A diferencia de Rusia o Italia, donde el Realismo Socialista y el Neorrealismo corresponden a etapas en la historia de su cinematografía, en el cine de Gran Bretaña el Realismo Social es un género que no cesa de renovarse. La realizadora Clio Barnard convierte un cuento meloso de Oscar Wilde en un sombrío drama sobre el final de la infancia: El gigante egoísta (The Selfish Giant; Gran Bretaña, 2013) sugiere que la esperanza de calidad de vida para el joven de clase trabajadora es tan brumosa como el horizonte que pinta.
La violencia permea la atmósfera que respiran Arbor (Conner Chapman) y Swifty (Shaun Thomas) desde la escuela, que expulsa a este par de amigos por la puerta de la adolescencia, o la calle, donde ganar dinero robando metal resulta un privilegio, hasta el hogar sin apoyo y pésimo ejemplo. La pregunta elemental, a cargo del espectador, de quién es el gigante egoísta en esta historia, es clave del cuestionamiento político de la directora, un grito contra la austeridad impuesta por el gobierno.
Claro, Kitten (Sean Gilder) el violento dealer de chatarra que explota a los chicos, emblema del mercader inescrupuloso, sería la primera máscara del gigante egoísta; la última, la sociedad que a duras penas disimula el enquistamiento de su sistema de clases, o la ineptitud de la institución escolar para contener y orientar. El sublime jardín que narra Wilde es un desolado paisaje de metal y desperdicio, especie de sociedad industrial desmantelada y reciclada. En medio de toda esta inconsistencia, Kitten resulta un modelo a imitar, un fantasioso canal de superación para los muchachos; y el tal fetiche sólo logra instalar la discordia entre ellos.
Clio Barnard, entrenada en el documental, sabe registrar la existencia tabarra de la pauperización, pero posee un talento para la poesía; caballos y paisaje evocan el amor a la tierra y la capacidad de germinar, noción del cine británico que ni en el los dramas más lúgubres de Ken Loach desaparece. Manejando caballos y carretas, el pequeño Arbor parece vaquero de Western dispuesto a conquistar el Lejano Oeste; poco importa que el oro sea chatarra igual a la promesa social, el chico desborda de vida.
Una prerrogativa que ha adquirido el Realismo británico es llevar la dirección de actores a un grado cero de actuación, el personaje existe sin trazas de artificio, calcado de la realidad. El gigante egoísta renueva la tradición de Ken Loach (de quien vale la pena descubrir el estupendo trabajo de televisión que realizó para la BBC en las décadas de los sesenta y setenta), y de Mike Leigh; o de los últimos, Andrea Arnold (Fish Tank), Lynne Ramsay (Movern Callar). La cinta se exhibe en la Cineteca Nacional.








