén y en Cisjordania. A finales de octubre Israel anunció la construcción de más de mil casas en la zona árabe de Jerusalén, donde ya viven 250 mil colonos.

Los enfrentamientos entre jóvenes y policía israelí en estos barrios del este de la ciudad son prácticamente diarios y en las últimas semanas, más de 200 palestinos, la mayoría menores de edad, han sido detenidos, según el diario Yediot Ahronot.

“Israel está aplicando una política deliberada de provocación y sectarismo en Jerusalén. Es algo peligroso e irresponsable que genera una gran inestabilidad y lleva a más violencia”, advirtió a un grupo de periodistas esta semana Hanan Ashrawi, del comité ejecutivo de la Organización para la Liberación de Palestina.

La tensión se siente como una corriente eléctrica en la Explanada de las Mezquitas, un impresionante recinto en la ciudad vieja, donde se alzan la mezquita Al Aqsa y la Cúpula de la Roca. Este es el tercer lugar santo de los árabes después de La Meca y Medina, está administrado por Jordania y sobre él impera un statu quo desde 1967 que veta cualquier rito religioso que no sea musulmán.

“La finalidad de nuestra organización es romper ese status quo. Los judíos no podemos limitarnos a poner fotos del lugar en nuestra página en Facebook, debemos estar presentes en el lugar”, explica Yaacov Hayman, de la organización ultranacionalista Haliba.

Judíos radicales utilizan diferentes estrategias para ‘colarse’ cada día junto a los turistas en la Explanada de las Mezquitas e intentar rezar en su interior, antes de ser detectados por la policía israelí que vigila el lugar y escoltados hasta la salida, bajo los gritos de “Alá es el más grande” proferidos por musulmanes indignados.

Ante escenas como ésta, prácticamente cotidianas, el gobierno israelí intenta calmar los ánimos y garantiza que el status quo será preservado.

“Somos musulmanes. Al-Aqsa es nuestra. Los israelíes nos prohíben entrar a rezar si tenemos menos de 50 años porque nos consideran peligrosos y, sin embargo, dejan entrar a extremistas a profanar el lugar”, dice furioso Khaled Hoshiyah, taxista palestino.

Ciudad rica, ciudad gueto

La realidad es que palestinos e israelíes viven dándose la espalda en Jerusalén. El oeste y el este de la ciudad no tienen fronteras físicas pero la convivencia entre sus habitantes parece una utopía. El desconocimiento del otro fomenta la desconfianza y alimenta la crispación.

“Sólo estoy tranquila cuando mis siete hijos están en casa y la puerta está cerrada e incluso así tengo problemas para dormir. Yo ya no voy al oeste a hacer compras, no tomo autobuses israelíes ni el tranvía. Tengo miedo a que los israelíes me hagan algo o me incomoden por usar velo. La situación es insostenible”, explica Rania Abu Hadwan, madre de familia residente en el campo de refugiados de Shuafat.

El palestino que vive en el este de la ciudad no es considerado ciudadano al ciento por ciento. Posee la tarjeta de azul de residente, la cual le da derechos médicos y sociales pero también obligaciones, como el pago de altas tasas municipales que no le garantizan los servicios mínimos: Toneladas de basura se amontonan en las calles de barrios como Shuafat o Silwan, el servicio eléctrico y de telecomunicaciones son precarios y el acceso a la educación o salud pública resultan complicados.

“En este momento nadie ni nada puede protegernos de un palestino desesperado que quiere matar a un judío”, zanja Ofer Rinat, estudiante israelí, mientras aguarda, mirando con gesto inquieto a su alrededor, la llegada del tranvía.

Las autoridades han incrementado la vigilancia y colocaron bloques de cemento de un metro de altura frente a varias estaciones para evitar nuevos atropellos, pero estas medidas no han servido para tranquilizar a los pasajeros.

El tranvía, inaugurado hace tres años con la idea de acercar a judíos y árabes de Jerusalén, ya que transita por ambas partes de la ciudad, ha fracasado en su objetivo y es un ejemplo revelador de la ruptura que se vive en Jerusalén.

“Creo que la solución es una división funcional de la ciudad: dos alcaldías, dos banderas, porque la situación no se podrá sostener mucho más tiempo. El modelo actual es injusto y no se podrá mantener a largo plazo por la fuerza”, agrega Margalit.

La mayoría de israelíes y palestinos sienten que el tiempo para contener la cólera y los deseos de venganza está contado. En un momento en que las conversaciones de paz están totalmente congeladas, el presidente palestino Mahmud Abás intenta avanzar en el terreno diplomático. Al reconocimiento de la necesidad de un Estado palestino soberano por parte de varios países europeos se sumará en breve la presentación de una resolución palestina en el Consejo de Seguridad de la ONU, con un cronograma para terminar con la ocupación israelí en tres años.