En la Muestra de Otoño

En un remoto convento en la Polonia de los años sesenta, una novicia huérfana, Ana (Agata Trzebuchowska), se halla a punto de pronunciar sus votos; antes de hacerlo, la superiora le ordena que visite al único pariente que tiene y no conoce. Wanda (Agata Kulesza), hermana de su madre, le rebela que es judía y su verdadero nombre es Ida; a regañadientes la lleva a conocer el pueblo donde nació y donde sus padres murieron asesinados durante la guerra.

La fotografía en blanco y negro de Ida (Polonia- Dinamarca- Reino Unido; 2013), con sus cuadros austeros y composiciones geométricas, cielos grises y desolados, movimientos de cámara apenas perceptibles, rostros a veces ensombrecidos, a veces a plena luz expuestos como cuerpos desnudos, evoca el cine de los maestros polacos de la época, Roman Polanski, Jerzy Kawalerowicz (Madre Juana de los Ángeles), Andrze Wajda.

El director de este admirable trabajo se llama Pawel Pawlikowski, un polaco emigrado a la Gran Bretaña donde se le conoce por su trabajo en la BBC; el contacto con sus raíces genera un brío que no se sospechaba en su muy premiada película, Un verano de amor (2004). Ida es pura textura emocional contenida en sus imágenes, las que se muestran y las que no se ven pero sugieren los silencios, todo lo no dicho que el espectador tiene que completar, las masacres y las traiciones de la Segunda Guerra Mundial en este país asediado primero por Hitler y luego por el estalinismo.

Primero combatiente contra los nazis y luego fiscal del partido comunista, Wanda es ahora una irritable cuarentona, alcohólica, desencantada y cínica, pero vital y ávida de sexo; Ida es una imposible página en blanco, virgen católica que tiene que enfrentar un pasado lleno de cadáveres y lodo. Podría pensarse en una historia de revelación y conversión, el rostro y la mirada de Ida recuerdan a los personajes melancólicos de Bresson. Pero Ida sólo destapa lo que la Polonia moderna evita tocar, un pasado repleto de víctimas, victimarios y colaboradores en ambos frentes; como comenta el extraño individuo que ocupa la casa donde vivieron los padres de Ida: en este lugar nunca hubo judíos.

El viaje de Ida y Wanda es un viaje a las entrañas del pasado polaco. Wanda se asocia a la frustración de la lucha, la trampa del totalitarismo; Ida, la fórmula religiosa, la apuesta del catolicismo. El director se muestra un tanto imparcial entre ambas tendencias; lo fascinante es la confrontación entre dos maquinarias, el Estado y la religión. Dicho así suena a cine político; la verdad es que ni Wanda ni Ida encarnan ideas, cada una posee una dimensión propia.

Pawel Pawlikowski es un poeta consciente de que para avanzar en la vida hay que destapar las heridas que no han cicatrizado.