El pasado jueves 23 se cumplió el segundo aniversario de la desaparición forzada de Celedonio Monroy Prudencio a manos de un grupo armado. En entrevista, la madre del activista por los derechos indígenas relata cómo ha pasado la penuria de no saber de él, cómo lo ve en sueños y hacia dónde se dirigen sus sospechas. Confirma, además, que las autoridades nada han hecho por encontrarlo.
COLIMA, COL.- Desde la desaparición del activista indígena Celedonio Monroy Prudencio la noche del 23 de octubre de 2012, su madre, María de Jesús Prudencio Elías, sufrió ya dos infartos que la colocaron al borde de la muerte. Reanimada en ambas ocasiones por el personal médico, dice que sólo desea seguir viviendo para esperar el regreso de su hijo y contarle las penurias que ha pasado la familia durante su ausencia.
A Monroy se lo llevó por la fuerza un grupo de ocho hombres fuertemente armados que irrumpieron e hicieron destrozos en su domicilio de la comunidad de Loma Colorada, municipio de Cuautitlán, Jalisco, en plena Sierra de Manantlán. Su esposa, Blanca Esthela González Larios, fue testigo del suceso.
Desde años antes, la víctima trabajaba a favor de los derechos de las comunidades indígenas y de la conservación de los recursos naturales de la zona, a través del Frente Regional pro Manantlán y Cuenca del Marabasco, A.C. (Fremar).
Monroy formó parte de movimientos contra la tala ilegal de especies forestales de la sierra y denunció los daños ocasionados por la extracción indiscriminada de mineral de hierro en el territorio. Cuando desapareció, apenas habían pasado 24 días del término de su periodo como director de Asuntos Indígenas del ayuntamiento de Cuautitlán.
Licenciado en administración pública por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad de Colima, donde se graduó en 2005, Monroy era integrante de la Comisión Estatal Indígena de Jalisco, donde participó en el impulso de una reforma a la ley en la materia –propuesta entregada el 30 de marzo de 2012 en el Congreso estatal– y había sido nombrado asesor del Consejo de Mayores de Ayotitlán, como reconocimiento por sus aportaciones a las causas de los pueblos indígenas.
A dos años de su desaparición, se desconoce la suerte y el paradero del luchador social. Su caso, desde las primeras horas, enfrentó la indolencia y el desinterés de las autoridades, que hasta la fecha no han ofrecido resultados.
Según la esposa de la víctima, al día siguiente de los hechos el agente del Ministerio Público de Cuautitlán, José Iván Sizzo Rueda, se negó a recibir la denuncia de la desaparición, con el argumento de que debían pasar 72 horas, y fue sólo hasta que intervino la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco que los familiares fueron atendidos.
Posteriormente el caso fue trasladado por la Procuraduría General de Justicia del Estado a la ciudad de Guadalajara para ser investigado como delito de alto impacto. Pero de nada han valido las gestiones de la familia ni las presiones de los pueblos indígenas, de organizaciones defensoras de derechos humanos y de diputados de Jalisco y Colima: Celedonio sigue desaparecido.
Morir de ausencia
Nacido el 3 de marzo de 1975 en la comunidad indígena nahua Los Sauces, Celedonio es el mayor de los seis hijos –cuatro hombres y dos mujeres– de Liberato Monroy Alvarado, trabajador de la construcción de 60 años de edad, y María de Jesús Prudencio Elías, ama de casa de 56 años.
Aunque algunas personas le han mencionado la posibilidad de que el activista indígena esté muerto, la señora Prudencio mantiene la esperanza de que todavía se encuentre con vida.
“Yo siento –dice– que a mi hijo lo tienen alzado, escondido en algún lado. Yo no siento que esté muerto, lo sueño a veces y lo veo igual como era. Hace como tres meses que no lo he soñado, pero cuando lo sueño, está vivo y bien. Él era paciente, era calmado, me decía ‘voy a traer leña’, ‘voy a escarbar aquí’, ‘voy a barrer’… y así lo sueño.”
Añade: “Tengo esperanzas, y también mi nuera, de que esté vivo, de que cuando salga este gobierno a ver si lo sueltan, porque ahorita a ellos no les conviene soltarlo, pero yo creo que ya no está bien de la cabeza, lo han de haber entregado con gente mala, me lo golpearon, le habrán hecho lo que quisieron, ese es mi pensar. Lo que quiero es saber de él, que sigan investigando, porque es duro no saber dónde está, cómo estará.
“Sus hermanos me dicen: ‘Amá, él ya no está, se lo llevó gente mala, ya no lo esperes’. Yo les contesto: ‘Ustedes denme ánimo para que lo espere. No me digan eso, porque yo siento feo pensar que él está muerto’. Pero otros me dicen: ‘Haz valor, vas a entrarle como sea, vivo o muerto, vas a atorarle como venga’. Y sí, yo le pido a Dios que me amacice el corazón, que me dé fuerza, ánimo y valor.”
Desde hace nueve años María de Jesús Prudencio utiliza muletas para caminar, debido a una fractura en la cadera causada por osteoporosis. Además, sus padecimientos renales la han obligado a someterse a tratamiento de diálisis cada tercer día, por lo que ella y su esposo se fueron a radicar al municipio de Manzanillo, donde es atendida en el hospital de la Secretaría de Marina.
Las dos ocasiones que la mujer sufrió infartos fueron porque alguien le comentó que habían encontrado muerto a su hijo. La primera vez fue en septiembre de 2013, cuando una vecina le contó la versión de que el cuerpo de Celedonio estaba en el cementerio de Cuautitlán, que había sido sepultado una noche 10 tumbas después de la entrada. Horas después, Prudencia fue a dar al hospital.
El 22 de junio de este año se le presentó el segundo infarto, luego de que recibió, nuevamente de manera infundada, el aviso de que su hijo estaba enterrado en el predio El Pedregal, cerca del lugar del secuestro, en las inmediaciones de Loma Colorada.
“Empecé a sentir que la cabeza se me reventaba y aguanté toda la noche; todavía fui a misa en la mañana del domingo 22, pero sentía la cabeza a brinco y brinco, andaba caminando con mis muletas pero quería como correr, así sentía la desesperación. Después empecé a respirar muy hondo y agitado, como que se me fue la respiración y me llevaron al Seguro Social, allá llegando me perdí y no supe, me revivieron los doctores, pero me lastimaron muy feo el pecho. Ocho días no supe nada de mí.”
Desde esa vez no ha llorado. “Le he rezado a mi hijo, le pedí a Dios que me amacizara el corazón, que me perdone y que me haga fuerte, que ya no esté pensando cómo estará, qué le harían, que ya me ponga en paz del corazón, porque si no voy a parar otra vez al hospital”.
Después de los infartos, los médicos no encontraron en el organismo de María de Jesús Prudencio fallas que explicaran lo sucedido. “Cómo iban a encontrar algo, si era pensamiento lo que tenía; cuando reviví del segundo infarto le dije al doctor: ‘Dígame qué es bueno para la tristeza, ustedes no me encuentran nada en la sangre porque lo que yo tengo es una tristeza muy pesada’. Me preguntó qué tenía, le conté que mi hijo está desaparecido y me llevaron un argüende de que estaba despedazado en tal parte y esa fue mi perdición.
“Entonces el médico me respondió que para la tristeza no hay remedio: ‘La cosa es que tú hagas valor, que ya no sigas pensando en él (Celedonio) tanto. Ya no pienses cosas malas, feas, ponte bien, si no ya no vas a salir del hospital’. Y desde entonces me hice el propósito de ya no pensar tanto, pero ya no quiero que me den otra razón así, de que mi hijo está enterrado en tal parte, porque luego me enfermo muy feo y si esta vez reviví, a lo mejor para la otra ya no.”
La madre de Celedonio Monroy está convencida de que en su desaparición se encuentra involucrado un grupo de la región que había establecido presuntos compromisos con mineros clandestinos.
“Si yo pudiera caminar sola, haría unas cartulinas e iría a Telcruz a pedirles a esas gentes que me lo entreguen vivo, porque de ahí eran los que le tenían mucho coraje y envidia a mi hijo; él me platicaba que ellos vendieron las minas de Piedra Imán, La Astilla, Rancho Viejo, Las Palmas, Llano Grande y La Lima, todo lo que defendía Celedonio; me dicen que es muy peligroso que haga eso, que me van a matar, y yo digo: pues que me maten.”
Abandono oficial
El 15 de abril de 2011, Celedonio Monroy compartió en su muro de Facebook el enlace de una nota de La Jornada Jalisco, cuya cabeza señalaba: “Condiciona la minera Peña Colorada indemnización a ejido de Ayotitlán”.
En respuesta a algunos comentarios de sus contactos sobre los perjuicios de la actividad minera en la región, Monroy escribió: “Hay que correr a esos mineros de la sierra, si no nos van a vender como puercos flacos, nosotros nada más estamos de espectadores”.
Frente a la ausencia de resultados en las investigaciones sobre la desaparición de Celedonio Monroy, el grupo ambientalista colimense Bios Iguana interpuso el juicio de amparo 1645/2013-II el 23 de octubre de 2013, día en que se cumplió el primer aniversario del secuestro, para exigir a las autoridades movilizarse en la búsqueda del desaparecido.
A mediados de noviembre siguiente, el juez Segundo de Distrito concedió la suspensión de plano de los actos reclamados, consistentes en “la extracción violenta e ilegal y la desaparición forzada de Celedonio Monroy Prudencio, así como la violación a los artículos 1, 14, 16, 18, 19 y 22 constitucionales, por parte de las autoridades responsables”.
El juez determinó que las autoridades responsables, pertenecientes a los gobiernos de Jalisco y Colima, en el ámbito de su competencia tendrían que dictar “todas las medidas necesarias para lograr la comparecencia del desaparecido; así mismo se requiere a las autoridades responsables, para que proporcionen toda la información que pueda resultar conducente para la localización y liberación de la probable víctima, por lo que las autoridades responsables deberán practicar las diligencias necesarias, conducentes y adecuadas, a fin de lograr la localización de Celedonio Monroy Prudencio”.
Entre las autoridades responsables señaladas se encuentran los gobernadores de Jalisco y Colima, así como las procuradurías de Justicia, las policías auxiliares, las policías preventivas y las zonas militares de ambas entidades.
La coordinadora general de Bios Iguana, Esperanza Salazar Zenil, comentó que esa acción legal representa un esfuerzo ciudadano por reestablecer el estado de derecho violentado por los mismos servidores públicos de los poderes Ejecutivo y Judicial, que “omiten deliberada y conscientemente el estado de violencia política contra activistas y luchadores sociales, archivando las quejas y denuncias, fortaleciendo desde la irresponsable acción judicial el estado de impunidad en una clara actuación de violentar los derechos humanos”.
Sin embargo, casi un año después las autoridades no han reportado resultados de las investigaciones.
María de Jesús Prudencio refiere que tanto su esposo, Liberato Monroy, como su nuera, Blanca Esthela González, han realizado gestiones ante diversas instancias sin encontrar información sobre el paradero del líder indígena.
La búsqueda los ha llevado incluso a visitar lugares donde se han descubierto fosas clandestinas, como el caso de marzo pasado en Tonalá, para indagar si entre los cuerpos rescatados se encontraba el de Celedonio, pero no ha sido así. La madre de Monroy Prudencio denuncia que en estos dos años la familia ha sido abandonada por las autoridades:
“Me siento perdida, siento que están en contra de nosotros, porque el gobierno ahorita no nos apoya para nada. Si no nos van a apoyar ellos, ¿con quién vamos a pedir justicia? Nada hicieron desde que se lo llevaron. Yo pido que sigan investigando a ver dónde se encuentra. Lo que queremos es hallarlo, vivo o muerto.”
Desde la desaparición hasta la fecha, María de Jesús Prudencio sigue rezando el Rosario al Señor de la Misericordia y la Coronilla de Jesús para pedir que acompañen a su hijo donde esté, y “si está mal, que le perdone Dios y que les perdone también a los que le hicieron eso”.
–¿Usted perdona a los que se lo llevaron?
–Yo sí les voy a perdonar todo, se los puedo decir: yo les perdono porque no saben lo que hicieron, pero díganme dónde lo dejaron o qué le hicieron, yo se los perdono todo, por qué voy a tener coraje, si estoy con Dios, que ya ven lo que le hicieron a su hijo y no se enojó tanto, perdonó. Es lo que yo quiero, perdonar, pero que a ellos se les ablande el corazón y me avisen dónde está Celedonio, o que le digan a otro y que él me lo diga a mí.








