“Una luna para los malnacidos” en Colombia

De la risa al llanto, de la cotidianidad a la develación de crudas verdades, Una luna para los mal nacidos nos lleva a la experiencia de la enfermedad, la culpa y el dolor en una sola cucharada. La última obra de gran aliento de Eugene O´Neill, dirigida por Mario Espinosa que se estrenó hace un par de días en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz de la UNAM, nos hace copartícipes del pequeño drama que viven los personajes dentro de su corazón.

El autor desarrolla magistralmente una historia agridulce, donde la complejidad de los personajes nos colma. Un padre y una hija, viviendo en una granja de los años veinte, y el arrendatario que los visita son tratados con tal profundidad, que nuestro entendimiento sobre el ser humano se enriquece. No somos lo que parece, y lo que somos está lleno de tantos recovecos que desenredar la madeja implica dolor, aceptación y finalmente, redención.

Una luna para los malnacidos, traducida originalmente como Una luna para el bastardo, nos traslada al sentimiento común de personajes fuertes pero sin esperanza, que construyen una coraza para sobrevivir aunque su suavidad interior y la derrota frente a las leyes de la vida, nos identifica.

Phil es un padre alcohólico cuya actitud cínica la comparte con Josie, su hija, ambos se divierten y se burlan de su alrededor. Es agresiva su forma de llevarse, llena de malas palabras y comentarios directos para violentar al otro. Ella es la única de los hermanos que se ha quedado con su padre y que además de atenderlo y hacer las laboras de la casa, realiza todo lo necesario para mantener la granja. Josie es una joven ancha de caderas y de carácter fuerte, que tiene fama de tener los cascos ligeros, sin prospectos para casarse.

Jim, el arrendatario, enfermo por el alcohol, se presenta como un hombre  frívolo y mujeriego que le ha dejado de interesar la vida, aunque tiene una atracción sincera por Josie. Frente a la posibilidad de perder la granja, el padre urde un plan donde Josie seduzca a Jim y lo obliguen a no vender las tierras. El primer acto ocurre ligero y coloquial donde las risas y la ironía es el ingrediente básico. Patricio Castillo, que interpreta con brillantez al padre, expresa una gran comicidad, para después mostrarnos sus sentimientos genuinos. La naturalidad y verdad escénica la comparte con Karina Gidi, que luce bella y sensual, aunque su tesitura actoral no expresa la fuerza y el físico que parece tener el personaje.

En el segundo acto, elaborado con inteligencia y sensibilidad, tanto en la dramaturgia como la puesta en escena, los personajes se ven sometidos al juego de mentiras y verdades.

Josie y Jim se dan cita y cada uno oculta sus intenciones reales; el espectador las cree y sufre por lo que los personajes no saben uno del otro. La trama nos lleva a descubrir otras verdades que dan giro a la situación, más allá de la anécdota y nos vemos envueltos en la incertidumbre de lo que desea realmente cada uno de ellos. El segundo acto es estrujante y tanto Karina Gidi como Rodolfo Arias, nos trasmiten ese  desasosiego interno. Rodolfo Arias, hace una excelente caracterización de un personaje enfermo, atormentado, que poco a poco se aleja de la vida. La contención de las emociones, se manifiestan en su cuerpo, su gesto y en la culpa que ya no puede ocultar.

La dirección de Mario Espinosa es impecable, profunda y sin artificios, por lo que los personajes logran mostrarse desde múltiples aristas. Junto con la iluminación de Ángel Ancona, la escenografía de Gloria Carrasco, el vestuario de Jerildy Bosch y la actuación de José Juan Sánchez como el odiado vecino, Una luna para los malnacidos, es una obra memorable, que hace vibrar nuestros corazones.