Aguirre y Padilla, Chuchos

La espeluznante afrenta a 43 muchachos normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, crimen que clama al cielo, volvió a sacar a las calles el 22 de octubre a multitudes de indignados. Estas manifestaciones son indicadores claros de que nuestra población se encuentra harta de tanta impostura y mezquindad por parte de la clase gobernante. Los señores que ocupan los escaños del poder deben proceder con cuidado, atender estos síntomas, antes de que el torrente se salga de cauce.

Por lo pronto, la ritualidad impertérrita de quienes toman decisiones en la cosa pública dio un paso esperado precisamente por ser un ritual. El señor Ángel Aguirre Rivero ocupaba el puesto de gobernador de Guerrero. Pidió licencia de su cargo. Es liturgia vieja. Su Congreso le acepta la licencia y lo suple por otro. Si es licencia, podía nombrar un encargado del despacho. Si el Congreso se tomó la molestia de suplirlo con un nuevo personaje, debía haberle exigido a Aguirre la renuncia. Pero tanto los diputados como los personeros que actúan en esas tablas viven sometidos a la tiranía de los libretos aprendidos. No se salen un milímetro de lo que se les marca en dichos guiones.

No vale la pena revisar minucias que parecen intrascendentes. Hay asuntos que laten y punzan más al fondo en nuestro aterido cuerpo social. Que los estudiantes de las universidades más importantes del país hayan hecho suyo el reclamo de salir a las calles a protestar por la torpeza de las autoridades por el atropello a los muchachos normalistas, obligó a los titiriteros de la Universidad de Guadalajara, la segunda del país en cosa de cantidades, a dar la cara. La dieron, desde luego. No mostraron su mejor rostro, simplemente porque ése, el mostrado, es el único que tienen. No podían darse esta vez el lujo de apartarse de la corriente crítica nacional, como lo hicieron en 1968.

Lo de hoy guarda muchas similitudes con aquellos acontecimientos. Las manifestaciones de entonces fueron muy nutridas y combativas. El gobierno de Díaz Ordaz contestó a la demanda popular con el peor de los expedientes imaginables: el asesinato a mansalva de aquellos muchachos levantiscos. Mandó a las Fuerzas Armadas a masacrar a muchachos inermes, fingiendo repeler un ataque. Ante aquellos trágicos acontecimientos, los directivos de la UdeG se pusieron de lado de la represión, apoyaron y hasta aplaudieron las medidas de fuerza.

Los universitarios de todo el país abrieron los ojos, sorprendidos de tamaña actitud lacayuna. Nunca lo han perdonado. En cada foro, en cada oportunidad en que sale el tema, restriegan su abyección pasada a los colegas tapatíos. No queda otra a éstos que bajar la cara, roja de vergüenza. Esta vez pues no podían darse el lujo de abstraerse de nuevo a la dinámica solidaria actual, que mueve a los universitarios del país por el atropello sufrido en los muchachos de Ayotzinapa.

Pero los directivos de la UdeG son torpes. Su oportunismo pertinaz les ha vuelto lerdos. Como se atienen, igual que los políticos de Guerrero y la dirección nacional del PRD, al libreto de la sumisión al poder establecido, se les prenden las luces tarde o nunca. Era clamor nacional realizar un paro de labores el día 22 de octubre y salir a las calles a ritmo de protesta. El rector Tonatiuh Bravo tomó los micrófonos para “autorizar” que sus estudiantes se sumaran a la inconformidad “sin suspender clases”. No se ocupa mucho para captar la dimensión de estulticia que envuelve semejante declaración.

Fue la muerte de un estudiante de CULagos en el Festival Cervantino de Guanajuato, en circunstancias extrañas, lo que les dio el garlito para salvar el compromiso tácito con el gobierno en turno de manipular y mantener en silencio a la base estudiantil. Al hacer aparecer dicha muerte como una felonía más de agentes policiacos, sin que tuvieran a la mano pruebas palmarias para tal señalamiento, aflojaron las tenazas del control que ejercen sobre el estudiantado y “autorizaron”, ahora sí justificadamente, no sólo la suspensión de clases los días 22 y 23 de octubre. “Permitieron” que sus muchachos salieran a las calles a clamar y a proferir consignas.

Por esa razón hubo en Guadalajara ese día dos manifestaciones. Por la mañana marcharon huestes convocadas por la FEU, procesión oficial, anodina a pesar de su número. No se sumaron a la vespertina, más reducida pero plena de calor combativo y sinceridad. La suya fue más bien un paseo de carnaval. No podía ser de otra manera. La convocaron actores políticos que calculan sus pasos al son de nunca romper el libreto asignado. Acólitos sometidos a la ritualidad del poder en el país, jamás dan paso por iniciativa propia.

Se entiende bien que en Guerrero, Aguirre Rivero haya sustituido a Rubén Figueroa, tras la masacre de campesinos opositores en Aguas Blancas en 1995. Y que lo haya sido con las siglas del PRI. Lo que ya no se entiende tan bien es que 15 años después llegara a la silla de ese mismo gobierno con las siglas del PRD. ¿Quiénes y cómo lo trasegaron de un “partido oficial” a otro “opositor”, para mantenerlo activo en el pebetero? ¿Es acaso su propia audacia e inteligencia la que lo mantenía siempre en primera línea?

Se ha de tomar a lo de Guerrero como lección, pues aquí también se viven situaciones oscuras. Hay también entre nosotros personajes que hacen de la política un sucio oficio: prostituyen cuanta bandera enarbolan, siempre están acomodados en los puestos públicos y aprovechan para llenar de marmaja pública sus bolsillos. Raúl Padilla, el capo, fue primero rector de la UdeG y luego diputado local por el PRD. Encabeza un grupo que no suelta hueso en el Congreso federal desde hace 20 años. Mara Robles, Tonatiuh Bravo (dos veces), Antonio Magallanes y Roberto López ya ocuparon dicha plaza con las siglas del PRD. Otro tanto hacen en el Congreso local.

¿Con quién se entienden en el PRD para elevarse a puestos de elección? Con los Chuchos, que ya consiguieron convertir al PRD, no sólo en Jalisco sino a nivel nacional, en un partido desechable. Todo por ajustarlo a los dictados del poder. A los Chuchos les está yendo como en feria. Tal vez por eso los Padillos andan muy activos acomodando alfiles en el PRI. Trino, hermano de Raúl, Leobardo Alcalá, primo de Raúl, y otros incondicionales padillistas se preparan para brincar como saltimbanquis, en las sillitas del PRI, al poder, lo mismo que hacían los Chuchos en Guerrero y en otras partes del país.

Allá éstos cometieron la salvajada de Iguala. Eso los va empujando al muladar de la historia, con todo y su observancia irrestricta de la ritualidad. ¿Vamos a esperar en Jalisco a que se cometan salvajadas similares, para poner en remojo las barbas de nuestros pillos locales, si ya los tenemos bien identificados? l