El “Capelo” escultor entra al Museo de la Alhóndiga

Es la primera vez que Javier Hernández Capelo expone en el Museo de la Alhóndiga, después de hacerlo en prácticamente todos los espacios culturales, museos y galerías de la ciudad de Guanajuato. Pero esta vez tras años de estudiar el arte arcaico y sus vasos comunicantes con el contemporáneo, y con una serie de 34 esculturas, Tótems y chamanes. Ahí busca “la provocación de la energía de la obra, que tenga su propia energía y se sienta que son símbolos de misterio, de magia, de transformación”.

GUANAJUATO, GTO.- La cerámica es el lenguaje de Guanajuato. Y es como la suerte del paso de la muerte, riesgo y tensión mientras se espera la pieza al salir del horno.

El cerro de La Bufa es el enorme tótem natural que identifica a quienes aquí habitan. El edificio de la Alhóndiga de Granaditas, un cofre de tesoros centenario que ha albergado en su interior  expresiones de lo arcaico y lo contemporáneo, cuya relación siempre ha obsesionado al artista plástico Javier Hernández Capelo, hacedor de la serie escultórica Tótems y chamanes que se expone en el patio a partir del viernes pasado.

Sus 34 esculturas están distribuidas por el patio central del viejo granero-cárcel-símbolo independentista, convertido en museo regional del INAH. Nos recibe el tótem de Los vigilantes y se miran entre sí los Chamanes Egeos; los vigilantes, la venus, las cabezas cicládicas; Toro, Artemis, Ave, todas efigies abstractas que rodean a dos figuras principales: un muro desde donde sobresalen en relieve rostro y manos de un chamán, su bastón, caballo y toro. Y el Arca de la alianza.

El arca es la ofrenda, el misterio de la humanidad en espera de ser revelado, en la visión del escultor.

Cerámica y bronce fueron los elementos trabajados por Capelo durante un año entero, a la expectativa de que del horno emergiera la pieza, el concepto. En la larga trayectoria plástica del artista, lo antiguo, lo prehistórico, lo rupestre, lo abstracto, no es inspiración, dice: es herencia, continuidad y evolución. Lo que hay que hacer con esta herencia es mostrarla con la mirada propia, como lo hizo Picasso en su tiempo. Y lo hace Capelo en sus distintas incursiones en la pintura, el grabado, la arquitectura, la escultura, el dibujo.

“El horno nos está dando la oportunidad de hacer cosas, yo las aprovecho. Pero esto puede fracasar en las 12 horas que dura el quemado. Esas 12 horas de espera son tremendas. Ya al abrir, al empezar a sacar las piezas, se ve si coincide con lo que se quiere”, dice el grabador, escultor y ceramista guanajuatense en la charla con Proceso, en víspera de la apertura de su exposición.

En la presentación del catálogo de Tótems y chamanes el escritor Benjamín Valdivia apunta:

“El sentido en el que se fundamenta la serie de esculturas (…) responde a esa fascinación producida por el descubrimiento de lo primigenio: la certidumbre de estar de nuevo en el pasmo ante la fuerza de la naturaleza. Y  no obstante saber, también, que milenios de invenciones, geometrías o técnicas no han pasado en vano.

“En tanto reúne aquél tiempo antiguo con este presente, Capelo asume la acción del chamán que arroja los polvos fosfóricos de la ancestralidad sobre los fuegos de nuestros días; y así logra que la lumbre actual reviva el pasmo de nuestros primeros y salvajes padres.”

Esta instalación de Capelo cuenta con un complemento. A través de la improvisación de los músicos Omar Córdova Azuela y Amat Araujo utilizando música electrónica, flauta transversal, guitarra, teclado y procesadores, cada una de las esculturas emite un sonido, tiene una voz propia.

Es la primera vez que Capelo expone en el Museo de la Alhóndiga, después de hacerlo en prácticamente todos los espacios culturales, museos y galerías de la ciudad.

“Siempre me imaginé, siempre me ilusionó ocupar este espacio que tiene una energía muy contradictoria, opuesta. Es un espacio que parece muy amable pero tiene una energía muy fuerte. Desde muy joven me ilusionó siempre poder hacer algo en este patio, sobre todo cuando estaba aquí el maestro José Chávez Morado. Pero se necesita tener mucho tiempo, conceptualizar el tema y estar con las energías propias del espacio.”

Hernández se encontró con que éste, y no otro era el momento de hacerlo, tras años de estudiar el arte arcaico y sus vasos comunicantes con el contemporáneo, de encontrar la figura del chamán, vista como “el mago hacedor de arte”, mientras que la parte totémica, dice, es “la que va a marcar un espíritu, una región, una identidad cultural como en Creta, como en Alaska. Ahora podemos denominar tótems al Guggenheim, a estos grandes edificios arquitectónicos que se convierten en símbolos”.

Capelo une el lenguaje de la cerámica con el lenguaje del bronce; los hermana:

“El bronce me interesa mucho, tanto que lo tengo que hermanar con la cerámica. Los amores que tengo con la cerámica, por los esmaltes, las arcillas, las dificultades, los riesgos, la aventura terrible de piezas tan complicadas de elaborarse y que salgan del horno, esa alma propia… ese lenguaje de la cerámica ayuda mucho.”

Así, más que buscar la perdurabilidad de la pieza, el artista pretende que un material pronuncie el lenguaje del otro, y pone como ejemplo a la pieza denominada Las artes del chamán:

“Si ves al chamán, es como lodo; un caldo que se hace a la hora de modelar para que esté muy plástico, en movimiento, que tenga frescura como cuando llueve y se hace lodo la tierra y surgen formas. Es como el caso de la pintura rupestre. Es tan contemporánea porque es tan antigua. Eso pienso yo de los lenguajes de los materiales.”

–¿Siempre puede predecir el resultado de esta relación entre los materiales o hay sorpresas?

–Esta vez puedo decirte que hubo cosas que no me funcionaron porque no dependían de mí. Ya tenía en mi mente casi hasta el acomodo de las piezas.

Pero por ejemplo, hay una escultura en verde con óxido que tomé de los cactus, que tiene una parte que se va secando y una parte verde, viva. Es al mismo tiempo estar entregando la vida y la muerte en el color, en el material. Pero hay una (Chamán de la fiesta) en la que el barro no aguantó, la parte mecánica del barro no me permitió hacerla tan grande, era casi de dos metros, y dio otro resultado. Pero yo lo veo como un regalo que me da el horno.

A diferencia de una pintura, “en la que vas viendo lo que está sucediendo a medida que la estás pintando”, para estas esculturas “se depende de la caja mágica que es el horno; de los fundentes, las arenas y otras cosas. Yo sí pretendo, a la hora de que estoy haciendo las formas, anticipar cómo se debe ver esto, cómo debe terminar”, detalla Hernández.

Al final, la satisfacción, la pieza deseada.

“El resultado es casi por completo lo esperado. Sobre todo la provocación de la energía de la obra, que tenga su propia energía y se sienta que son símbolos de misterio, de magia, de transformación.”­