Mohamed J. nunca ha entrado a la mezquita de Al Aqsa, una de las tres más sagradas de los musulmanes. No lo ha hecho por dos razones: Porque no es religioso y ostenta con orgullo su laicismo y porque los israelíes no le han dado permiso de salir de Cisjordania y cruzar Jerusalén Este.
Pero las excavaciones debajo de las mezquitas para construir catacumbas, las infiltraciones de judíos en dichos templos musulmanes, los reclamos en el Parlamento para recuperar lo que ellos llaman el Monte del Templo, representan para Mohamed signos evidentes de que pronto comenzará la destrucción de la Explanada de las Mezquitas –donde Al Aqsa es el edificio principal– con el propósito de dejar el espacio libre para erigir sobre sus ruinas el tercer templo del rey Salomón.
“Todo está ligado, no puedes ver la ofensiva contra Al Aqsa como un hecho aislado”, explica. “La guerra en Gaza, la constante ampliación de las colonias judías ilegales en territorios palestinos, la destrucción de nuestros olivares, el envenenamiento de los pozos de agua. Su objetivo (de los judíos) va mucho más allá de hacer imposible la fundación de un Estado palestino soberano, quieren que sea imposible que los palestinos sigamos viviendo en nuestra propia tierra”.
Para lograrlo, prosigue, quieren destruir “todo aquello que nos da raíces aquí, los medios de vida pero también los símbolos de identidad: Ellos creen que eliminar la mezquita de Al Aqsa borrará nuestra conexión con Palestina, borrará el significado mismo de ser palestino y nos marcharemos porque tendremos hambre y ya no habrá nada que amarre nuestro corazón a estas colinas”.
Para muchos jóvenes en Cisjordania, la tercera Intifada (“sacudida”, en árabe) es una especie de sueño o promesa: El éxito que las dos anteriores (iniciadas en 1987 y en 2000) no consiguieron, podría ser alcanzado con un intento más. Los rumores son una constante entre los palestinos: cada fecha significativa del año, como el Día de la Naqba (tragedia) los 15 de mayo, o cada evento relevante, como la campaña para convertirse en miembro de pleno derecho de la ONU en noviembre de 2011, es augurado como el detonador de la nueva insurrección popular.
Ello, sin embargo, no está en el interés de los principales actores políticos palestinos: no lo desea el presidente de la Autoridad Nacional (gobierno), Mahmud Abás, ni su partido Al Fatah, como tampoco lo quiere su rival acérrimo, la milicia islamista Hamás. Las Intifadas anteriores se caracterizaron por quedar fuera del control de las organizaciones tradicionales y tanto Al Fatah como Hamás dominan territorios que desean proteger.
La posición de Hamás –que en cada guerra de Gaza se autoproclama campeón de la causa nacional y de la resistencia antiisraelí– es algo ambigua, pero la de Fatah es clara: nada de motines generalizados.
La diferencia con los años recientes es que las juventudes de Hamás y de Fatah, sujetas a liderazgos verticales y férrea disciplina, parecen estar perdiendo la fe en sus dirigentes e inclinarse hacia la rebelión.
“Nos oponemos al terrorismo, de eso no hay ninguna duda, pero no hay forma de que nos opongamos al descontento popular”, admite Mohamed, quien pide ser llamado sólo por su nombre para proteger su identidad, pues la forma en la que habla rompe con la postura oficial del partido al cual pertenece, Al Fatah. “Naturalmente, nuestro líder piensa distinto, pero si el alzamiento popular que ha estallado en Jerusalén escala, nos pondremos al frente del combate”, afirma.
“Eso lo veremos”, ironiza cuando se le pregunta al respecto a Said Abu Yibeil, miembro de Hamás. Él está en Gaza y Mohamed en Ramala, ambos separados por un brazo desértico de Israel, pero Said afirma que sus compañeros en Cisjordania piensan igual: “Si es necesario que vayamos un poco más allá del esquema estratégico de nuestros líderes, no nos quedará más remedio que hacerlo, porque no vamos a permitir que los judíos pisoteen suelo sagrado de los musulmanes.
“El pueblo palestino se levantará únicamente bajo la guía de Dios. Y los jóvenes de Al Fatah están equivocados si creen que pueden ponerse al frente: El pueblo palestino nos quiere a nosotros, hemos demostrado la fuerza de nuestra fe y la agudeza de nuestras espadas. Vendrán con nosotros, pero detrás, hasta que no demuestren que han entendido las señales de Dios.”
Diálogo agotado
En ambos casos lo que predomina es el hartazgo con la vía de diálogo que sigue Abás: “Es un juego en el que los israelíes tienen todas las fichas, los dados y hasta el tablero”, denuncia Ibrahim M, activista de Al Fatah en la ciudad de Nazaret, también en Cisjordania.
“Todo el proceso de paz ha sido un engaño: Si nos sentamos a la mesa con los israelíes, construyen más colonias y destruyen más olivares; si nos levantamos de la mesa, dicen que por eso tienen que construir aún más colonias y destruir todavía más olivares. Si los palestinos estamos divididos, dicen que no pueden llegar a acuerdos con nosotros porque estamos divididos; pero si sumamos a Hamás a un gobierno de unidad, dicen que no hablarán con nosotros porque estamos junto a terroristas. El resultado es que cada año perdemos y perdemos, siguen matando a nuestros hermanos, esto no tiene fin. Y ahora van a destruir Al Aqsa, nuestra joya más preciada.”
Desde su punto de vista Israel está contra Hamás sólo en el discurso porque “en los hechos, se dedica a debilitar al presidente Abás. Si él favorece una solución negociada, no recibe ni una sola concesión de Israel, al contrario. Pero si Hamás secuestra soldados israelíes o se va a la guerra con Israel… ¿a quién le dan más concesiones?”.
En Ramala, Mohamed J, a sus 30 años, reconoce que está cansado de apostar por la paz. Ha pasado largas temporadas esforzándose en cimentar las iniciativas de diálogo que lanza el presidente “sin que una sola de ellas haya fructificado. No han servido de nada”.
Por el momento, afirma, él y sus compañeros sólo observan el desarrollo del conflicto, pero “la hora de intervenir y darle forma a la Intifada se acerca cada día”.
Ya anticipa cómo será la insurrección: “Las dos Intifadas fueron diferentes. En la segunda, la policía palestina (un cuerpo dotado sólo de armas de bajo poder) se enfrentó al ejército israelí. Eso no sirvió de nada y dio justificación a la brutalidad de sus represalias. Y el presidente Abás no permitirá que la policía salga de su control. De manera que será más parecida a la primera Intifada, con grandes manifestaciones en Jerusalén Oriental y en Cisjordania, con enfrentamientos entre civiles desarmados y los soldados mejor equipados del mundo”.
Ante tal desequilibrio, ¿podrán evitar una derrota? “Tenemos la fuerza moral. La fuerza de la verdad y de la razón. El mundo entenderá que estamos resistiendo una ocupación sin fin, una ocupación eterna. No la puede permitir más”.








