Libro del FCE sobre Revueltas*

José Revueltas considera la vida, literalmente, como una lucha permanente. “Vivir no es necesario, luchar es necesario”, decía parafraseando a Magallanes. Su pasión de juventud, que junto con la literatura será también la pasión de su madurez, es la política, el combate contra la injusticia. Incluso desde la infancia, si damos fe a declaraciones de 1975, en las que se le recuerda acompañando a su padre a la casilla electoral donde éste iba a votar para elegir al gobernador de Durango, en 1920, poco después del movimiento armado. En ellas evoca también que para tratar de entender la Revolución rusa y el espartaquismo alemán se preguntaba “¿quiénes eran los bolcheviques y los espartaquistas?”. Asimismo, a propósito de la fuerte impresión que le hizo la guerra de los cristeros, iniciada en 1926, Revueltas dice algo sintomático: “yo simpatizaba con este levantamiento, en cuanto a que representaba la oposición, no en cuanto a su ideología, desde luego”, lo que revela en pocas palabras su rechazo visceral a la opresión. (Los cristeros, por cierto, están muy presentes en ciertos cuentos y novelas suyos). También recuerda el asunto Sacco­ y Vanzetti (ejecutados en agosto de 1927), que lo impresionó mucho: “Esto despertó grandemente mi imaginación. Pensaba yo en algo catastrófico: que Estados Unidos nos iba a declarar la guerra y no sé qué más fantasías igualmente aterradoras”.

Revueltas termina esa enumeración volviendo a su mundo y a escenas que veía a diario (“y luego el maltrato a los peones mexicanos, ya aquí en la Merced, donde vivíamos, me irritaba profundamente, me daba el sentido de la justicia”), para concluir que todo aquello determinó un rasgo dominante en él: “el deseo de luchar”. Aun cuando la lucha por la justicia y la libertad puede conducir a la muerte, él acepta conscientemente tal riesgo:

estamos en la lucha de clases. Evidentemente hay que ser consecuente con lo que implica este tipo de lucha. Si uno es oportunista, pues el camino lo tiene más allanado, pero a condición de inclinarse al servicio, de simular. Pero eso sí no; yo no cederé hasta el último momento de mi vida. [ … ) Se amarga una gente que está toda su vida en puestos públicos, un chambista, ¿no? Pero, ¡qué diablos me importa a mí no comer; bueno, pues no como y ya!

Esos recuerdos se ven confirmados por testimonios escritos de la época, aquellos que provienen de los contemporáneos que lo conocieron bien: el de su hermana Rosaura, por ejemplo. En una carta de 1934, después de aceptar que él la trate de burguesa (“no lo puedo remediar, soy burguesa, y no podré dejar de serlo hasta que me muera, a menos que se operara en mí una catástrofe interior”) y de reprocharle su ignorancia, su desinformación, ella no le oculta su admiración: “Yo no te culpo porque seas como eres, yo pienso que si hubiera sido hombre, habría sido más impetuoso y apasionado todavía que tú”. Más tarde; su hermana mayor, Consuelo, cuenta que, cuando José tenía unos 13 años (en 1927), trabajaba en una ferretería donde recibió la influencia de camaradas de trabajo “que eran absolutamente de izquierda”, y “empezó a tener la cabeza llena de esas ideas”. Luego, en la época en que estuvo en la correccional (1929-1930), cuando Consuelo iba con su madre a visitarlo, apunta dos rasgos de su carácter: la firmeza (“el mundo es muy injusto”, responde él, “todo flaco, terco en sus ideas”, a su madre) y la compasión hacia sus compañeros de infortunio (en una tentativa de evasión por un orificio en el techo junto con un co-detenido, los habían vuelto a agarrar debido a que un reo más joven les había suplicado que lo llevaran con ellos y al que Revueltas no pudo decidirse a abandonar).

Ese inquebrantable deseo de lucha y esa compasión son constitutivos de la mayoría de los militantes comunistas de aquella época; Revueltas sólo fue uno entre muchos, aun cuando estos atributos parecen particularmente acentuados en su caso. Veremos que a lo largo de su vida se operó un deslizamiento a partir de estos rasgos (militancia y firmeza, de un lado, y compasión del otro) hacia el binomio soledad-solidaridad, que es el que en última instancia lo caracteriza mejor.

Revueltas conoció momentos muy severos en sus experiencias carcelarias, pero siempre fue discreto sobre ellas, tanto en sus relatos testimoniales como en su ficción. Si omitimos la semana en la prisión de la Sexta Delegación “en condiciones muy feas” antes de la correccional, los trabajos forzados en las Islas Marías, las huelgas de hambre, etcétera, el horror es esencialmente interior, psicológico, moral. Para él la prisión política ennoblece a aquellos que la sufren, cualesquiera que sean sus ideas, incluso si se trata de sus enemigos. Se siente cercano a los cristeros encarcelados junto con él y sus camaradas a finales de los años veinte, porque unos y otros luchaban contra un enemigo común, el Estado laico y capitalista, esencialmente “malo”: diabólico para los cristeros, burgués y reaccionario para los comunistas mexicanos. Revueltas manifiesta una verdadera solidaridad entre presos políticos que no son del mismo campo. Aparentemente todo los opone, pero su enemigo común, su encarcelamiento injusto mientras luchan por un ideal de comunidad humana en la que todos serían iguales (en el cielo o en la tierra), su equidistancia respecto a los guardianes (símbolo del poder) y a los presos comunes (símbolo de la sociedad “mala” a la que es preciso regenerar) los acercan y unen temporalmente.

Testimonios de prisión

Aun cuando todos los testimonios de prisión merecen examinarse (de las cartas a los relatos literarios pasando por los grafitos, etcétera), en su libro sobre los “escritos de los presos políticos” Bernadette Morand limita su estudio a los textos testimoniales, “excluyendo los textos puramente literarios y de imaginación”, que contienen en general poca información sobre la vida material y moral de los presos, y conserva sólo los temas esenciales, que se imponen por su frecuencia en los escritos de los hombres y mujeres “encarcelados a causa de combatir, por un ideal, a un régimen que juzgan contrario al derecho y a la moral”, en particular “las víctimas de la represión instaurada por los poderes dictatoriales”.

Una de las constantes que este tipo de escritos revela “en hombres que al parecer todo debiera separar: origen, lengua, país, época, creencia”, es la voluntad de testimoniar. Disposición que se ve evidentemente reforzada en los presos políticos, ya que están comprometidos con una lucha precisa que no se acaba con su detención. Otras veces la cárcel puede convertirse en lugar de resistencia, como lo vimos en el caso de Revueltas, aun cuando la privación de libertad restringe el activismo de una manera u otra e implica un suplemento de sufrimientos (físicos y/o morales). Se crea una situación límite que clarifica la lucha, un maniqueísmo que permite lanzarse a fondo en la crítica del régimen odiado, atacando a uno de sus símbolos represivos por definición: el sistema carcelario. La prisión refuerza, e incluso justifica, la posición de denuncia del preso: si tal régimen lo encierra cuando pelea por un ideal de justicia, significa para él que es intrínsecamente malo.

Con la voluntad de recuperar el sentido de la fraternidad, y defenderla a toda costa para salvaguardarla y transmitirla a los demás, el preso se vale del acervo común del lenguaje: “las palabras permanecen como el único poder del detenido, su única arma. Poder sin límites; poder irrisorio si no hay nadie para recibir el testimonio. Ellos [los detenidos]quisieron hacer accesible una experiencia cuyo objetivo era precisamente privarlos de toda comunicación”. Si bien Revueltas conoció sólo brevemente la terrible experiencia del aislamiento, en el plano intelectual sufrió la tortura infligida por el dogma, en política a causa de la mentira estalinista y, en estética, a causa del realismo socialista. Es clara su preocupación por testimoniar y denunciar tanto las mazmorras del enemigo de clase como la cárcel del dogma.

Las más de las veces el poder considera a los presos políticos como irrecuperables y peligrosos, y se entiende el temor de los dirigentes frente a esos hombres inflexibles: eliminándolos físicamente se corre el riesgo de transformarlos en héroes, y dejándolos comunicar, el de verlos sublevar a las muchedumbres. Morand recuerda con razón que “la palabra más reveladora sobre las intenciones de los jueces para con los acusados políticos es ciertamente la del procurador en contra de Gramsci: ‘es preciso impedir que funcione este cerebro’”. Éste es el objetivo último del poder represivo moderno: neutralizar a sus oponentes atacando no tanto sus cuerpos, sino sus capacidades cerebrales. Es otra característica de los escritos de los presos políticos, ya que todos parecen tener esa angustia siempre presente en la mente, conscientemente o no; de ahí su “preo­cupación permanente por conservar intactas [sus] facultades intelectuales”.

No aparece este tipo de inquietud durante las primeras dos etapas carcelarias de Revueltas; en cambio, con la edad quizá, es patente cuando está en Lecumberri, en particular cuando se entera de que ha sido condenado a 16 años de prisión. Se rebela contra esta sentencia en un texto tan breve como intenso y contundente; después de desacreditar un juicio llevado a cabo por un régimen que muestra su rostro dictatorial y que será juzgado a su vez tarde o temprano, explica que, más allá de los individuos condenados, sus camaradas y él mismo, el poder no puede alcanzar su espíritu:

Contra ese espíritu y ese pensamiento, usted, señor juez, no puede nada […] ni lo podrá jamás. […] Ustedes no pueden matar nuestro cerebro ni tampoco lo invalidan con todos los años de cárcel que nos echan encima. Desde luego que nuestro cerebro no es inmortal ni lo son tampoco las obras que de él han nacido, ni las que nacerán en los años venideros. Pero mientras viva y trabaje nuestro cerebro, nuestro pensamiento, ustedes serán impotentes para detener su acción.

Siempre modesto respecto de su persona y del valor de sus propios escritos, a los que no concede la inmortalidad, Revueltas da cierta importancia, no obstante, a las reflexiones que emanan de su mente y la de sus compañeros en relación con una anhelada evolución sociopolítica satisfactoria de su país. Quiere decir que, como buen preso político, se rebela contra la idea de que puedan callarlos (a él, a ellos); no puede aceptar la idea de ver su cerebro reducido al silencio. Por lo demás, lo cree imposible porque está convencido del carácter histórico del movimiento de 1968, que algún día logrará acabar con la iniquidad, la opresión, la corrupción reinantes en el México de los años setenta.

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* De la nueva edición de El árbol de oro. José Revueltas y el pensamiento ardiente, que el Fondo de Cultura Económica pondrá en venta en un par de semanas.