El pasado 5 de septiembre el poeta chileno Nicanor Parra llegó de pie, lúcido, productivo, provocativo, espléndidamente activo, a sus cien años de edad: raro privilegio, no el de volverse un roble centenario, sino el de mantener la lucidez, pero ése ha sido siempre el rasgo distintivo de su poesía, la fuente del magnífico y punzante humor que la caracteriza.
I
Nicanor Parra nació en San Fabián de Alico, un pequeño y hermoso pueblo situado entre ríos y montañas en la cordillera de los Andes, a unos 200 kilómetros al sur de Santiago. Todavía hoy, aunque se ha convertido en un visitado centro turístico, es muy pequeño: no llega a más de mil quinientos habitantes. Cuando Parra era niño no había ni la mitad. Su padre, también llamado Nicanor, era profesor de música, y su madre, Clarisa del Carmen Sandoval, una tejedora y modista de origen campesino.
Parra disfrutó de una infancia totalmente campirana. “Los árboles aún no tenían forma de muebles/ y los pollos circulaban crudos por el paisaje”, dice en “Recuerdos de Infancia”. Desde chico aprendió a montar y a manejar el habla de los huasos, como se le llama en Chile a los hombres del campo. Casi no la ha empleado en sus poemas, pero no cabe duda de que le ayudó a afinar el oído, y que entre las canciones que escuchaba y su lectura de La Lira Popular (una hoja volante con grabados y letras de romances, impresa en papel de china, muy parecida a las que hacían en México grabadores como Posada), pronto le nació el gusto por la poesía. A los 13 años de edad ya había escrito una historia versificada de Chile en tres partes: Araucanos, Españoles, Chilenos.
A los 18, con siete hermanos menores y una familia en aprietos económicos, decide marcharse a Santiago para ingresar en la Escuela de Carabineros, el cuerpo de policía nacional de Chile. Por fortuna, la Liga de Estudiantes Pobres le da una beca y se inscribe en el Internado Nacional Barros Arana, donde estudia el equivalente a la preparatoria en México. De allí egresará en 1933 para cursar matemáticas y física en el Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile, por el que, hasta antes del golpe militar de 1973, pasaron prácticamente todos los escritores chilenos.
En el Barros Arana funda, en 1935, una revista estudiantil: Revista Nueva, donde publica su primer texto literario, un cuento titulado “Gato en el camino”, en el que narra de manera tan novedosa que parece absurda. “Creían que yo no sólo no sabía redactar, sino que tampoco sabía percibir. El autor era un personaje anormal”, recuerda Parra en una entrevista hecha por Juan Andrés Piña en 1990.1
Su primera gran influencia literaria es Federico García Lorca, cuyo Romancero gitano le resultaba próximo a lo que escuchaba de niño. Bajo su sombra escribe su primer libro, Cancionero sin nombre. “un pescado de juventud”, como él le llama, que hoy puede leerse, junto con “Gato en el camino”, gracias a la cuidadosa compilación y edición de la obra de Parra hecha por Ignacio Echeverría y Niall Binns,2 un escritor español y otro de origen escocés que quedaron fascinados con su poesía apenas entraron en contacto con ella.
De aquel Cancionero… Parra rescata dos versos: “Déjeme pasar, señora,/ que voy a comerme un ángel” (“Yo creo que hay allí un primer disparo”, le comenta a Piña.)
II
Pasan 17 largos años antes de que Nicanor Parra se anime a publicar su segundo libro.
En realidad, no se anima. Lo fuerzan. La historia corta es así: hay un concurso de poesía. Decide inscribirse. Teme que el concurso pueda estar amañado. Manda tres libros. Todos con pseudónimo, como aún se estila. Pero en vez de poner su nombre en los tres sobres cerrados en los que se declara la identidad del autor, pone el de un amigo. Los tres libros ganan los tres primeros lugares. El amigo recibe inopinadas felicitaciones. Parra, contento, acude a cobrar el premio. Como ha quebrantado las bases, se rehúsan a dárselo. Quiere retirar sus libros. Tampoco se lo permiten. Finalmente acuerdan publicar los tres libros como uno solo. Pero no le dan el premio –difundido el nombre del supuesto ganador, la aclaración habría ocasionado un escándalo en los periódicos–. Tiene que hacer de tripas corazón. Esta vez, Teseo utilizó el hilo de Ariadna para internarse en el laberinto, y al dar una vuelta en algún pasillo se le rompió. Así ve la luz en Editorial Nascimento, dirigida por Joaquín Gutiérrez (estupendo editor costarricense que tanto hizo por la vida cultural de Chile), Poemas y antipoemas, obra con la que Nicanor Parra, hace 60 años, cumplió, de golpe, su mayoría de edad poética.
III
Poemas y antipoemas es uno de esos raros libros cuya publicación marca un antes y un después.
Desde hacía tiempo, para hablar sólo de la patria de Parra, los poetas más avizados sentían la necesidad de un cambio de registro. Siempre certero, René de Costa apunta en su magnífico prólogo a la edición crítica de Poemas y antipoemas (Editorial Cátedra) que ya Vicente Huidobro señalaba desde la época en que escribió Altazor, en 1931, su hastío por esa “poesía poética de poético poeta” que habla con un yo engolado e impostada voz.
También Pablo Neruda venía pensando en cómo acercarse a quienes no tenían trato habitual con la poesía y volverles más accesible su lectura. La respuesta fueron sus Odas elementales que, como José Emilio Pacheco nos hiciera ver, constituyen una de las pocas grandes invenciones formales del siglo xx. Poesía parlante contra poesía cantante, quería Huidobro. Voz llana en vez de voz lírica, diría, quizá, Neruda.
Se ha dicho mucho que Neruda tomó de Parra el prosaísmo de su antipoesía para escribir Estravagario, uno de sus más hermosos libros, publicado en 1958. Pero en realidad ese prosaísmo ya está en las Odas elementales, cuya primera entrega es de julio de 1954 –habría otras tres: Nuevas Odas Elementales (1956), Tercer Libro de Odas (1957) y Navegaciones y Regresos (1959)–. Como bien señala, otra vez, De Costa, lo que Neruda aprenderá de Parra es algo mucho más importante: la autocrítica. El poeta no es el pararrayos de Dios, como quería Darío, sino un pobre sujeto que, igual que el resto de los mortales, mira cómo el mundo lo atropella sin que pueda hacer nada. No es el héroe, ni el vidente, ni el guardián de las palabras; es el loco, el merolico que nos vende la historia de sus tragedias, el charlatán que se cree Cristo, el payaso de las bofetadas. La desacralización de la figura del poeta es la puntilla en el proceso de secularización del mundo: la asunción del pleno sinsentido –nadie sabe a dónde vamos, la estrella de la poesía brilla sin un objeto específico–, una suerte de epifanía al revés. Y, sin embargo, la estrella de la poesía no se extingue. La antipoesía es poesía.
IV
Parra ha contado cómo le pesaba esa suerte de patriarca oracular que era Neruda. Y uno se imagina que, en efecto, debe haber sido muy difícil para cualquier poeta en Chile manejarse frente a semejante figura. Todavía hoy Neruda es la vara contra la que se miden, aunque no quieran, todos los escritores chilenos. Nicanor no quería mirarse como uno más de los vasallos de Pablo. “Yo sentía mucho –le dijo a Piña en la entrevista citada– no poder sentarme con Neruda, así como hermano, como amigo, tranquilamente a conversar.” A Parra, planta que necesita sol, le resultaba imposible crecer a la sombra de Neruda.
Lo curioso es que el camino de Parra tiene su origen precisamente en la poesía de Neruda. Es éste quien en 1935 ya señala que el “torturado poeta lírico” (el destinatario de tal mote es Juan Ramón Jiménez) tiene que aprender a mirar los objetos para ver en ellos la confusa impureza de los seres humanos, la realidad del mundo.
“Así sea la poesía que buscamos –escribe Neruda–3, gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y a azucena, salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley.
“Una poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de odio, bestias, sacudidas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos.”
No obstante, sería absolutamente injusto creer que Parra es un extremo de Neruda. La antipoesía es una cristalización propia, imposible sin oposición al imponente cetáceo nerudiano. Es sólo que nadie puede escapar de su contexto. Uno crece alimentándose de lo que otros han cultivado.
V
En México el nombre de Nicanor Parra aparece por primera vez en un medio impreso en el legendario suplemento dirigido por Fernando Benítez, México en la Cultura, del diario Novedades, el 30 de abril de 1960. Se trata de una nota que informa de la reciente publicación de una antología de Parra en los Estados Unidos. Su autor es Jaime García Terrés. Éste lamenta, con razón, que en nuestro país sea más fácil leer a Parra a través de ediciones gringas que conseguir los libros que el chileno ha publicado en su patria.
García Terrés es de los pocos que para esas fechas ya ha leído Poemas y antipoemas. El propio Parra le obsequió un ejemplar cuando ambos se conocieron, en enero de 1960, en Chile, en la ciudad de Concepción. Quien hizo eso posible fue otro poeta chileno: Gonzalo Rojas, organizador del Primer Encuentro de Escritores Americanos, al que Rojas ha invitado a escritores de todo el continente, incluídos los Estados Unidos, representados por Allen Ginsberg.
“Lo recuerdo en Concepción –escribe García Terrés– con la sonrisa siempre dispuesta a ennoblecer las palabras. Recuerdo la serenidad alegre de su charla y su jovial gesto incisivo.”
Es natural apenas que la primera publicación mexicana en la que Parra colabora sea la Revista de la Universidad de México, dirigida por García Terrés. Parra le envía un poema que andando el tiempo será uno de los más celebrados de su obra: “Discurso fúnebre”:
Es un error creer que las estrellas
puedan servir para curar el cáncer,
el astrólogo dice la verdad
pero en este respecto se equivoca.
Médico, el ataúd: lo cura todo.
No obstante, Parra será un poeta prácticamente secreto hasta la llegada (nuevamente desde otro país, esta vez España) de la caprichosa edición de Poemas y antipoemas que Seix Barral hizo circular entre nosotros (y en toda América Latina) en 1973. En ese largo ínterin sólo la revista Plural ha vuelto a llamar la atención sobre Parra, con la publicación, en el número 6 (marzo de 1972), de una conversación entre Parra y Manuel Durán, y de un espléndido poema: “Canción para pasar el sombrero”.
Con la circulación de ese libro (12 mil ejemplares) la palabra de Parra empieza a flotar en el aire, y dos poetas de Guadalajara –Ricardo Yáñez y Ricardo Castillo, sin duda entre los mejores de su generación– acusan su influencia en las cosas que por entonces publican.
Yáñez tiene un poema (“Hombre solo”) que a Parra le encantaría conocer, si acaso aún no lo conoce.
El tono de Parra está presente en muchos de los poemas de El pobrecito señor X, (1976) de Castillo. Al pensarlo hoy, sorprende que sus lectores no hayamos sabido verlo con más claridad en aquel momento.
En 1991, Parra viene a recoger a México el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo. Es el primero en recibirlo. La resonancia que este galardón le brinda a su obra es inmensa. No es exagerado decir que aquí se multiplica su proyección internacional. En 1994 el Fondo de Cultura Económica publica Poemas para combatir la calvicie, y los nuevos lectores de poesía se familiarizan con versos como:
Yo soy el hombre más feliz del mundo
mentiría si digo que miento
cuando declaro ser
el desgraciado más feliz del mundo.
Si la felicidad depende del reconocimiento ajeno, no cabe duda de que estos últimos años tienen que haber sido de plena felicidad para Nicanor, cuyo nombre, por cierto, tiene su raíz en Niké, nombre griego de la deidad de la victoria.
__________________________
1 Juan Andrés Piña: Conversaciones con la poesía chilena. Pehuén Editores; Santiago, 1990.
2 Nicanor Parra: Obras completas & algo +, tomo I, edición de Ignacio Echeverría y Niall Binns, prólogo de Harold Bloom. Círculo de Lectores; Barcelona, 2006. 1068 pp.
3 “Sobre una poesía sin pureza”, en el primer número de la revista Caballo verde para la poesía, Madrid, 1 octubre de 1935.








