El referéndum celebrado en Escocia el jueves 18, en el cual ganó por estrecho margen el rechazo a la independencia, lanza un mensaje muy claro a Londres: El Reino Unido no puede seguir haciendo política olvidándose de los escoceses. Las opiniones en torno al sondeo dividieron a éstos, pero hay algo que todos ellos tienen muy claro: A los conservadores británicos no les conviene seguir desmantelando las conquistas sociales ganadas a lo largo de muchos años.
GLASGOW/EDIMBURGO.- En el bar Calton, un pub en la ciudad escocesa de Glasgow, de mesas de madera y adornado con carteles sindicales, el mesero Scott O’Rourke le explica a su amigo Martin Reed las razones por las cuales votó por el “Sí” a la independencia: “¿Ves? No hay nadie aquí. Este barrio se ha despoblado. Los jóvenes no saben dónde ir; terminan yéndose o, peor, drogándose”, dice O’Rourke, con aire resignado.
“Todo nuestro dinero se va a Londres. No sé si soy socialista, pero quiero que mis tres hijos vivan en una sociedad igualitaria, con una jubilación segura, educación y salud pública y gratuita”, agrega.
Reed –exoficial del ejército británico– da un trago a su cerveza y responde: “¿Qué quieres que te diga? Es culpa de esos tories (el Partido Conservador del Reino Unido), que han gobernado 38 de los últimos 68 años, pese a que los escoceses no votamos por ellos desde 1955”.
Una escena similar se repite en The Spirit, bar de tradición obrera de este deprimido barrio. “¿Es posible que al mundo lo gobiernen los bancos, las finanzas?”, se pregunta David Hay. De pronto lo interrumpe la llegada de un joven, quien saca de su chamarra dos latas. Hay lo mira y le hace señas para que se vaya. Luego explica: “Ese muchacho se pasa la mitad del día drogándose y el resto, vendiendo baratijas que compra en el mercado ilegal. No trabaja ni estudia. Por eso es importante que podamos ser independientes, gobernar nuestro propio país”, apunta.
En los últimos días se han vivido horas particularmente agitadas en Escocia. Ahora ya se sabe que la independencia perdió, que Escocia seguirá siendo parte de Reino Unido haciendo perdurar ese tratado de unión firmado por razones comerciales con Inglaterra en 1707. “Ha prevalecido el miedo, el miedo al cambio”, afirma Hay.
Pero las últimas noticias no son del todo decepcionantes para los nacionalistas. El “No” ganó por 400 mil votos, dejando un país casi igualmente dividido en dos, entre unionistas (55%) e independentistas (45%) y la certeza de que en Escocia hay cierto resquemor hacia Londres.
“Acepto ese veredicto de la gente y llamo a todos a seguirme y aceptar la voluntad democrática de los escoceses. Pero ha habido un sustancial voto en favor de la independencia de este país en el futuro”, dijo ante los medios Alex Salmond, el dimitente primer ministro escocés y líder del Partido Nacional Escocés (SNP). Dicho esto, aclaró: “Toda Escocia espera que se honre con rapidez la promesa de los partidos unionistas de transferir más poder al país”, argumentando que esa aspiración no es sólo suya y de los unionistas, sino de toda la nación escocesa.
Así, los ojos se posaron enseguida en David Cameron, primer ministro británico. “Cumpliremos lo que prometimos”, afirmó. “Ahora es el momento de que nuestro Reino Unido se una y siga adelante. Una parte vital de eso es un acuerdo equilibrado, justo para la población de Escocia y para todos en Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte también”, añadió.
Sin embargo no especificó cuáles poderes autonómicos les serán otorgados a Escocia, ni dijo cuándo ni cómo.
El tema es fiscal
Según el analista político Michael Marra, “Escocia ya tiene control sobre 10 áreas que incluyen educación, sanidad, sistema legislativo y policía. Pero la clave ahora es la cuestión fiscal.
“Los electores han dejado claro que quieren que este proceso empiece, para que Escocia pueda gestionar de forma autónoma su gasto público”, añade Marra, quien apoyó la campaña del “No”. Es decir, explica a la reportera, Edimburgo quiere administrar sus impuestos para tener un control completo sobre ellos.
“Nosotros y ellos (los nacionalistas) tenemos reivindicaciones sociales comunes, pero hasta ahora hemos encontrado respuestas diferentes”, dice a Proceso la diputada escocesa del Partido Laborista Kezia Dugdale y quien hizo campaña por el “No”. “Ahora podríamos trabajar juntos”, añade.
En Escocia la mayoría recela de las políticas de austeridad aplicadas por Londres y teme recortes a los sistemas nacionales de salud y educación.
Por ello los barrios como Calton o Bridgeton, en Glasgow, son particularmente simbólicos pues representan todos los traumas de Escocia, todo lo que nadie quiere que se repita, todo lo que los escoceses le reclaman a Londres: La degradación social y urbana causada por la desindustrialización de los años de gobierno de Margaret Thatcher (1979-1990). Son áreas deprimidas donde, según datos recientes del gobierno local, la esperanza de vida rondaba los 54 años, la más baja del Reino Unido y de muchos países europeos.
También así se explica el nacionalismo escocés, el cual rompió viejos paradigmas y poco a poco se acercó a una ideología de izquierda. Y no para reivindicar la dominación de una minoría étnica o lingüística –actualmente el gaélico lo hablan pocos miles de escoceses–, sino para reclamar gobernantes que puedan ser controlados y una repartición de la riqueza más igualitaria.
La razón está en la tradición socialista de Escocia. En esta nación –de la cual, paradójicamente, proviene el padre del capitalismo, Adam Smith– ser escocés significó ser británico, creyente y conservador hasta bien entrado el siglo XX. El cambio se dio con la Segunda Guerra Mundial, cuando en un momento de prosperidad, los escoceses empezaron a tener más derechos sociales. Y les gustó.
Tanto que en los sesenta, con el auge de los anticonceptivos, del marxismo en las universidades y de la televisión, Escocia rápidamente se secularizó. Después, en la era Thatcher se dio el giro final de Escocia hacia la socialdemocracia, luego de que la Dama de Hierro precipitara el colapso de la industria escocesa y reprimiera con dureza las huelgas que se prolongaron una década, además de impedir el primer referéndum escocés de autonomía, en 1979.
De ese modo los tories se volvieron irrelevantes en el panorama político escocés, mientras siguieron gobernando en Westminster. Allí donde hoy hay sólo un parlamentario escocés de este partido conservador, David Mundell.
Marx en Edimburgo
“¿Qué decía Thatcher? Que su mejor logro había sido Tony Blair (primer ministro laborista desde 1997 hasta 2007, también escocés), quien fundó el New Labour, apartándose de la izquierda y yendo hacia posiciones liberales en lo económico y manteniendo esas políticas que tanto daño le han hecho a Escocia”, dice a este semanario Alasdair Gray, uno de los escritores más reputados de Escocia y quien votó por el “Sí”.
–¡Claro! Soy socialista –apunta.
–¿Pero no fue derrotado el socialismo?
–Absolutamente no. Han sido derrotados regímenes, como el soviético, que no eran democráticos. Y los escoceses somos gente democrática.
Incluso para quienes Marx está muerto y enterrado, para muchos unionistas y para los indecisos, las políticas de Londres, más cercanas al neoliberalismo, no encajan con Escocia.
“Yo no soy nacionalista ni socialista, pero Londres y la Unión Europea están ahora negociando un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. Y no quiero eso. No quiero que las empresas escocesas cierren, que multinacionales estadunidenses le quiten derechos a mis hijos”, explica Mark, residente del acomodado barrio edimburgués de Stockbridge. “Quiero una Escocia en la que no haya más bases nucleares, que no envíe soldados a pelear guerras ajenas, que ese dinero lo invierta en mejorar el nivel de vida de la gente”, coincide Craig, un electricista de Edimburgo.
Todo esto complica ahora el futuro de la nación. Quien gobierna en Londres es Cameron, un tory quien en mayo del año próximo deberá afrontar elecciones generales en todo el Reino Unido, lo cual implica que al menos hasta que no haya un nuevo Parlamento es muy poco probable que se confirmen las transferencias de poderes a Escocia.
“Ese no es el único problema. Otro es que los tres líderes de los partidos unionistas han presentado diferentes agendas, razón por la cual dudo mucho que nos concederán mayores poderes autonómicos en breve”, se queja Jim, un decepcionado votante independentista. “Mi miedo es que el gobierno de Londres se derechice más”, añade.
Hay mucho en juego como para que en el futuro inmediato no se generen otras tensiones entre Escocia y Londres. Lo demostró el ambiente de gran expectación que generó el recuento de votos en todo el país. Pese a ser día hábil, la noche fue de las televisiones, de internet, de las redes sociales. Muchos bares y pubs de las principales ciudades estuvieron abiertos para poder seguir el cómputo.
“Es un día histórico. Pase lo que pase la gente se ha vuelto a interesar por la política”, comenta a Proceso Flora McCornick, jubilada de 73 años. “Es increíble. No hay vuelta atrás a esto”.
–¿Y si Londres no le da a Escocia los poderes que le ha prometido? –se le pregunta.
–Volveremos a pedir la independencia.
Esta situación tiene sin embargo un punto de consuelo, dice a la reportera el experto en nacionalismos Roman Szul. “Esto es Escocia. Pase lo que pase ningún drama se consumará en Escocia, pues ellos poseen una larga tradición de lucha democrática y, por tanto, encontrarán la vía para desenredar todos los nudos”.
Y es que además el golpe en la mesa que significa que los escoceses hayan salido en masa a votar –87%, el mejor resultado desde mediados del siglo pasado– puede ya haber cambiado las cosas para siempre. Tanto, que fueron pocos los políticos que se negaron a reconocer que hay malestar en Escocia. “Los escoceses han manifestado un gran interés en el futuro de su país. Hay que escuchar sus voces”, reconoció el líder del Partido Laborista, Ed Miliband.
Con todo, el viernes 19 Salmond anunció su intención de renunciar. “Mi tiempo de líder está llegando a su fin”, dijo quien ha encabezado el SNP desde 1990.
“Servir a Escocia como ministro principal ha sido el privilegio de mi vida. Pero como dije a menudo durante la campaña, este proceso no es sobre mí, es mucho más importante que eso. Como líder mi tiempo está casi acabado, pero para Escocia la campaña continúa y el sueño nunca debería morir”, añadió.
Ahora en Escocia hay sobre la mesa dos mensajes claros: el primero es que no se puede seguir haciendo política olvidándose de la gente; el segundo, que la democracia, por muy defectuosa que sea, tiene mecanismos “antirrobo”, un ojo siempre abierto para vigilar a los gobernantes.








