Como intrusos, observamos la profundidad de un estrecho pasillo de hotel de paso con puertas a los lados y un espejo cóncavo de doble vista. Somos testigos de lo que ahí sucede y lo que en el interior de las habitaciones se esconde. El espacio escénico y sus resoluciones dan nuevos significados al texto de Romeos de David Gaitán, el cual también se encarga de la dirección, y participamos de la vertiginosidad de los acontecimientos y de la violencia que constantemente explota en nuestra cara.
Susana y Vanessa son dos mujeres enredadas en las consecuencias de un secuestro doble. Vanessa ha intentado pedir rescate por Susana, pero el amor las ha cazado. Susana huyó de su casa y ambas han encontrado la forma de vivir en hoteles pero ya no hay dinero. El terror se apodera de ellas hasta llevarlas a decisiones peligrosas y violentas que rompen su integridad y les complica, aún más, la existencia.
Con una anécdota sencilla y a veces un tanto forzada, el thriller psicológico que plantea David Gaitán atrapa al espectador desde el inicio. La obra no empieza por el principio de la historia, sino en el momento más crítico de la situación, lo cual nos lleva a ir armando el rompecabezas de lo sucedido y lo que sucederá. La fragmentación de la historia y el diálogo veloz y superpuesto hacen de la obra un atractivo artefacto estructural y lingüístico. Los personajes hablan al mismo tiempo, se escuchan y no se escuchan, se superpone la desesperación de una y la otra, y si bien no logramos escuchar los parlamentos completos nos sumerge en una verosimilitud verbal inquietante.
Diana Sedano y Diana Fidelia, las protagonistas de la historia, responden por completo al reto actoral y su energía explora los recovecos del amor, la venganza y los actos impulsivos que se ven arrastradas a llevar a cabo. La profundidad de su interpretación, acompañada de la sobriedad y exactitud corporal y emotiva de Ana Beatriz Martínez interpretando a la hermana de una de ellas, y Hasam Díaz, la víctima, nos contagia los estados anímicos por los que transitan y proyectan con fuerza. Dos personajes fantasma, caracterizados en contraste con el realismo de la obra, resuelve transiciones y articula un lenguaje adyacente festivo y surrealista: mueven los objetos, abren alguna puerta o acompañan a las hermanas como presencias contrastantes.
El concepto escénico del autor y director David Gaitán dota a la propuesta de una contemporaneidad que implica crear el espacio donde se encuentra el actor. Mario Marín diseña la escenografía como un constreñido pasillo de hotel reduciendo la bocaescena a no más de dos metros. Los espectadores son colocados de tres en tres para poder observar ese túnel con tapiz floreado, puertas con ojillos y un fondo sin fondo que el espejo complejiza. La reducción del espacio actoral propone composiciones simétricas y asimétricas fabulosas que nos dan la sensación de cercanía o lejanía, pero siempre de una claustrofobia inquietante. Ese espacio vacío a veces lo ocupa una silla, una almohada o las puertas abiertas que cierran aún más la perspectiva, pero por lo general ellas están sentadas en el suelo, recargadas en las paredes o detrás del espejo cuando se encuentran lejos del lugar. Si bien el diseño de la escenografía es un pasillo, lo que ahí sucede rebasa la convención. Es también el interior del cuarto, o una puerta es el reflejo del interior que resguarda la otra, o la puerta acota otro espacio o asomadas a una de ellas observan la recepción.
Romeos, que se presenta los lunes en el Teatro la Capilla, somete a los personajes a situaciones límite donde testificamos no sólo acontecimientos violentos, sino que observamos lo que los personajes sienten o bloquean afectivamente. Constatamos mecanismos emocionales e instintivos que los llevan a actuar de tal o cual manera, aunque no se comprenda por qué lo hacen; así, como sucede en la vida.








