Adán (Tom Hiddleston), músico compositor, y Eva (Tilda Swinton), devota del arte y la literatura, se aman desde tiempos inmemoriales. Ella pasa el tiempo en Tánger y él en Detroit; no necesitan vivir juntos; cuando la pesadumbre lo agobia a él, ella acude a consolarlo.
Poco importan las complicaciones de vuelos y conexiones de noche, el reencuentro se celebra con unas copas de sangre tipo O. Adán y Eva forman una pareja de vampiros que sobreviven, aturdidos, en un mundo habitado por seres que ellos llaman “zombies”, muertos vivientes que han perdido el entusiasmo creativo, no respetan el pasado y han contaminado su propia sangre.
Para quien subestime el cine de Jarmusch, Sólo los amantes sobreviven (Only Lovers Left Alive; Reino Unido-Alemania, 2013) parecerá sólo un caprichoso estudio sobre la decadencia, un pretexto para pontificar contra la grosería y el mal gusto. En realidad, languidez y zozobra marcan la obra del director de Hombre muerto (1995); sus héroes padecen una profunda melancolía que sólo el arte ayuda a sobrellevar; los pocos que sobreviven son como esta pareja que paladea la sangre que escurre por las comisuras de los labios.
Se requerían actores como Hiddleston, Tilda Swinton o Mia Wasikoswka (aquí la incontrolable hermana menor de Eva), para expresar, como nunca en la pantalla, el gozo que brilla a pesar del humor melancólico en el rostro cuando los vampiros paladean la sangre servida en copas de Baccarat. Adán, pariente cercano de Des Esseintes, el antihéroe de la novela de Huysmans (A contrapelo) que componía sinfonías de fragancias. Músico “underground” y compositor fantasma, Adán se deleita con su colección de guitarras de rock, el arte de su manufactura, la resonancia de sus maderas preciosas.
Jim Jarmusch marca un eje entre Tánger y Detroit, dos capitales culturales que conectan milenios de cultura, los romanos, la cultura del Islam, la ciudad amada de Delacroix, Matisse, Yourcenar, Paul Bowles, con la ciudad del Motown y del soul. La vida que fluye por las venas de estas dos ciudades es nocturna, desolada y decadente. Christopher Marlow, amigo de Eva, vive oculto en Tánger; Jarmusch explota la leyenda de la desaparición del dramaturgo, espía de la reina, asesinado en una riña de taberna, para elogiar la lengua y la cultura isabelinas.
Pero aun sin las citas y referencias culturales, el retrato de esta pareja, amante del arte y de la ciencia, en el fondo profundamente humanista, cautiva al espectador por su suavidad y capacidad para maravillarse por la vida. Y desde luego, un cuadro hecho de claro-oscuro, de tonos deslavados que se animan con la sangre, requiere dosis de humor. Nadie mejor que Jarmusch para deslizar la situación más absurda o trágica hacia la risa.
Sólo los amantes sobreviven es un todo manifiesto artístico que puede irritar a muchos por su falta de corrección política.








