En el contexto del evento La Catrina Fest que organizó la delegación Cuauhtémoc de la Ciudad de México con motivo del Día de Muertos, la Galería Patricia Conde montó una atractiva exposición fotográfica en la que se presentaron distintas interpretaciones de rituales, actitudes y estéticas visuales vinculadas con la tradicional celebración.
Producida en colaboración con la asociación civil México, arte, tradiciones y sabores, La Catrina Fest se desarrolló de manera escalonada desde el 23 de octubre hasta el domingo 2 de noviembre con dos tipos de actividades: espectáculos multidisciplinarios realizados en la explanada del Monumento a la Revolución, y un circuito de ocho galerías de disparejo nivel artístico ubicadas extrañamente y en su mayoría, en la delegación Miguel Hidalgo.
Emplazada en esta última, la prestigiada Patricia Conde colaboró con una selección de 22 obras de creadores nacidos entre la primera década y los años setenta del siglo XX. A través de imágenes directas, recreadas e intervenidas, la exhibición –carente de un título específico– evidencia la hibridación entre los imaginarios indígenas y occidentales, el protagonismo de la calavera como ícono del Día de Muertos, el uso comercial de las tradiciones, el romanticismo de la mirada de algunos fotógrafos, y el gusto por la fascinante –o aterradora– fusión de lo tangible y lo intangible.
Con un realismo dramático basado en los fuertes contrastes entre el color, la oscuridad y la luz puntual de las velas, Gabriel Figueroa deja testimonio del misticismo y misterio con el que se vive la tradición en zonas rurales. En blanco y negro y por medio de un niño de rostro inexpresivo, que portando dos grandes cuernos en su frente se encuentra entre numerosas veladoras y flores, Francisco Mata capta la homogeneización y pérdida de individualidad que existe en la urbe. El altar como ofrenda a las almas descarnadas se percibe en la sórdida imagen blanco y negro de José Antonio Martínez; el altar como ornamento, saturado de flores e imágenes que opacan al recordado, se devela en la fotografía a color de Maritza López.
La fusión de dos estereotipos, el del Halloween como espectáculo de terror y el de la irreverencia mexicana ante la muerte, se descubre en el diablo sentado entre ataúdes de Susana Casarín. El uso comercial y el predominio de la calavera como máscara son parte de la propuesta de Yolanda Andrade. Entre lo más seductor, además del emblemático Mictlan de Mata (2005), se cuentan las espléndidas fotografías de niñas intervenidas con óleo de Cristina Kahlo. Provenientes de la Serie Noviembre 2 que realizó en 2004 y 2005, las piezas se imponen con una poética que transita entre el gusto decimonónico, la evocación a presencias fantasmales y el disfraz contemporáneo. También con una intervención de óleo sobre impresión fotográfica, Lourdes Almeida, en la Galería Óscar Román, destaca con el Espíritu de Don Giovanni, de 1991.
Concebida como parte de La Catrina Fest, la muestra no merece terminar al mismo tiempo que el evento.








