Benjamín “El Min” Arellano: Confesiones de un capo

Una historia con las vicisitudes del narcotraficante Benjamín Arellano Félix es lo que Juan Carlos Reyna ofrece en El extraditado. Escrito en colaboración con Farrah Fresnedo, este libro incluye una serie de revelaciones hechas a los autores por El Min Arellano, otrora líder del Cártel de Tijuana, que llegó a ser la organización criminal más poderosa en México. Las relaciones del capo con el poder político, confesiones sobre sus actividades ilícitas y pormenores de su “injusta” extradición a Estados Unidos son expuestos en ese volumen, que ya se encuentra en circulación. Con autorización del Grupo Editorial Penguin Random House, se adelantan aquí fragmentos de ese testimonio.

(Benjamín) Arellano Félix nunca ha puesto dedo a sus trabajadores, socios ni enemigos en sus declaraciones ante los tribunales de ambos lados de la frontera. Todos los miembros de la organización capturados hasta la fecha sí han declarado en su contra, incluidos su hermano Javier y su sobrino Luis Fernando. Algunos episodios en su carrera delictiva involucran a personajes que todavía pertenecen a liderazgos políticos o del crimen organizado. Decidí no cuestionarlo directamente sobre sus trabajadores, socios ni enemigos, tampoco sobre aquellos personajes. Aun así le dije que me interesaba hablar sobre sus nexos con las cúpulas políticas de la época. A pesar de que el Cártel de Tijuana se originó al amparo de la gubernatura del priista Xicoténcatl Leyva Mortera, fue en las administraciones panistas que se afianzó. En los sexenios presidenciales de los priistas Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo Ponce de León, la empresa gozó de impunidad federal y adquirió una dimensión operativa trasnacional. “A mí me extraditó el PAN –fue lo único que respondió–, porque a mí el PRI no me extradita”.

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El hermano desobediente

El Señor (tengo claro que es así como también le llamaban sus sicarios) entró con un custodio afroamericano que lo miraba con indiferencia; reportó su identificación roja en el umbral de la sala, luego miró hacia donde estábamos y sonrió. Se acercó caminando a un ritmo que atrapó mi curiosidad: no era el ritmo corporal de un hombre de 61 años que había pasado 12 en prisiones de seguridad máxima. Lo que supuse que sería un caminar apretado y angustioso, más bien era un andar ligero, desenfadado. Lo miré saludar con ademanes parcos a algunos presos y custodios, y cuando llegó nos dimos un abrazo templado: ni abúlico ni efusivo. Se disculpó por el asunto de mi acreditación tardía, yo le aseguré que todo estaba bien y agradecí que aceptara recibirme. “Me da pena no poderles ofrecer algo de beber”, confesó sin perder el buen humor. “Cómo cree –le dije–, permita que nosotros le invitemos una soda”. Farrah (Fresnedo) me dijo: “Yo voy, tú quédate a platicar”. Le pregunté cómo se llevaba con el resto de los internos; aseveró que tenía muchos amigos, pero había unos pocos que no le “tenían respeto”: Pochos, dijo, gente que no es ni de aquí ni de allá. ¿A qué se refería con que no le “mostraban respeto”? ¿Debían los reos latinos mostrarle consideración especial? “Respeto no nomás a uno –me aclaró–; respeto a todos en general”. Detalló que una pandilla de chicanos había zurrado a golpes a uno de sus amigos; El Min intentó detener la golpiza, pero no hicieron caso de su intervención. ¿Su trayectoria no infundía docilidad en las entrañas criminales? ¿Eran demasiado jóvenes para conocer la historia del Cártel de Tijuana? ¿Quizás habían trabajado con los contras? “No es por ahí –replicó–, es gente maleducada que no respeta a mis amigos”. ¿A qué se refería exactamente cuando decía “amigos”? ¿A gente que lo cuidaba al interior de la cárcel? “Sólo es gente con la que tengo afinidad en este lugar”. Me costó imaginarle un amigo desinteresado al Min, quien en tres décadas escaló una jerarquía en la que “la vida no valía nada”. El Señor había dedicado la tercera parte de su vida a sortear deslealtades y los expedientes de su extradición estaban colmados de declaraciones de socios y subalternos que le habían puesto dedo a cambio de reducir sus condenas. Más bien imaginé una red de protección comprada alrededor del Min, aunque mi sospecha podía ser exagerada: el gobierno federal estadunidense le había impuesto una multa de 100 millones de dólares, pero no había hallado de dónde confiscarlos. (…)

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De acuerdo con su versión, El Min fue el único Arellano Félix dedicado al narcotráfico. Cuando Farrah y yo le preguntamos acerca de las funciones de sus hermanos en la empresa, el Señor fue muy contundente: que no cupiera duda, él dirigió el cártel hasta su aprehensión. Asociaciones, tácticas y ajusticiamientos se consultaban entre un consejo de jefes, pero él tenía que decir la última palabra. A pesar de que Ramón, Eduardo y Javier también integraban ese grupo, nunca aprendieron a operar las rutas de trasiego como El Nelo, Javier Caro, El Kitty o El Mayel. “Ramón anduvo siempre conmigo –puntualizó a 14 años de su muerte en Mazatlán–, pero lo que a él le gustaba eran las armas”. (Un testigo que le pidió a Farrah guardar su anonimato me aseveró que al Min le daban ataques de migraña cuando Ramón mataba sin su autorización.) La jefatura de sus familiares era una vacilada, subrayó cuando le pregunté acerca del liderazgo que supuestamente había heredado El Tigrillo: “Javier era un junior, no sé de dónde sacaron que podía dirigir”. Las falacias sobre su familia son responsabilidad de los periodistas, alegó. ¿Un ejemplo? El parentesco con Miguel Ángel Félix Gallardo, señalado como tío de los Arellano Félix por el semanario Zeta: “Blancornelas contó muchas mentiras sobre mi vida”. Dijo estar sorprendido por “la obsesión” que le tenía el periodista, sólo comparable a la que mostró con Jorge Hank Rohn. El Señor negó haber conocido al empresario priista, pero reconoció que le parecía chocante el ensañamiento que el fundador del semanario había tenido tanto por uno como por otro. Ambos habían llegado a Tijuana jóvenes, resaltó, ambos habían logrado generar muchos empleos.

El 27 de noviembre de 1997 Blancornelas fue baleado por una tropa dirigida por Barrón Corona a cuadras de las oficinas en El Paraíso. El reportero sobrevivió a cuatro impactos; no así El CH, como también se le conocía al brazo derecho de Ramón. El jefe de sicarios murió de una bala que rebotó en un poste de fierro y se le hincó en el ojo. Tres semanas antes el periodista había aceptado reproducir en Zeta íntegramente una carta de María Castaños, ex pareja del narcotraficante Héctor Nahum Meza. Castaños acusó a Ramón de haber torturado y asesinado a sus hijos Henadir y Enaín, levantados en abril de 1995 en la colonia Polanco de la Ciudad de México. Le exigía el dinero que sus hijos supuestamente habían ganado en operaciones de narcotráfico, pero que sus cómplices se habían robado. Henadir y Enaín integraban la célula de narcojuniors al servicio de los Arellano Félix. En la carta dirigida al Mon también le hacía peticiones alucinantes (“¿Por qué no donas tu cerebro para que lo estudien los científicos y conozcan tu crueldad?”), así como presagios funestos (“Tienes que pagar en vida tus errores. Que la muerte no sea tu precio ni tu castigo. Que vivas muchos años más y que conozcas el dolor de perder a tus hijos”). Una semana antes del atentado al fundador del semanario, Abdelia Meza Castaños y el bebé Eduardo Gómez Meza, hija y nieto de María, fueron acribillados en la Plaza Minarete de Tijuana. Blancornelas murió el 23 de noviembre de 2006 debido a las complicaciones de una pleuritis que lo aquejó desde la niñez. Le pregunté a Arellano Félix si él había ordenado matar al periodista. Me contestó que no.

Antes de despedirnos le pregunté al Señor sobre Francisco y Ramón, ¿qué sentía respecto a la manera en que murieron? No sabía qué decir: “Mis hermanos y yo no nacimos en cuna de satín –me advirtió–, si hubiéramos crecido en otro ambiente a lo mejor no habrían terminado de esa manera”. De acuerdo con la PGR, ambos fueron ejecutados por miembros del Cártel de Sinaloa. El mayor de los hermanos había sido baleado por un sicario vestido de payaso al servicio del Chino Ántrax; el motivo, según la procuraduría, era que Pancho supuestamente lavaba dinero sin permiso del lugarteniente del Mayo Zambada. Francisco no debió haber sido encarcelado el 4 de diciembre de 1993, denunció El Min, “él no tenía mi carácter ni había hecho nada”. Lo habían acusado de cohecho y acopio de armas por unas pistolas que le agarraron en Mazatlán,­ “quién sabe dónde porque ese año él ya vivía en Tijuana”. Seis meses después del asesinato de Posadas Ocampo, Pancho fue encerrado en el cefereso de Tamaulipas; el 15 de septiembre de 2006 fue extraditado a Brownsville, luego trasladado a San Diego; ahí fue encarcelado hasta el 4 de marzo de 2008, cuando recuperó su libertad mientras se recrudecía el aislamiento de su hermano en Almoloya de Juárez. Aunque habían perdido contacto desde hacía muchos años, El Min tenía entendido que su carnal más grande andaba tranquilo.

Del Mon había mucho que decir, “pero eso da para otro libro”. Arellano Félix confesó que lo había querido mucho y desde adolescente se había ocupado de cuidarlo. Reveló que su gente le apodaba Colores debido a la visa estadunidense que utilizó para esconderse después de lo del cardenal: El hombre de la foto que en teoría retrataba su cara parecía tener varias tonalidades de piel y eso les causaba mucha gracia. Siempre se acompañó de un círculo de amigos que lo cuidaba y respetaba; era “muy alegre”, al menos hasta que le sacaban bronca: “No era de buscar pleito –expuso–, pero si lo provocaban, de inmediato lo encontraban”. Días antes de que muriera, El Min le había dicho que no fuera a Mazatlán porque las cosas se habían puesto muy feas; pero aun así no hizo caso: “Esa fue la única vez que me desobedeció”.

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“El Chapo” no lo puso

El día que atraparon a Benjamín Arellano Félix, su hija mayor regresó a casa de la escuela conducida por su chofer hasta entrada la tarde. En el trayecto, la adolescente pensó que odiaba Puebla y que extrañaba a los amigos que había hecho en Monterrey. Bajó del carro cargando su mochila con desgano, mientras daba por hecho que el día terminaría igual de confuso que los otros que había vivido siempre: Su familia no era normal, jamás había visto a su papá fuera de la casa, ni en las presentaciones escolares de las obras de teatro en que participaba. Nunca había ido al cine con él; sin embargo, al verlo sentado en la cocina mientras su mamá cocinaba, no tuvo duda de que su familia era muy unida. La adolescente fue recibida con un abrazo, luego la mamá llamó a sus hermanos a que bajaran a comer. Su padre, quien vestía todo de negro y usaba un Rolex en la muñeca izquierda, cerró el periódico que leía: “¿Cómo te fue en la escuela?”. “Igual que siempre”, le contestó la hija. Toda la familia comía reunida cuando El Min recibió una llamada en uno de sus celulares y se puso de pie para contestar en la sala de la casa. La adolescente pensó en la cantidad de celulares que tenía su padre y no supo enumerar cuántos eran; al igual que sus hermanos, lo había escuchado hablar desde pequeña con otros hombres de asuntos que parecían muy importantes. Vio a su padre entregar un fajo de billetes a uno de sus trabajadores que salió de la casa sin despedirse; luego regresó a la mesa, donde les contó aquella vez que el abuelo, a quien no habían podido conocer, salvó a un hombre de morir aplastado por su troca.

La adolescente dijo que subiría a su recámara a hacer tarea. Al caminar por el pasillo, vio que la recámara de sus padres estaba abierta. Entró y lo primero que advirtió fueron tres fotografías de tres hombres distintos recargadas sobre la cómoda. Alrededor había tres velas encendidas y un rosario al centro. Tomó una de las fotografías, la vio y la tocó detenidamente. Salió de la recámara de sus padres llena de una melancolía inexplicable. En su recámara, mientras terminaba un ejercicio de matemáticas en su libreta, su mamá se le acercó. Le preguntó si todo estaba bien. “No, no lo está –le contestó–, por qué tenemos que mudarnos siempre de ciudad, extraño a mis amigos”. Su madre le aseguró que comprendía los sentimientos que experimentaba, le dijo que era lo que más les convenía y que después, cuando estuviera más grande, le explicaría todo a detalle: “Por ahora, esto es lo que es mejor para la familia”. Dos horas después, la esposa de Arellano Félix escuchó unos ruidos de un convoy de furgonetas que se estacionaban alrededor de la casa. “¿Oíste?”, le preguntó a su marido. En eso se escuchó que la puerta principal se reventaba. La mujer advirtió a un pelotón de hombres vestidos de negro y encapuchados que cargaban con ametralladoras. Gritó que huyera, apuntándole hacia el baño, pero El Min tomó un arma de la cómoda, y cuando el comando lo había rodeado en la recámara, se hincó y no dejó de apuntar al que parecía el líder. “Señor –le habló el soldado–, por favor baje el arma: ya se terminó todo”.

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Arellano Félix había comprado varias residencias a los alrededores para poderse mover y, a la vez, estar cerca de su segunda esposa. Semanas antes El Min había velado a su hermano Ramón ahí mismo, en la casa donde lo aprehendieron. Jamás había dejado que nadie entrara a donde vivían sus hijos, pero aquella había sido una excepción. Farrah le preguntó quiénes habían ido al velorio doméstico. Su familia y su cuñada, reveló; la esposa de Ramón era la única persona que no era familiar de sangre en la casa. El Min cree que Evangelina Casillas fue quien hizo la llamada anónima que provocó su detención. “Ella fue la que me puso”, aseguró, “lo hizo porque de seguro hizo un trato con los gringos”. La cuñada siempre había querido vivir en Estados Unidos y, a pesar de que Benjamín le mandó entregar 2 millones de dólares para que no volviera, Evangelina lo entregó. ¿Por qué creía que lo había puesto? “A Evangelina no se le podía tocar ni con el pétalo de una rosa”, señaló, “era muy prepotente y ambiciosa”. Farrah lo cuestionó acerca del reporte de la AFI: ¿Era cierto que le había puesto un altar a su hermano? Sí, pero ojo: no todo lo que mencionaba ese documento era verdad. Su segunda esposa no lo llamaba “bebé”, por ejemplo, sino “mijo”. El informe alegaba que lo habían atrapado con un arma larga y una corta: “Eso también es mentira; yo nunca traía un arma larga y una corta, siempre traía dos y dos”. Le pregunté qué opinaba acerca de la versión de que El Chapo había delatado su ubicación. “Es mentira”, replicó, “qué iba a saber ese cabrón: a mí no me puso nadie porque yo era el único que sabía dónde estaba, ni mi familia sabía dónde pasaría la noche”. ¿Había imaginado ser capturado así, frente a sus hijos?, pregunté. Reconoció que nunca había imaginado ser capturado: “Jamás pensé dejarme agarrar, antes que eso me pegaba un tiro igual que mi hermano”.