El Frankenstein que todos ayudaron a crear

Los aliados de Estados Unidos en Medio Oriente se dicen alarmados por la expansión del Estado Islámico, organización responsable de crímenes de lesa humanidad. Evitan mencionar que contribuyeron a su fortalecimiento: las monarquías del Golfo le dieron dinero y armas, y Turquía permitió el paso de sus combatientes por su frontera… Ahora “temen al Frankenstein que ayudaron a crear, pero ya no pueden hacer mucho para detenerlo”, afirma Patrick Cockburn, corresponsal en la región del periódico británico The Independent y autor del libro El retorno de la Yihad.

Durante una visita a un campo de refugiados sirios en el sureste de Turquía, un periodista se asomó por sobre la espalda de un niño de 10 años. Éste veía, fascinado, la decapitación de dos hombres con una sierra eléctrica en un video subido a YouTube por la organización Estado Islámico (EI). Los comentarios del video señalaban que las víctimas eran dos musulmanes sunitas y el verdugo era alauita, la secta chiita del presidente sirio Bashar al Assad.

En realidad el video correspondía a otro ámbito: exponía una ejecución de narcotraficantes en México. Al parecer eso poco le importaba al EI: Cumplía su función de mostrar que los sunitas también son víctimas de la violencia chiita y con ello insuflar el fanatismo, del cual se nutre la Yihad.

“Para muchos jóvenes sunitas desempleados y sin expectativas en la vida, el Estado Islámico representa la oportunidad de unirse a un equipo triunfador que está derrotando a los chiitas”, analiza en entrevista telefónica con Proceso Patrick Cockburn, autor del libro El retorno de la Yihad.

Cockburn, corresponsal en Medio Oriente del periódico británico The Independent, incluyó la anécdota en su libro para ilustrar el trabajo propagandístico que realizan los ideólogos del EI. “Mientras existen medios fuertes de propaganda, grupos similares a Al-Qaeda nunca carecerán de dinero ni reclutas”, plantea el británico en su libro.

Cockburn asevera que la ideología fundamentalista y violenta del EI y de los demás grupos yihadistas se origina en el wahabismo, la doctrina política y religiosa más radical del Islam sunita que rige la vida política, educativa y jurídica de Arabia Saudita desde el siglo XVIII.

Citando un informe del Congreso estadunidense señala que el wahabismo promueve el odio contra los chiitas y forma parte de la política exterior saudiárabe, la cual quiere derrotar a los regímenes de aquella fe, entre ellos los de Irak, Siria e Irán, así como a Hezbolá, dominante en Líbano.

Desde los ochenta la monarquía petrolera difunde el wahabismo en el mundo a través de la instrucción de sacerdotes, la construcción de mezquitas, el control de canales de televisión satelital y el financiamiento de organizaciones rebeldes. Lo hace a tal punto que, asevera Cockburn, el wahabismo se convirtió en la “corriente dominante en el Islam sunita”.

En su libro Cockburn documenta además que los sauditas, por conducto de su jefe de inteligencia, Bandar bin Sultán, permitieron a miles de yihadistas salir del país para unirse a la rebelión en Siria.

Las demás monarquías sunitas del Golfo, entre ellas Catar, Jordania y los Emiratos Árabes Unidos, también apoyaron y financiaron activamente a los grupos yihadistas en Irak y Siria –y anteriormente en Libia– para desestabilizar a los regímenes chiitas, afirma Cockburn y añade: “El EI no existiría en su forma actual sin (las monarquías árabes), pues éstas crearon las circunstancias en las que se desarrolló”.

Ambigüedad

Cockburn señala que la “actitud ambigua” del gobierno turco de Recep Tayyip Erdogan resultó ser “crucial para el crecimiento del EI”. Explica que al principio de la guerra civil siria, el gobierno turco financió y armó la rebelión en ese país para derrotar a Assad y dejó pasar a los yihadistas a través de sus 800 kilómetros de frontera con Siria.

En Irak una fuente dijo al británico que agentes de inteligencia turcos fomentaron el resurgimiento de Al-Qaeda en 2011, cuando esa organización estaba casi derrotada. Los turcos habrían convencido a militares y exmilitares sunitas de entrar en el movimiento yihadista, reveló.

A mediados del año pasado, Washington se dio cuenta de que el EI adquiría una creciente importancia en la rebelión siria y empezaba a reforzar su poder en Irak, comenta Cockburn. “Los estadunidenses presionaron al gobierno turco para que retomara el control de su frontera”, precisa. Pero, señala, “los turcos no se esforzaron mucho en hacerlo”.

Comenta que actualmente la frontera sigue igual de porosa y permite el cruce de armas y de yihadistas hacia Siria, mientras que en el sentido inverso ingresan a Turquía los barriles de petróleo provenientes de los territorios controlados por EI. Los yihadistas venden el petróleo muy por debajo de los precios del mercado, pues en Turquía “la gasolina cuesta relativamente cara”.

A las críticas de Washington, el gobierno turco responde que se limita a ayudar a la oposición siria “moderada”, comenta Cockburn. El argumento de Ankara se parece al usado por los países occidentales desde el inicio de los brotes de insurrección en el mundo árabe en 2011: Que el envío de armas, equipo bélico e incluso fuerzas militares –como en Libia– es necesario para ayudar a los demócratas seculares en su lucha contra dictadores opresivos.

Pero Cockburn afirma que dicho argumento denota la actitud “hipócrita” de estos países, cuyos mayores aliados en Medio Oriente son las monarquías absolutas y teocráticas. “Lo último que representan los sauditas o los cataríes son democracias seculares”, insiste.

Así, el presidente francés Francois Hollande, confesó el pasado 21 de agosto que su gobierno envió armas clandestinamente al Ejército Sirio Libre (ESL), la oposición militar “moderada” en Siria. En junio, el presidente estadunidense Barack Obama solicitó por su parte 500 millones de dólares al Congreso para “apoyar a los integrantes de la oposición siria, quienes ofrecen la mejor alternativa a los terroristas”.

Cockburn revela que un exmiembro del ESL, Saddam al Jamal, confesó que a las reuniones del consejo militar del ala moderada de la rebelión siria siempre asistían agentes de Saudiarabia, los Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Catar, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia.

Los países occidentales afirmaban que el ESL –supuestamente secular– lideraba la lucha contra Assad. Cockburn señala que ese argumento se “evaporó en 2013, cuando los yihadistas confiscaron los almacenes del ESL y asesinaron a sus comandantes”.

Actualmente, afirma, sólo permanecen pedazos del ESL en la oposición siria. EI y Jabhat al-Nustra, la filial siria de Al-Qaeda, luchan por la hegemonía de la rebelión. “En realidad no existe ningún muro que separe a los yihadistas y los aliados de Estados Unidos”, apunta. Añade que muchas de las armas enviadas a los rebeldes han terminado en manos del Estado Islámico.

La captura de la ciudad iraquí de Mosul, el pasado 10 de junio, marcó una etapa importante en la expansión del EI, comenta Cockburn. Primero representó una victoria simbólica: Sus 6 mil hombres hicieron huir al ejército iraquí, el cual cuenta con más de 1 millón de integrantes; y lo hicieron sólo con acercarse a la ciudad.

Segundo, la captura de la ciudad permitió al EI emanciparse de la tutela de las diferentes potencias extranjeras, aún cuando Cockburn no consideraba a esa organización como “títere de las monarquías del Golfo”.

“Antes necesitaba dinero y otros tipos de ayuda de afuera; necesitaba mantener abierta la frontera con Turquía (…) Ahora ya no le urge tanto”, dice.

Explica que el “nuevo califato” que controla el EI se extiende sobre un territorio equivalente a la superficie de Gran Bretaña. Sobre éste administra millones de personas, ciudades –como Raqqa– y pozos petroleros. En Mosul convergen las carreteras provenientes de Siria y Turquía, recorridas por los camiones que abastecen a Bagdad, ciudad de 7 millones de habitantes. Al controlar Mosul, los yihadistas cobran cuotas a los vehículos, revela.

“La población está alienada por el EI, pero no olvidemos que para los sunitas la alternativa de un retorno del gobierno chiita iraquí a Mosul implicaría castigos colectivos, torturas y ejecuciones”, dice. Infiere lo anterior a partir de una conversación que tuvo con un habitante de esa ciudad.

Marcha atrás

A raíz de la emancipación del EI, las monarquías del Golfo se dieron cuenta de que la organización representaba una amenaza potencial. “Arabia Saudita y Túnez, quienes vieron con buenos ojos la salida de fanáticos (de sus territorios), están ahora temblando ante la idea del retorno a sus países de yihadistas veteranos”, escribe Cockburn en su libro.

Relata que en febrero y marzo de 2014 el gobierno saudita dio una espectacular marcha atrás en su política exterior: Sustituyó al comandante de inteligencia –pro-yihad– por Mohammed bin Nayef, militar más afín a Estados Unidos y reconocido opositor al yihadismo. Además endureció los controles en su frontera para evitar la salida de yihadistas.

En un decreto, el propio rey Abdalá estableció penas de prisión a los sauditas que participen en conflictos en el extranjero. Asimismo, los gobiernos de Arabia Saudita, Bahréin y de los Emiratos Árabes Unidos cerraron sus embajadas en Catar en marzo pasado, “primero debido al apoyo de Catar a los Hermanos Musulmanes en Egipto, pero también por el financiamiento y el abastecimiento de los grupos yihadistas en Siria”.

Sin embargo, según Cockburn, “es demasiado tarde para que Arabia Saudita dé una vuelta clara en su apoyo a la yihad en Siria”.

El británico detalla que en las redes sociales los yihadistas ya emprenden campañas contra la familia real saudita y amenazan con invadir Arabia. Por ejemplo circula una foto del rey en la cual condecora al expresidente estadunidense George W. Bush. “Medalla por invadir dos países islámicos”, precisa la leyenda.

“Por el momento el EI sólo representa una amenaza potencial para Arabia Saudita, ya que concentra sus esfuerzos en Irak y Siria”, aclara Cockburn.

En su libro advierte que “Arabia Saudita, Turquía y Jordania pueden ahora temer el Frankenstein que ayudaron a crear, pero ya no pueden hacer mucho para detenerlo”.

En Siria e Irak la confusión rebasó a las diplomacias occidentales. “En Medio Oriente, Estados Unidos y la Unión Europea perdieron mucho poder a consecuencia de las guerras en Irak y Afganistán”, explica Cockburn. Desde el inicio de las insurrecciones árabe sólo adoptaron medidas reactivas, asevera. De hecho, el pasado 28 de agosto, Obama confesó ante la prensa: “No tenemos estrategia para Siria”.

Dicha confesión despertó reacciones indignadas en Estados Unidos, por lo cual en los días siguientes Obama presentó al mundo una “campaña comprensiva y sostenida de contraterrorismo”, que consiste en apoyar y asesorar a los sirios “moderados” y a las tropas iraquíes y kurdas, así como en bombardeos aéreos para “degradar y al final destruir al Estado Islámico”.

Durante las dos primeras semanas de septiembre envió a su secretario de Estado, John Kerry, a los países aliados de Medio Oriente y Europa para convencer a sus gobiernos de entrar en una “coalición global” contra el EI.

Logró que 10 países árabes de mayoría sunita, entre ellos las monarquías del Golfo y el nuevo gobierno de Irak, entraran en la coalición que formarán 40 países bajo el liderazgo de Washington.

Pero los intereses antagónicos de sus integrantes levantan dudas sobre la cohesión de la coalición, mientras que los papeles de los diferentes actores todavía no se han determinado con precisión. Algunos países proveerán material militar y ayuda humanitaria; otros participarán en bombardeos aéreos en Irak y tal vez en Siria.

El pasado miércoles 10 Obama insistió en que la campaña contra el Estado Islámico no será una repetición de la invasión a Irak en 2003 pues no desplegará tropas sobre los territorios iraquí y sirio. Sin embargo, el martes 16 el general Martin Dempsey, presidente de la Junta de Jefes del Estado Mayor, aseveró que al revelarse ineficaces los bombardeos o ineficiente la coalición, aconsejaría al presidente enviar a la infantería.

Guerra Fría

Al apoyar y hasta reconocer al ESL como representante del Estado sirio, los gobiernos de Occidente apostaron por una victoria rápida de los rebeldes moderados sobre Assad, aunque “la revolución en Siria rápidamente tomó la forma de una insurrección sunita apoyada por Arabia Saudita, las monarquías del Golfo y Turquía”, lamenta Cockburn.

Recuerda que a las guerras civiles de Irak y Siria se suma la reanudación del clima de Guerra Fría entre Estados Unidos y Rusia, por Ucrania. En Medio Oriente las monarquías sunitas del Golfo y Turquía representan los aliados más sólidos de Washington; mientras que los chiitas de Irán y Siria y el Hezbolá libanés cuentan con apoyo ruso.

Washington se niega a criticar a sus aliados: las monarquías del Golfo. Teme ofenderlos aun cuando sabe que éstas apoyaban los movimientos yihadistas y difundían el wahabismo. El pasado 28 de agosto, Obama declaró que “varios Estados” en la región deberían abandonar sus posturas ambivalentes con los grupos extremistas.

Los gobiernos de Occidente están ahora ante un dilema. Por un lado argumentan que abastecen de material bélico a los rebeldes moderados sirios, los cuales están muy disminuidos, por lo que las armas terminan en manos de radicales. Por el otro lado, en Irak proveen armas a los enemigos del EI y bombardean a los yihadistas, quienes luchan contra el ejército iraquí –aliado de Estados Unidos– con las armas occidentales provenientes de Siria.

–¿Entonces Washington bombardea en Irak al mismo grupo que apoya en Siria? –se le pregunta a Cockburn.

–La situación es muy confusa, sobre todo porque Washington y sus aliados repitieron durante tres años que la caída de Assad era inevitable y necesaria. Ya no pueden dar marcha atrás y apoyarlo en su lucha contra el EI. Una victoria de Assad representaría una derrota para los occidentales.