Entre Darwin y lo divino

Una de las luchas centrales de la humanidad –la inteligencia contra la barbarie– se halla en el centro de la más reciente novela de Sabina Berman, El Dios de Darwin, en la cual la colaboradora de Proceso ofrece una segunda parte de la historia que arrancó con La mujer que buceó dentro del corazón del mundo. La protagonista del primer relato, Karen Nieto, reaparece en el nuevo thriller, donde caben la vileza, el delito, la fraternidad y hasta la reina Victoria. Con permiso de la autora y Ediciones Destino, se reproduce aquí un adelanto de la obra, que ya se encuentra en circulación.

Cuando bajé de mi dormitorio, ya vestido en un traje negro y con el sombrero negro de alas anchas en la mano, en el comedor la reina Victoria se llevaba a los labios una taza de té: las recamareras y la cocinera y el mayordomo, parados en hilera contra la pared, observaban con devoción a Su Soberana tomando el té.

En el jardín de césped volvimos a hablar, mientras caminábamos, yo rengueando de mi pierna izquierda, un bastón en la mano, ella resollando por momentos, cansada de cargar su pesado cuerpo, dos viejos caminando.

Le pregunté si había leído mi delgado librito El origen del hombre. No, no lo había leído, pero tenía entendido que argumentaba que el ser humano tiene el mismo origen que los chimpancés y los simios bonobos, y la noticia no le pareció agradable. Por lo demás ni siquiera era una novedad, las pruebas de esa inconveniente familiaridad ya las habían presentado darwinistas más jóvenes.

–Es un libro tímido –coincidí–, también disperso.

Incluía una serie de observaciones sobre la vida social de los vertebrados al servicio de una hipótesis ya conocida, en efecto, pero lo valioso en él eran las observaciones en sí. Hoy alinearía esas observaciones de la vida social al servicio de otra hipótesis.

–Daré un brinco –dije entonces.

Se entendía que un brinco intelectual, no físico. Abrí la puerta que daba paso al jardín de hierbas silvestres y nos adentramos en la hierba, caminando poco a poco.

–Uno de los engranajes de la Teoría de la Evolución –dije–, según la presenté en El origen, es la hipótesis de Malthus.

La población aumenta geométricamente mientras los recursos aumentan sólo aritméticamente y los territorios no crecen. Por tanto siempre habrá más seres vivos que comida y territorios disponibles. Y por tanto se establece una competencia cruel y de esa lucha sobreviven las formas más aptas.

–Bueno –dije–, eso es falso.

La Reina se detuvo, la falda negra en el mar de hierba verde.

–¿Es falso? ¿Toda la Teoría de la Evolución es falsa o es falsa la hipótesis de Malthus?

–Ni una ni otra. Lo falso es la palabra “siempre”.

No siempre hay escasez de comida y no siempre hay escasez de territorio. ¿Qué pasa cuando en esa fórmula se modifica “escasez” por “suficiencia” o “abundancia”? Cuando la comida y los territorios son suficientes o abundantes.

Respondí mi propia pregunta:

–Se suspende la cruel competencia entre las formas por sobrevivir.

La Reina cruzó las manos sobre su regazo, esperando que dijera más.

–Bueno, a través de miles de millones de años, la Naturaleza ha logrado estrategias para evitar la escasez y producir abundancia, y así suspender la Ley del Más Apto. La principal es la aparición de las especies sociales.

La vida en sociedad es una estrategia extraordinariamente exitosa. No en vano las especies sociales dominan los territorios del planeta. Las ratas, las hormigas, las termitas, los cardúmenes de peces de distintas especies, las parvadas de distintas especies.

–Para empezar a nombrarlas –dije.

Y entre esa multitud de especies sociales, tampoco era casual que la dominante en los territorios de tierra fuese la especie más gregaria de cuantas existen o han existido. La especie humana.

Le abrí a la Reina la puerta del invernadero, que también era mi casa de experimentos. El mayordomo estaba preparado para mi pequeña demostración. En una jaula, doce ratas comían pedazos de queso o bebían de un plato con agua. La Reina tomó asiento ante la jaula, colocada en una mesa.

–Los barrotes laterales son movibles –expliqué.

Era un experimento sencillo. El mayordomo y yo fuimos desplazando levemente los barrotes a cada minuto, disminuyendo así el territorio de las ratas. Poco a poco éstas empezaron a pegarse unas a otras. Poco a poco carecieron incluso de espacio para estar lado a lado y se inició un chilladero tremendo, y de pronto se produjo la primera mordida, después el primer arañazo, de pronto una guerra despiadada, y la primera rata asesinada.

–Comprendo –La Reina se alzó de la silla.

–Un momento –le pedí.

Había otro experimento preparado. Dos acuarios en forma de esfera con guppys rojos en uno y guppys verdes en otro. Guppys que no habían comido en dos días.

Con una red trasladé ocho guppys verdes y hambrientos al acuario de los guppys rojos y hambrientos. La carnicería se inició de inmediato. Un pez verde se tragó a uno rojo, uno rojo a uno verde. Espolvoreé con rapidez alimento en el acuario. Algas secas pulverizadas. En cuanto los granos de comida descendieron por el agua capturaron el hambre de los peces y cesó la guerra.

La Reina salió del invernadero con la barbilla en alto. Acompasé mis pasos a la lenta majestad de los suyos.

Cuando hay escasez hay competencia. Cuando hay abundancia se suspende la competencia. Eran dos leyes probablemente universales.

En medio del mar de hierba, la mujer vestida de negro se volvió a preguntarme:

–¿Dónde está su famoso Sendero para Pensar?

Caminamos hasta el fondo del jardín de hierba y abrí la siguiente puerta, que daba al bosque, donde una vereda de piedrecitas formaba el óvalo del Sendero para Pensar.

uuu

–Siempre lo presentí –dijo la Reina mientras caminábamos–. Lo que sucede en realidad en la Naturaleza no es esa lucha tremenda y continua que describe usted en El origen. Es algo mucho más gentil y amistoso.

Lo decía con la autoridad de quien convivía con una variedad de especies en sus palacios –perros, gatos, pericos, pavo reales, faisanes, perdices, patos, cisnes, truchas–, y de quien montaba a menudo a caballo a campo traviesa y tenía numerados los venados que se movían libres por los bosques de sus propiedades, para estar pendiente de la salud de cada uno.

–¡Pero cómo no lo vio usted! –exclamó de pronto sin dejar de andar, y sacudió la cabeza–. La mayor parte del tiempo los animales no luchan, se dedican a mejores asuntos.

–Le cuento una historia –respondí–. Me la narró a mis 26 años un científico gruñón llamado la Lechuza, que dirigía el Museo Real de Zoología. Yo la llamo “La parábola de las piedras”.

Un hombre se para en un pedregal y sin dejar que ningún prejuicio lo distraiga, recoge todo tipo de piedras. Al llegar a su casa, ¿qué tiene? Todo tipo de piedras. ¿Qué averigua de ellas que no sabía cuando estaba plantado en el pedregal? Nada.

Un científico se planta en el pedregal con una hipótesis, una idea previa, y busca lo que verifica su idea. Si su hipótesis se refiere a las piedras rojas, recoge en el pedregal piedras rojas. Ni verdes, ni grises, ni azules. Entonces puede averiguar algo sobre las piedras rojas.

En mi investigación para escribir El origen, y puesto que tomé por cierta la hipótesis de Malthus, sólo recogí evidencias de la competencia entre las formas vivas, y al final eso obtuve, una avalancha de evidencias sobre la encarnizada competencia entre las formas vivas.

Treinta y cinco años más tarde, me fijé en las piedras verdes: los actos de convivencia de las especies sociales. Eran más abundantes que las piedras rojas, de cierto mucho más abundantes, y de una variedad maravillosa.

–Las especies sociales son la respuesta de la Naturaleza para suspender la lucha atroz por la existencia –repetí–, porque las especies sociales han desarrollado toda una variedad de conductas para que la escasez no se presente.

Entramos en la zona boscosa del Sendero para Pensar, el frío fue volviéndose húmedo y el olor a clorofila, intenso.

Le hablé a la Reina entonces de estrategias específicas contra la escasez, enunciándolas una tras otra con un silencio intermedio.

–Las especies sociales buscan su alimento en grupo, para lograrlo con mayor eficacia. Los lobos cazan en manada. Los pelícanos pescan juntos.

–Las especies sociales también suelen almacenar comida, previniendo la escasez.

–Y cuando la escasez se instala en un territorio, las especies sociales suelen migrar en grupo.

–Además, es común que distribuyan los trabajos y los espacios del grupo, lo que previene así mismo la lucha.

–Y dedican mucho tiempo del día a limpiarse entre sí –insertó la Reina–. ¿Por qué?

Describió a sus perros echados durante horas lamiéndose entre sí. O sus gatos rascándose uno al otro. O los pericos espulgándose unos a otros con los picos.

A cambio yo le conté de los changos bonobos. Mi informante del sur africano me había referido sus varias reuniones diarias para espulgarse mutuamente. Lo que suele derivar en caricias y besuqueos y frotamientos de los genitales. De cierto, copulan unas 14 veces cada día.

La Reina no hizo comentario alguno pero se adelantó dos pasos.

Dije, alcanzándola:

–Limpiarse entre sí parece ser una actividad de importancia en la mayoría de los animales sociales.

Una actividad cuyo resultado evidente es evitar las enfermedades y de donde deriva también la intimidad de los individuos de la tribu, que probablemente facilita luego la cooperación, que a su vez aumenta el contento del grupo.

Volvíamos a la zona de luz del Sendero para Pensar, lindante con un campo abierto, un trigal seco en ese final de invierno.

Cité textualmente El origen del hombre:

–Es claro que el bienestar de un grupo depende de la cantidad de lazos amistosos que contiene.

Y volví a citar El origen del hombre para repetirlo en otra forma. Una tribu contenta en sus necesidades urgentes y feliz por la abundancia de lazos de simpatía que alberga, prospera mejor que otra.

Sin prevenirla, solté otra descarga que no la complacería:

Mi informante del norte de África me describió el uso de la embriaguez para aumentar los lazos afectuosos de una tribu de mandriles. Los simios solían reunirse alrededor de un árbol de pitayas, cuando las pitayas habían caído ya de las ramas y yacían podridas en el suelo. Entonces las comían, lo que les provocaba una alegría intensa, se abrazaban y besaban, y rodaban abrazados y haciendo ruidos semejantes a la risa, hasta caer dormidos al anochecer, unos encima de otros, y al amanecer parecían sufrir, especialmente en la cabeza, que se sobaban, y estar de pésimo humor.

La Reina asintió como si le pareciese bien ganada la jaqueca de los mandriles borrachos.

Y entonces solté mi mayor descarga:

–También he recibido noticia de primates que ejercen la justicia –dije.

La Reina frunció el ceño.

–¿Primates justos? –dijo.

Mi informante del norte africano me había referido lo que sigue. Si un chimpancé roba una penca de plátanos de los almacenados por su tribu, recibe un castigo. Es descuartizado.

La Reina asintió, le parecía correcto.

–Y hay otra multitud de conductas morales que referir.

–Morales –pronunció ella con cautela.

–Parece ser que todas las conductas morales se dirigen a suspender la competencia, pero también a dos objetivos secundarios. Aumentar la salud del grupo y su felicidad.

–Conductas morales en los animales –repitió la Reina mi expresión y otra vez con suspicacia.

–Sin duda las conductas que he descrito son muestras de una Moral Natural. Una moral más antigua que la Religión o el ser humano. Una Moral Natural inscrita en la vida misma.

La Reina se detuvo. El sol frío nos iluminaba los rostros.

–Defina moral sin hablar de Dios –me retó.

Cité la definición de El origen del hombre:

–Lo bueno es lo que causa bienestar general al grupo. Lo malo es lo que causa malestar general al grupo.

–Una moral sin Dios. –La Reina lo pronunció con desagrado y recomenzó la caminata.

–Una Moral Natural cuyos mecanismos podrían medirse y replicarse –dije yo–. Ahí está lo que se necesita para acumular una Ciencia del Bien y el Mal.

La Reina no replicó. Nuestras suelas hacían un ruido áspero contra el piso de grava.

Al cabo de un rato la Reina preguntó:

–Y esa moral sin Dios, ¿sería distinta a la religiosa?

–Lo es –dije.

Me detuve y aparté unos setos.

–Su Alteza –dije, indicándole que pasara por el espacio abierto.

Mi mayordomo había colocado bajo un haya una mesa redonda y dos sillas de hierro forjado. La mesa estaba dispuesta con un mantel blanco, un juego de té de plata, y tazas de porcelana blancas, y una sirvienta quinceañera esperaba como un soldado a un lado.

uuu

–Obsérvenos tomando té bajo este árbol frondoso –rompí el silencio.

La Reina no estaba feliz y miraba el cielo nublado.

¿Cuántos humanos habían colaborado a este momento? Sembradores y recolectores de té en la India. Marineros transportadores del té. Empaquetadores y comerciantes. Alfareros. Los plateros que forjaron la encantadora tetera. La sirvienta que nos había servido la bebida caliente. Y eso todavía no empezaba a explicar el mantel y las servilletas de encaje o nuestras ropas aptas para el frío.

La joven mucama, al pie del árbol, irguió el torso al escuchar que la nombraba.

–La lucha por sobrevivir tiene un sabor heroico –dije–, un dramatismo épico sin duda atractivo, pero la mayor parte del tiempo nuestro alrededor nos habla de la cooperación.

En el cielo seguían pasando las parvadas de golondrinas en formación en V.

–Últimamente soy budista –declaré.

La Reina abrió los labios en el gesto de los primates al sorprenderse, y aunque de inmediato los cerró y siguió con la vista en las golondrinas, yo sabía que me escuchaba.

–Si hay que llamar Dios a algo –dije–, creo que podemos llamar así a la vida. Omnipresente, sí. Creativa, sin duda, incesantemente creativa. Creadora de perfecciones, no. Creadora de una diversidad exuberante, sí, hasta lo inimaginable. Con un plan fijo y un destino determinado, de ninguna forma.

–Su Dios es difícilmente un Dios –se mofó la reina Victoria volviéndose a mirarme.

–Pero con una suprema ventaja sobre un Dios sobrenatural. Es real.