Manuel Felguérez finaliza el “Muro de calaveras”

Con motivo de los 50 años del Museo Nacional de Antropología (MNA), el pintor y escultor zacatecano Manuel Felguérez terminó la celosía inspirada en el tzompantli titulada Muro de calaveras, la cual mide cerca de 500 metros de largo y 4.70 de altura.

Fue colocada en el perímetro de la esquina a espaldas de la escultura de Tláloc y la inició hacia 2009 con 135 metros.

Cabe recordar que este miembro de la llamada Ruptura, quien forma parte de la primera generación de artistas abstractos, creó, por invitación del arquitecto Pedro Ramírez Vázquez al frente de la construcción del MNA, la celosía del segundo piso del patio interior simulando a la Serpiente Emplumada.

La idea del Muro de calaveras, que el mismo Felguérez cuenta a Proceso terminó el 5 del mes en curso, surgió hacia el final de la dirección de Alfonso de María y Campos en el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH):

“Me volvieron a llamar para crear esta segunda celosía pero que estuviera acorde con el museo. Se iba a poner frente a la entrada como para tapar a los ambulantes, pero no lo aceptó el Consejo Rector Ciudadano del Bosque de Chapultepec, y la colocamos yendo a la avenida Reforma, en una esquina del museo, a la vuelta de la escultura de Tláloc. Es de acero al carbón. ¡Quedó muy bonita!.”

Enseguida explica que ese adorno arquitectónico recuerda al tzompantli, un altar donde se empalaban ante la vista pública las cabezas aún sanguinolentas de los cautivos sacrificados con el fin de honrar a los dioses, por eso se llama Muro de calaveras “y complementa la idea iniciada hace 50 años”.

Rememora que la primera celosía, que es de aluminio, tardó tres meses en realizarla, y la nueva, que completa  los cerca de 500 metros de largo, la levantó en 2 meses:

“Como es una celosía, es una misma forma que se repite. Se construyó con hombres trabajando con tres turnos de noche y de día, con lluvia y sin lluvia, y se logró terminarla a tiempo, para  este 17 de septiembre.”

De la primera celosía, rememora que como ya contaba con una trayectoria en el mundo de los murales escultóricos, Ramírez Vázquez  lo mandó a llamar en 1964:

“Me platicó que como el edificio ahora sede del museo quería que tuviera una reminiscencia con la cultura maya, se le había ocurrido que  yo creara una celosía para cubrir la parte de arriba del museo que corresponde a la parte de etnografía. Primero me pidió que fuera de madera. Empecé a diseñar con madera, pero luego me contó que había consultado a expertos y le advirtieron que la madera al aire libre en el Distrito Federal no duraba porque en un mismo día hace frío y calor, y se decidió por un material durable y que no pesara para  no perjudicar al edificio. Se escogió el aluminio. Y en la forma sugería que debía ser algo muy moderno pero que a la vez reflejara algo de la cultura maya, y me surgió la idea de la serpiente porque es una figura sagrada, mítica, para todos los pueblos prehispánicos.”

Hacia el 2006 Felguérez también pintó el mural Tierra quemada que se instaló en la sala Culturas del Norte:

“Es un homenaje a la zona arqueológica La Quemada, ubicada en Zacatecas. Mide seis metros de ancho por tres metros de altura. Se trata de una propuesta abstracta. Evoca el clima desértico del norte del país y las culturas prehispánicas que ahí florecieron.”

–¿Qué significa para usted haber hecho dos celosías y un mural en el museo?

–Personalmente me dan ganas de presumir (ríe)… ¡Qué suerte haber vivido cincuenta años con capacidad creativa como para continuar con un proyecto que empezó hace tanto tiempo!

Bustos

El mexicano Arturo García Bustos y la guatemalteca Rina Lazo, esposos, también realizaron obra para  el MNA hacia 1964.

García Bustos, alumno de Frida Kahlo, evoca haber sido invitado por el arquitecto Ramírez Vázquez  para pintar un mural, el cual se encuentra en la Sala de Etnografía de  Oaxaca:

“Como Rina y yo habíamos sido maestros en Oaxaca, y los sábados y domingos salíamos a pasear, conocíamos perfectamente los valles centrales, independientemente de que desde muy joven, casi niño, mi padre me llevaba al Istmo de Tehuantepec. Entonces le dije al arquitecto Ramírez Vázquez que me gustaría laborar en la Sala de Etnografía de Oaxaca, y me dijo que fuera a Oaxaca y fui con un antropólogo estadunidense.

“Visitamos primero la costa de Oaxaca, un pueblo de pescadores llamado San Mateo del mar, y con los conocimientos que ya tenía de ese estado y el amor y el gusto por esa tierra, don Pedro  me ofreció un espacio magnifico de quince metros de largo por tres de altura para pintarlo al fresco. Pensaba y pensaba qué plasmar, y los días pasaban, hasta que al fin decidí que debía representar las regiones de Oaxaca, pero no sabía cómo juntarlas.

“Entonces, en una noche (tenía en un papel grandísimo en mi estudio), realicé todo el boceto, cosa que no he vuelto a repetir nunca porque tenía un sinnúmero de imágenes en mi cabeza y notas. Se lo mostré al arquitecto, y le gustó. Empecé las tareas del fresco con toda la pasión posible, el amor y el entusiasmo por Oaxaca; además, con mi juventud de entonces podía desvelarme. Me llevé mi hamaca al museo y dormí varias veces allí. Estuve trabajando más de tres meses. Terminé a tiempo para la inauguración, el 17 de septiembre de 1964.”

Lazo

Enseguida, Lazo (discípula de Diego Rivera) narra cómo efectuó las réplicas de las pinturas mayas de Bonampak en el exterior de la Sala Maya:

“Como ya había trabajado con Rivera, era una experta en el fresco y pensaron en mí para esa idea. Laboré en piedra blanca traída de Yucatán, para que quedara lo más idéntico al templo de Bonampank. Pero se hizo un concurso con tres artistas:

“Agustín Villagra, que se había dedicado a reproducir pintura prehispánica, aunque su especialidad era Teotihuacán; José Gordillo y yo. Los tres presentamos un fragmento como de un metro y medio de esas pinturas y corrí con surte: gané.

“El arquitecto Ignacio Marquina me llevó a conocer las ruinas de Bonampak  en Chiapas. También fue Arturo. Estuvo interesante porque en ese tiempo no había carretera hacia la zona arqueológica y llegamos en avioneta. Al entrar al Templo de Bonampak vi unos muros que estaban blancos y me pregunté asustada: ¿Pero qué voy yo a reproducir si no se ve nada de las pinturas? Como no era tiempo de lluvia, se secaban las paredes y se quedaba una capa blanca y no dejaba ver la pintura, parecía un vidrio opaco. Cuando el sol  ya estaba bajo, iban surgiendo algunas figuras. Llamaba la atención que había agujeros en forma de ojo rasgado por todo el aplanado porque allí estuvieron los chicleros y para ellos era un amuleto llevarse un ojo de las figuras que veían de Bonampak.

“Descubrí que donde había un agujero debía buscar porque de seguro había una figura. Observé que unas veces eran unos danzantes y otras unos príncipes. Mojábamos el muro con agua, pero no se podía realizar la calca con papel albanene, como se acostumbra, lo tuvimos que hacer con un papel acetato y había que hacerlo con pincel y acrílico, no con lápiz o pluma. Así  fue como hice todos los contornos de las figuras, uno por uno.”

–¿Fue complicado?

–Fue un trabajo muy minucioso pero muy emocionante. Estuve dos meses y medio en la selva calcando, y en el museo permanecí como tres. En la sala hice con acuarela los colores e iba copiando pedacitos de color y con acetato calcando la línea. Para la inauguración sólo terminé media sala y después trabajé como un año en el museo para terminar las pinturas. Fue muy laborioso. Lo hacíamos con lupa viendo las fotos para encontrar el color exacto. Fue una estupenda experiencia.”

Pero se quedó con el antojo de crear un mural suyo para el museo y  cuando se remodeló la Sala Maya le encargaron uno inspirado en el Popol Vuh:

“Es de diecinueve metros de largo por cuatro de altura. Lo pinté en un año y medio y se llama Venerable abuelo maíz.”

Finaliza contenta:

“El Museo Nacional de Antropología es uno de los museos más bellos del mundo, y haber participado en una obra de arte colectiva tan grandiosa me da muchísimo gusto y satisfacción.”